Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer también una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)


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miércoles, 18 de septiembre de 2024

Toledo-Tula-Tulatu-Toledoth-Tulaytula. Centro Sagrado de la Península Ibérica. Francisco Ariza

 

A la memoria mi hijo Daniel (1980-2023), 
con quien hicimos este viaje al corazón de España
a finales de los años ochenta



Toledo. Civitates Orbis Terrarum, de Braun y Hogenberg, Libro V, 1598

La poderosa atracción que ejerce la ciudad de Toledo no procede únicamente de sus magníficos edificios que expresan los distintos estilos arquitectónicos de las diferentes culturas que cohabitaron en ella durante la Edad Media hispánica (la cristiana, islámica y judía), que al fin y al cabo están hechos de piedra y de materiales expuestos a la corrosión del tiempo, sino que esa atracción procede precisamente del espíritu que los alumbró, y que también hallamos en los fragmentos arqueológicos de su pasado visigodo, romano y celtíbero. Pero debajo de ese Toledo visible se ocultan vestigios de culturas aún más remotas, como sucede ciertamente con muchas de las ciudades y pueblos milenarios repartidos por toda la Península Ibérica, que los antiguos cronistas describían como la "Tierra de los Antepasados". Es ese espíritu el que queda impreso en el alma de quien visita Toledo y se deja seducir por su atmósfera sutil, intangible, la que incluye la idea que prohijó la síntesis cultural gestada al amparo del ciclo medieval. 

Pero en tanto que ciclo histórico esa época ya pasó y sería caer en un "idealismo" anacrónico francamente inútil querer revivirla en sus aspectos formales. No se trata en ningún caso de eso. Los historiadores podrán describir detalladamente el proceso que articuló la vida y la cultura de aquel período fecundo, pero será sólo el instante fugaz de una intuición nacida del corazón el que aprehenderá verdaderamente lo que significa Toledo, y significó ciertamente para sus fundadores míticos e históricos. La libérrima Toledo es la madre que ha cobijado, y cobija, a muchos hijos bajo su manto milenario. 

Queremos decir que permanece el mensaje de un legado universal por todos ellos recibido y transmitido, que como el que revela toda verdadera obra de arte del espíritu, permanece inalterable a lo largo del tiempo; de ahí que pueda ser reactualizado en uno mismo, es decir, que la memoria por ese mensaje conservada despierte la nuestra propia y nos permita acceder a la realidad de un "mundo otro" en donde lo simultáneo y atemporal se inserta y conjuga con lo sucesivo del tiempo, haciendo posible, por tanto, que la revelación de ese mundo atemporal sea para nosotros de una permanente y fecunda actualidad. La causa que generó el esplendor de aquella civilización que atrajo las miradas de todo Occidente, y de Oriente, no murió con ella y su hálito pervive secretamente en la irradiación luminosa de los símbolos que se encuentran por doquier, así como en la leyenda y el mito, e incluso en la propia geografía y toponimia de la ciudad, igualmente simbólicas. En efecto, la geografía y la historia se entreveran en Toledo y urden su identidad. 

Casi circundado por el Tajo (al que los cronistas y poetas árabes describen como un "río parejo a la Vía Láctea") [1] la cima del monte sobre la que se asienta Toledo estuvo consagrada a Venus por los romanos, pasando a ser para estos el numen tutelar de la ciudad, según relatan geógrafos como Estrabón y astrónomos como Ptolomeo. Esto último es quizás un dato importante para conocer las razones profundas de por qué los momentos culminantes de la historia de Toledo estuvieron presididos por ese espíritu de concordia y conciliación de los contrarios que precisamente constituyen dos de las principales virtudes atribuidas a la diosa de las Artes y la Belleza. 

Pero no solo es la influencia de Venus sino también la de Mercurio la que se ejerce en Toledo desde siempre, tal y afirma en su Descripción de la Imperial Ciudad de Toledo y Historia de sus Antigüedades (1605) el humanista español  Francisco de Pisa, de ascendencia sefardita:


"Tiene Toledo el cielo y sus influencias muy prósperas y benéficas. Está sujeta al signo de Virgo, que es casa y exaltación del planeta Mercurio, que ha sido y es causa de inclinar a sus moradores a las ciencias especulativas y artes de industria, como se ha mostrado siempre por los sutiles ingenios de toledanos, entre los cuales ha habido y hay personas excelentes en ciencias, muy nobles y naturalmente animosos".


Sabedor de esas influencias venusinas y mercuriales, propicias para las artes, las ciencias y el pensamiento filosófico (Mercurio es Hermes), el rey sabio Alfonso X creó en su corte toledana las condiciones para que se diera en ella ese "crisol cultural" que iba a ser el puente por donde Oriente se comunicaría con el Occidente cristiano. La Escuela de Traductores fue una de sus expresiones más fértiles y afortunadas, y se crearon otras semejantes a ella en distintas ciudades, como Sevilla y Murcia. Recordemos que Alfonso X fue el verdadero artífice de la idea de España concebida como resultado de la unión conciliadora de las tres culturas, judía, cristiana e islámica, y que antes de él ya vislumbró su padre Fernando III el Santo, e incluso los diferentes califas omeyas cordobeses. Esa unión es también la de Oriente y Occidente, la que está simbolizada por el águila bicéfala imperial (que mira simultáneamente hacia la derecha, el Oriente y hacia la izquierda, el Occidente), y que preside el escudo heráldico de la ciudad, auténtico oráculo revelador de su destino histórico y suprahistórico. 


En su Primera Crónica General (compendio de la historia sagrada de la humanidad) Alfonso X describe en estos términos los orígenes míticos de Toledo y su fundación legendaria, en los que siempre aparece Hércules, héroe solar civilizador de las culturas mediterráneas: 

"Y él [Hércules] fue a aquel lugar donde después fue la ciudad de Toledo, que era entonces una gran montaña, pero hoy tiene dos torres (...) Y éstas las hicieron dos hermanos, hijos de un rey de nombre Rocas, y era de tierra de oriente, de la parte que llaman Edén, allí donde dicen las historias que es el paraíso donde fue hecho Adán...".

Dicha leyenda se complementa con esta otra muy difundida en el Toledo medieval: 

"Cuando Dios hizo el sol lo puso sobre Toledo, cuyo primer rey fue Adán". 

Quien suponga que todo esto es fruto de la fantasía y no advierta que en realidad se trata de una asimilación simbólica entre el origen del linaje humano y la fundación de Toledo (asimilación que es común en los mitos fundacionales de todas las culturas tradicionales), que repare, por ejemplo, en el nombre latino de Toledo, Tulatu o Toletum, que según los antiguos manuscritos significa "la alegría de sus habitantes", y después advierta que el significado de la palabra Paraíso es precisamente "alegría", la cual ha de entenderse no solo como un estado del ánimo (que también), sino sobre todo como un estado del espíritu. Pero esto no es todo, pues Tulatu (de donde deriva la Tulaytula árabe y el Toledoth hebreo, que quiere decir "Generaciones" y también "Historia" según algunos), es idéntico a Tula (la Thule griega) que fue el nombre dado a la sede de la Tradición primordial antes de que pasara a denominarse Paraíso o Edén, y más tarde Agartha, palabra que quiere decir "inviolable", o "inaccesible" por la propia naturaleza de lo que simboliza. 

En este sentido, Tula también es llamada la "Tierra del Sol", o lo que es lo mismo, una "Tierra" (o mundo) permanentemente iluminada por la "luz" del Espíritu. Asimismo, la raíz tl de Tula o Tulatu la encontramos en Aztlán (o Atlántida), "la tierra en el medio de las aguas" y de donde decían proceder los antiguos toltecas mexicanos, cuya capital, precisamente, se llamaba Tula[2] 

Lo que todo esto expresa en realidad es que tanto el Toledo antiguo como la Tula y la Aztlán de los toltecas y otros lugares con idéntico nombre que no hemos mencionado, fueron en su momento reflejos en el mundo terrestre, en el espacio y el tiempo, de la "Ciudad del Cielo", es decir de centros espirituales emanados más o menos directamente de la Tula o Paraíso original. [3] Hemos querido destacar todas estas correspondencias para comprobar cómo esas leyendas reposan sobre una verdad simbólica que la etimología, como la propia geografía y la historia sagrada no hacen sino expresar a su manera.
[4]  

En este sentido, no está de más recordar que todo mito sagrado tiene un fundamento real, tanto si se refiere a hechos que tienen que ver con el transcurrir de la historia de un pueblo, como si a través de él se quieren vehicular ideas y valores de orden espiritual destinados a cohesionar una cultura y a todos los integrantes de la misma. Relatan lo que es esencial saber para que la irrealidad de la existencia adquiera un sentido, un significado que siempre tendrá su raíz en una verdad de orden cosmogónico y metafísico. 

Continuemos con la "Crónica" de Alfonso X: 

"Y desde que (Hércules) fue allí donde ahora es Toledo, vio que aquel lugar era más en medio de España que ningún otro, y había una gran montaña, y entendió por su saber que allí habría de haber una gran ciudad, pero que no la poblaría él. Y hizo una gran cueva en la que se metió...". [5]

Lo que es una realidad física (el monte toledano, que está formado por doce pequeños collados -en correspondencia con las doce constelaciones zodiacales-, contiene en efecto dentro de él una intrincada red de pasadizos subterráneos y bóvedas hipogeas) se convierte además en una realidad simbólica y metafísica.[6] La montaña y la caverna son imágenes del eje y del centro del mundo, y por tanto espacios propicios para establecer la comunicación entre el Cielo y la Tierra, razón por la cual casi todos los templos y lugares sagrados se situaban tanto en las cimas de las montañas como en el interior de las cavernas. Y ello se destaca aún más cuando la montaña y la caverna se encuentran en el centro mismo de un espacio geográfico, como es aquí el caso.


Todo ello convierte a Toledo en el verdadero ónfalos (ombligo) de la Península Ibérica donde coincidieron la realidad de un espacio y un tiempo mítico y la manifestación de una energía y un poder espiritual que ordenó la cultura y la civilización de los antiguos pueblos hispanos hasta el Renacimiento, donde pasaría a ser la capital del Imperio hispano, que incluía dentro de él a gran parte de América, a la que Francis Bacon denominó la "Nueva Atlántida". Por consiguiente, pensamos que Alfonso X no se limitó únicamente a recoger esas leyendas, sino que quiso destacar sobre todo el carácter "central" de la ciudad que él había heredado de sus antepasados, y que gracias a su espíritu integrador convertiría en el "jardín cerrado" (hortus conclusus) o "vergel alquímico" donde crece el Árbol del Conocimiento y se cultivan, presididas por la ley de armonía, todas las artes y ciencias del saber universal. 

En el mismo contexto habría que incluir esas otras leyendas que hablan de la misteriosa "Mesa de Salomón" que se encontraba en la "Cueva de Hércules" antes mencionada. Se dice que esa Mesa fue mandada hacer por el rey Salomón para el Templo de Jerusalén, trasladándose posteriormente a Toledo después de la destrucción de aquél. Las descripciones que de ella nos han llegado proceden sobre todo de autores árabes, como el geógrafo al-Idrisi. La Mesa era de oro y plata, y su forma circular estaba bordeada por tres hileras de piedras preciosas, una de perlas, otra de rubíes y otra de esmeraldas, que simbolizaban el Cielo de las Estrellas Fijas. Sobre su superficie había dibujados doce panes, que representaban los doce signos del Zodiaco, y en donde también aparecían incrustadas siete piedras preciosas más, que a su vez simbolizaban los siete planetas.[7] Estaba sostenida por 365 pies de oro, que aludían a los días del ciclo anual y del calendario luni-solar. Como podemos ver nos encontramos ante un símbolo de la propia estructura cósmica y celeste, pero al mismo tiempo es un objeto sagrado que alude a la constitución de un "centro espiritual" que tuvo su sede en Toledo manifestándose en diferentes períodos de su historia. 

Por otro lado, es muy probable que la denominación de "Jerusalén de Occidente" dada a Toledo durante la Edad Media tuviera su origen en esta leyenda y en los sucesos acaecidos en torno a ella. Se trataba en cualquier caso, de identificar espiritualmente y ver en la ciudad castellana una imagen o reflejo de la propia Jerusalén, la "Ciudad de la Paz" y Centro del mundo para las tres religiones abrahámicas. ¿Y no fue en cierto modo Toledo en determinados momentos de la Edad Media y concretamente durante el reinado de Alfonso X, un punto de referencia "central" no sólo para la España de las tres culturas sino también de la Cristiandad medieval? [8] 

Absorto en estas reflexiones, cuando el viajero abandona Toledo advierte que su memoria se ha refrescado en las aguas siempre vivas del símbolo, el mito y la leyenda, las que fertilizan el ahora presente abriéndole a una realidad mucho más universal y al mismo tiempo más próxima a su verdadero ser. Recuerda el epitafio inscrito en una de esas lápidas que vio en la judería toledana: "Atesórase en esta sepultura un asperjador hijo de asperjador varón... su gloria está en las regiones de la Vida, pues hizo descender la lluvia...". Francisco Ariza


Escudo heráldico de Toledo, que es básicamente el del Imperio Hispano, que antes de que se materializase con Carlos V, ya fue una idea que germinó en los reyes leoneses y castellanos, y que tuvo en Alfonso X el Sabio su principal valedor en el siglo XIII


"Crónica de Alfonso X" en una edición del siglo XVI (Valladolid)


Alfonso X el Sabio junto a sus colaboradores de la Escuela de Traductores de Toledo. 
Libro de los Juegos


La "Cueva de Hércules"


Artesonado mudéjar del Monasterio de San Juan de los Reyes


Techo de una antigua mezquita toledana, convertida posteriormente en iglesia bajo el nombre de Cristo de la Luz


Arcos de herradura visigodo-califal en una sinagoga judía, convertida en iglesia bajo el nombre de Santa María la Blanca


Sinagoga del Tránsito


Sinagoga del Tránsito


 El Puente romano de Alcántara sobre el río Tajo. Toledo


Notas
[1] Por ejemplo el poeta Isa ibn Wakil: "Toledo supera todo lo que se cuenta. Es una ciudad donde se asienta el esplendor y el bienestar. Dios la ha adornado y ciñe su cintura el río de la Vía Láctea. Y los palacios son estrellas." 

[2] Aún hoy en día sigue existiendo en México una ciudad llamada Tula, fundada por el rey tolteca Topiltzin Quetzalcóatl.


[3] En Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha (Módulo III, acápite 25 dedicado a Alfonso X el Sabio) leemos lo siguiente: "Por razones históricas y geográficas Toledo es el centro de la Península Ibérica. Además lo es por razones simbólicas y metafísicas, y la Tradición señala, por un lado, la antigüedad de esta ciudad que se remonta al origen de los tiempos, a saber, el tiempo mítico, y por otro, a su relación con la Atlántida, también presente en las raíces TL de su nombre".


[4] Para todo esto ver El Rey del Mundo cap. X, y Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada cap. XII, de R. Guénon.


[5] En la obra citada, el mismo Francisco de Pisa, desliza un dato que nos ha perecido significativo en cuanto al origen histórico de la ciudad de Toledo, y es cuando señala que esta fue edificada por los griegos, y que ellos la dedicaron a la memoria de Hércules, y añade que esa construcción pudo: "haber tenido su comienzo mil y doscientos y sesenta años antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo". Esta fecha (1260 años a.C.) coincide prácticamente con la destrucción de la Troya de Héctor y Aquiles, y aunque Francisco de Pisa no lo diga expresamente, sí que deja deslizar de manera muy sutil que Toledo (como otras ciudades del mundo antiguo, Alba Longa, por ejemplo) pasó a ser la "sustituta" de la legendaria Troya, o Ilión. Dato además importante es que los troyanos tenían en Venus y en el Apolo solar a dos de sus principales dioses tutelares.


[6] En algunas crónicas se mencionan siete collados en vez de doce, en referencia a los siete planetas. En todo caso tendríamos la imagen de una geografía sagrada que reproduce claramente un zodiaco (los 12 signos zodiacales y los 7 planetas), lo cual recuerda otros lugares significativos, como es el caso de Glanstonbury, en Inglaterra. 


[7] Esta leyenda de la Mesa de Salomón confirmaría desde la óptica de la historia sagrada lo dicho en la nota anterior.


[8] Además de los griegos el propio Francisco de Pisa menciona en su obra como fundadores de Toledo a los caldeos, los persas y los hebreos. De estos últimos menciona incluso los nombres de pueblos y ciudades que tienen la misma etimología de los que fueron fundados y existen en Judea, Palestina y Canaán, algunos cercanos a Jerusalén. Señala el humanista toledano: "Así como Escalona, a que dieron el nombre de Ascalon, pueblo en los confines del reino de Judea; y la villa de Maqueda, que corresponde al pueblo Mazeda, del que se hace mención en el libro de Josué; la aldea de Novés, dice que tomó el nombre de la ciudad de Nobe; Yepes, de Iope, pueblo de Palestina; y Aceca, responde a otra del mismo nombre ciudad de Cananea; y el cerro del Águila, que es en la Sagra, tomó el nombre de otro cerro o collado llamado Achila, donde estuvo escondido David huyendo del rey Saúl". 




viernes, 19 de junio de 2020

"Dioses Tutelares" de Andalucía


A mi hija Adara Mª

La Diosa Fortuna 

La intensa luz de los atardeceres andaluces llena el espacio de la tierra circundante, proyectando la mirada hacia lejanos horizontes en los que se intuyen tiempos pretéritos que te permiten comprender que la Antigüedad es la Patria que nos han robado a cambio del simulacro que representa este mundo a la deriva. La Antigüedad es un espacio vivo de nuestra alma, libre de cualquier mácula por la destilación alquímica del Tiempo (uno de los dioses que lo habitan), espejo diáfano de la verdad donde la única memoria es la del Ser recordándose perennemente a Sí Mismo. 

El Origen es lo más actual, te respondes a ti mismo mientras contemplas desde el puente romano de Córdoba los reflejos tornasolados que esa misma luz proyecta en el río que ha dado nombre a la tierra andaluza durante miles de años, así se llamara Tharsis Baetis (Tartesos y la Bética), hasta que los emires orientales lo llamaron definitivamente el "Río Grande", Guadalquivir. Si Herodoto, el "padre de la Historia", lo hubiera conocido habría dicho de él lo mismo que dijo del Nilo cuando visitó Egipto en sus numerosos viajes: que "es un don del Cielo".

















El Guadalquivir es silencioso y fluido, como las sierpes y el tiempo, con quienes todos los ríos están asociados; es fecundo y constante, como los toros de Gerión, cuyos hijos abrevan todavía hoy en sus aguas, formadoras de numerosos meandros y tupidos cañaverales. No debe extrañarnos que los patricios romanos que gobernaron Córdoba durante más de 600 años vieran bañarse en sus aguas a Aqueloo, el dios fluvial con cabeza de toro y cuerpo de serpiente cuyo nombre significa “el que ahuyenta los pesares”. “Príncipe de los ríos” lo llamó Pausanias en su Descripción de Grecia

Es tal la potencia genésica de Aqueloo, que el cuerno que Hércules le arrancó de su frente luchando ambos por la mano de Deyanira acabaría convirtiéndose en el cuerno de la abundancia, la cornucopia, el atributo de Fortuna, la diosa tutelar de Córdoba y de Andalucía entera. La Fortuna es hermana de la Concordia [1], a la que también se representa con la cornucopia y el caduceo de Mercurio. Teniendo en cuenta todos estos elementos simbólicos y míticos heredados de una cultura que reconoces como propia te preguntas ¿es casualidad que Deyanira fuese la hija de Eneo, ese rey de Calidón que recibió de Dionisos la primera cepa de vid y de cuyo nombre procede oinos, el vino, bebida que en muchas tradiciones simboliza el Conocimiento? 

El poeta, astrónomo y matemático persa Omar Khayyam supo entender esa relación entre el Conocimiento y el vino cuando dejó escritas las siguientes palabras, las que hay que leer en clave simbólica:

“¡Todos los reinos de la tierra por un vaso de vino! ¡Toda la ciencia de los hombres por la suave fragancia del mosto fermentado! ¡Todas las canciones de amor por el grato murmullo del vino que llena nuestras copas!”[2].

Ese vino es la sangre que vivifica el "cuerpo sutil". La Gnosis ciertamente embriaga, como embriaga la contemplación extática de la Belleza, puerta que abre al prodigio de los Mundos Superiores. Más allá de los círculos errantes de la Necesidad se encuentra el Cielo de las Estrellas "Fijas", antesala de los palacios construidos en el éter inasequible donde ejercen su reinado la Inteligencia y la Sabiduría.

Junto al Guadalquivir, Dionisos y su cortejo de bacantes y sátiros se entregan al frenesí de la danza y el canto acompañados de la lira de Apolo y la flauta de Orfeo. La armonía es el contrapunto necesario al arrebato y el exceso, y ambos se conjugan en un espíritu que determina el Arte intangible y la secreta identidad de una tierra que es como el cuerpo tangible de la Diosa Madre. Una tierra abundante y feraz, iluminada por un Sol siempre presente, aunque se sumerja cada día en la noche estrellada y profunda, semejante a ese mar océano que se abre al viajero al dejar atrás las dos columnas de Hércules, una en Hispania y otra en África. La posibilidad real de ir “más allá” de una geografía conocida y adentrarse en tierras incógnitas, ínsulas y mares simultáneos. En la costa onubense y gaditana América ya se presentía desde muy antiguo, como la antesala a inexplorados continentes, contenidos en nuestra alma inabarcable. 

Cada tierra tiene su propio sol, como tiene su propio cielo, y el sol de Andalucía se oculta cada noche en las entrañas de su Historia para fecundar nuevas utopías. Andalucía, Hispania, en este confín de la tierra occidental donde han desembocado todos los pueblos de Eurasia y el Oriente, en este límite con lo ilimitado del mar infinito, los antiguos héroes, aventureros y poetas griegos encontraron una de las entradas al Hades, el que hay que atravesar para dejar atrás todas nuestras sombras y densidades antes de arribar al país de los Antepasados, así este lleve el nombre de “Islas Afortunadas”, “Jardín de las Hespérides” o “Isla de los Bienaventurados”. 

Un fino hilo de oro une los acontecimientos míticos a la geografía de los lugares cuyos “genios del lugar” (genius loci) retienen la esencia de lo acontecido. Su presencia invisible pero real garantiza esa perennidad de la memoria de los orígenes, pues convive con la presencia no menos sutil del influjo de las estrellas y el poder que estas ejercen sobre el destino de los hombres.

Hay países, comarcas, regiones o ciudades, cuyo “genio del lugar” es muy poderoso e irreductible al paso del tiempo en la medida en que ese paso signifique olvido; pero hay otro tiempo dentro del tiempo, un tiempo interior, nuestro propio tiempo, el que los dioses nos han otorgado al nacer, y que siempre vuelve tras beber del río de la Memoria. Esos lugares geográficos se convierten en espacios donde la presencia de lo sagrado se manifiesta con más intensidad que en otros. En esos lugares, las energías ctónicas, telúricas, intermediarias y celestes se fusionan en un equilibrio fruto de la armonía entre los opuestos.

Esa Armonía, que es una diosa celeste, perdura secretamente cuando las civilizaciones que la hicieron posible se retiran, si bien nunca desaparecen del todo pues han dejado la huella de su presencia en lo intangible de su arte, como una prolongación cristalizada de su ser y de su identidad metafísica. Esa huella puede estar visible, o enterrada bajo tierra, pero está ahí, silenciosa y tenaz, como esas raíces que conservan todavía un hálito de vida alimentado por los fluidos interiores del planeta, del ángel del planeta, y que rompen de tanto en tanto la dura corteza para emerger nuevamente a la luz del día, resucitando de la muerte, o del olvido, como la memoria de los dioses y de los hombres. Francisco Ariza

https://www.franciscoariza.com/
https://www.bibliotecahermetica.com/


Notas
[1] En la palabra Córdoba ya esté presente la idea de la concordia a través de su primera sílaba, “cor”, corazón. Los romanos, muy sutilmente, transformaron en "Corduba" su nombre púnico-cartaginés “Kurt Juba” (la “Ciudad de Juba”, un general cartaginés). Etimológicamente es muy posible que “Kurt” (ciudad) y “Cor” (corazón) sean idénticas (al menos fonéticamente es así), lo cual nos lleva a la idea de la ciudad como un centro espiritual, o cultural, que es precisamente lo que fue Córdoba en dos momentos concretos y florecientes de su historia, que se entrevera con la de Andalucía, España y Occidente: cuando fue capital de la Bética romana y capital del Califato de Al-Andalus. Recordaremos que Juba era uno de los generales cartagineses de Amílcar Barca (que significa “Hermano de Melkart”, el Hércules fenicio), padre de Aníbal y del cual se dice fue el fundador de Barcino (Barcelona), Qart Hadasht (Cartagena) y Akra Leuké (Alicante).
[2] Rubaiyat, verso 41.



Áureo imperial. La diosa Concordia , o Armonía, 
con la cornucopia y el caduceo hermético


 Heracles-Hércules luchando con Aqueloo. A la izquierda el rey Eneo (Oinos) 
y a la derecha Deyanira


Racimo de uvas y espigas de trigo en una moneda  ibero-romano de Acinipo, 
actual Ronda (Málaga)


Apolo y la lira en una moneda ibero-romana de Carbula 
(Almodóvar del Río, Córdoba)





domingo, 8 de diciembre de 2019

LA 'INVENCIBLE GENERALA' UN HECHO MÍTICO Y SIMBÓLICO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA. Francisco Ariza

Este artículo pertenece al Apéndice I de nuestro libro Tartesos, la Ciudad de Ulía, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores.


Fig. 1. Talla medieval de la Virgen de Linares en su Santuario coronada como Virgen Reina. Con algunas restauraciones, esta es la imagen que llevaba Fernando III en la reconquista de Córdoba (foto autor).

I
Mientras estábamos enfrascados en nuestro estudio sobre los temas que conforman nuestro libro Tartesos, la Ciudad de Ulía, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores, tuvimos la oportunidad de visitar el santuario de la Virgen de Linares, situado en una antigua atalaya árabe y ubicado en la Sierra de Córdoba a pocos kms. de la ciudad, en la carretera que une a esta con Badajoz. Precisamente fue el mismo día en que conocimos también otro santuario, en este caso precristiano; nos referimos al santuario tartésico de Cancho Roano, al que mencionamos en el primer capítulo, y que está ubicado en esa misma provincia extremeña. O sea que para ir a Cancho Roano desde Córdoba se tiene que pasar necesariamente por la zona donde está el santuario de la Virgen de Linares, y esa oportunidad, la de visitar el mismo día un monumento tartésico y otro cristiano, no la podíamos dejar pasar de ninguna manera, pues estamos hablando de dos lugares que forman parte de la Historia y la Geografía simbólica de España.
Pero lo que no sabíamos en ese momento es que este libro comenzaría con un capítulo sobre Tartesos y terminaría con un Apéndice tratando precisamente de ciertos mitos y hechos históricos relativos a la Virgen de Linares, al que hemos añadido un segundo sobre el mito del Apóstol Santiago, como un componente esencial de la Historia de España.
Los viajes por la Historia y la Geografía son siempre circulares, cíclicos, y están cargados de una magia que no se puede soslayar; más bien hay que dejarse llevar por ella, que incluye una teúrgia, pues el peregrino en la búsqueda del conocimiento del Sí Mismo se pone en manos y bajo los auspicios de los númenes del viaje que, como el dios Hermes, son los que le guían por los senderos y las etapas de un viaje que en verdad es arquetípico y tan real como la vida misma; o mejor sería decir que la vida se torna real al vivirse como un viaje arquetípico, como un símbolo de una realidad cuyas claves secretas sólo podemos descubrir e interpretar a través de la inmersión en el tiempo mítico.

Pese a la distancia temporal que separa a una y otra civilización, pese a las diferencias en las formas de expresión y las distintas imágenes simbólicas utilizadas para representar a sus deidades o entidades divinas, los tartesios que construyeron Cancho Roano y los cristianos que levantaron el santuario de la Virgen de Linares sobre la atalaya árabe participaban de una misma realidad de lo sagrado y de un mismo sentido del rito, el cual, al igual que el mito, nos vincula con el orden invisible del mundo, también llamado Cosmogonía Perenne.

El rito, como el mito, como el tiempo, tiene una estructura circular, y es su reiteración y repetición rítmica la fuente de su eficacia, sin olvidar que en realidad todo rito es un símbolo, o una idea-fuerza en acción. En el tiempo mítico lo sucesivo se torna simultaneidad pues las barreras temporales quedan abolidas, y lo que la conciencia percibía como separado, en él se reúne conformando una sola y única realidad: la de lo sagrado, que bien deberíamos distinguir de lo simplemente religioso, o devocional, sentimientos que están ausentes en todo lo que diremos a continuación.

Los hechos que vamos a relatar sucedieron durante la reconquista de la milenaria ciudad de Córdoba por el insigne rey castellano Fernando III el Santo. Unos hechos que como decimos entran de lleno en la Historia mítica y simbólica de España, siendo esta y no otra la razón principal que nos ha llevado a reseñarlos, acudiendo a algunas de las crónicas que han recogido aquellos eventos que forman parte de la verdadera memoria histórica, la que el tiempo ha ido puliendo y madurando despojándola de la “paja” y lo superfluo. Recordemos en este sentido las palabras de Séneca ya mencionadas en un capítulo anterior: “el tiempo descubre la verdad”.

Para nosotros la historia cobija a la suprahistoria. Está oculta en ella como la idea está oculta tras la forma simbólica, a la que sin embargo expresa y revela. De ahí precisamente que ciertos hechos históricos tengan que ser interpretados simbólicamente para llegar a comprenderlos en su esencia y verdadera dimensión metafísica, cobrando además una significación que necesariamente nos involucra en la medida en que constituyen las ideas-fuerzas que han conformado las imágenes de nuestra cultura.

Son precisamente esas ideas-fuerza y sus códigos, transmitidos a través de una literatura que recoge las gestas y las epopeyas heroicas, lo que constituye lo intangible y sutil de la historia que gira en torno a la Virgen de Linares, la construcción de su santuario y la reconquista de Córdoba.

Existe además una transposición de un simbolismo histórico a un simbolismo cosmogónico e iniciático, referido a la propia experiencia en el ámbito de la realización espiritual. Existió esa realización ligada a los propios códigos simbólicos de las órdenes de caballería, que fueron en esencia los de la realeza y la nobleza en general. En dichos códigos entraban también las leyendas de los héroes fundadores de la civilización occidental: la estirpe de los héroes semidivinos de la mitología greco-romana, ciertos episodios del Antiguo Testamento, reyes como David o Salomón, las heroínas y héroes judíos, las leyendas celtas cristianizadas a través del simbolismo del Grial y las gestas del Rey Arturo, etc.[1]

Estamos convencidos de que esa experiencia, al nivel que fuese, fue vivida por Fernando III (y otros reyes de la España medieval), el cual encontró en la Reconquista el “campo de batalla” donde librar no sólo la lucha contra sus enemigos externos, sino la propia “materia prima” de su combate interior. La Reconquista estuvo llena de gestas épicas (no sólo por parte cristiana, sino también musulmana), y que vistas en conjunto conformarían una verdadera epopeya donde se revelaría una estructura mítico-simbólica que nos haría entender ese importante episodio de la Historia de España bajo otra luz distinta al del simple relato histórico.[2]

Centrándonos en el tema de la Virgen de Linares y la reconquista de Córdoba, debemos señalar que en muchas civilizaciones la ocupación de un territorio, o de una ciudad, comportaba previamente la “dominación” de sus dioses tutelares mediante la práctica de los ritos apropiados. Así fue por ejemplo entre los romanos, y el rito de la evocatio se realizaba con ese fin.[3] 

Pues bien, encontramos algo parecido a un rito de la evocatio y del dominio sobre un territorio en ciertos eventos sucedidos durante la reconquista de Córdoba por Fernando III en el año 1236. En efecto, este rey se prepararía para dicha empresa realizando previamente determinados ritos en los que tuvo un papel relevante la Virgen de Linares, cuya efigie el propio Fernando III trajo consigo de la provincia de Jaén tras sus importantes victorias en Úbeda y Baeza.

En la obra Nuestra Señora de Linares, conquistadora de Córdoba, de principios del siglo XIX se describe lo que podríamos considerar un rito de posesión de una tierra, o de una ciudad, mediante la intervención de las entidades uránicas, en este caso la “Reina del Cielo”:
"A una legua de distancia de la Ciudad por la parte que media entre Oriente y Norte, en lo interior de las cordilleras de los montes que forma la sierra Morena, halló [Fernando III] una Torre pequeña o Atalaya que servía de resguardo a las centinelas avanzadas del enemigo. Aquí mandó el santo Rey levantar el Pabellón Real para la Emperatriz de Cielos y tierra, erigiendo esta piedra en título y Casa de refugio para él y para todas sus Tropas. Levantóse el Altar en la cortina misma de la Atalaya que mira al Occidente; colocóse en la parte superior el Trono augusto de la Reyna".
Vista desde el Santuario, la ciudad de Córdoba cae efectivamente hacia Occidente, es decir que hacia esa dirección se dispuso expresamente el Trono de la Reina celeste, y en consecuencia los ritos se efectuaban dirigidos expresamente hacia la capital, cuya reconquista, sus hechos y episodios ejemplares, fue recogidos a lo largo de los siglos por los poetas e historiadores, los cuales introdujeron también elementos del Antiguo Testamento y asimismo de la mitología clásica, buscando correspondencias entre la Virgen de Linares y ciertas heroínas judías, como Judith, y diosas del panteón greco-romano, como Artemisa (la Diana romana), la siempre virgen. Es decir quisieron incorporar lo que sin duda alguna fue un acto heroico en el ámbito cultural más amplio al que pertenece la civilización cristiana.
Se hacía así un paralelismo entre la Judit bíblica y la Virgen de Linares. Ambas son libertadoras de sus respectivos pueblos: Judit, la viuda, matando al asirio Holofernes y la Virgen de Linares contribuyendo con su “presencia espiritual” a reconquistar Córdoba tras cinco siglos de dominio musulmán, donde, la historia así lo atestigua, se vivieron momentos de un gran esplendor cultural, y que aquellos reyes castellanos con su concepción de una España como Reino integrador intentaron preservar conservando el principal y más significativo monumento de aquel legado.[4]

II

Volviendo de nuevo a la palabra Linares, vemos que ella también hace referencia al lugar donde estaba situada la atalaya árabe, y en la que Fernando III se asentó durante unos días para preparar la toma definitiva de Córdoba. Ese lugar era llamado tali’a as’ala al-narum, es decir “atalaya donde se enciende el fuego”, o simplemente al-narum, castellanizado Linares. Así pues, la Virgen de Linares podría interpretarse también como la Virgen “que enciende el fuego”, lo que en el contexto de la realización iniciática se entiende como el fuego purificador del Espíritu.

La atalaya todavía existe, y está incorporada en la arquitectura del santuario, lo que le da a este el aspecto de una fortaleza (fig. 87). Pensamos que Fernando III quiso efectivamente que dicho santuario tuviese ese aspecto, es decir que fuese un lugar sagrado y al mismo tiempo un baluarte defensivo, una torre-vigía que el simbolismo cristiano identifica con la propia Virgen, semejante a esa Torre de David (una imagen de la Sabiduría) que Salomón evoca en El Cantar de los Cantares:
"Tu cuello es como la torre de David; mil escudos cuelgan de ella".
Sabemos que en sus campañas militares el rey Fernando III iba siempre acompañado de una imagen de la Virgen, que en el caso de la campaña cordobesa era la Virgen de Linares en su aspecto de Inmaculada Concepción, lo que en otros lugares de España, por ejemplo en Cataluña, se denomina la “Purísima”, aludiendo así a esa idea de purificación por el fuego o energía espiritual, lo que se entendía antiguamente por la virtus, cuya raíz “vir” está también presente en la palabra “virgen”.
En este sentido, originariamente, la Virgen de Linares también recibía el nombre de la Virgen de las Nieves: la nieve como símbolo de la pureza, al igual que el fuego, y cuya festividad cae el día 5 del “ardiente” mes de Agosto, un día antes precisamente de la “Transfiguración del Señor” (6 de Agosto). Aquí los elementos contrarios del frío y del calor se unen para revelar una verdad del espíritu. La Inmaculada Concepción: la luz del Verbo encarnado en las entrañas más íntimas y secretas de lo humano.

Además del apelativo de “Conquistadora”, la Virgen de Linares recibía también el de “Capitana” y de “invencible Generala”, expresiones que indican claramente que no estamos ante una concepción simplemente beata o “compasiva” de esta entidad divina, y que tampoco cabe atribuir al propio Jesús cuando dejó dicho que: “No vengo a traer paz sino espada”. Una de las inscripciones que encontramos a la entrada del Santuario reza justamente así:
"Tú, Virgen, combates / tu victoria alcanzas / Tú al bárbaro lanzas / torrentes de luz".
Evidentemente, para nosotros, además de la lectura literal y exotérica a que estas palabras aluden (el bárbaro como el enemigo exterior, o la espada en vez de la paz), vemos en ellas una referencia clara al combate interior contra las tinieblas de nuestra ignorancia, que es el auténtico enemigo a batir. La espada a la que alude Cristo es también un símbolo del eje y está ligada con la idea de la luz de la Inteligencia y su proyección iluminadora en nuestra conciencia. La paz es el resultado final al que conduce la guerra interior: la conciliación de los opuestos, la llegada al centro del Ser.
La deidad traza una sutil muralla defensiva y protectora, generando en sus guerreros la confianza firme en la victoria, que es, finalmente, la de perder este mundo para ganar el otro, el verdadero.

En las imágenes de la Virgen de Linares esta muestra una gran serenidad y al mismo tiempo una gran firmeza y por tanto nada hay en ella que recuerde esa imaginería propia del barroco español que ha destacado sobre todo su aspecto de “mater dolorosa”. Aquí es más bien la “mater victoriosa” (expresión de la “Iglesia triunfante”), y más cercana a las descripciones que los antiguos poetas, filósofos y trovadores hicieron de la Dama Inteligencia, invocando su pureza virginal como uno de los estados más altos pretendidos por el caballero iniciado en la búsqueda de la Sabiduría, y que a través de su entrega sin fisuras busca restaurar la justicia y la armonía en el mundo y en su alma, combatiendo contra los oscuros poderes de sus enemigos, tanto externos como internos. 

Esa actitud de guerrero, de defensor de su fe y de su Reino (el terrestre y el celeste), es justamente la que observamos en la escultura de Fernando III situada en su capilla del Santuario. Estamos convencidos que para este rey castellano la Virgen era su propia Dama, el modelo de la Sabiduría, como lo fue Beatriz para Dante. Lo mismo podríamos decir de su hijo Alfonso X el Sabio, que también estuvo junto a su padre en las reconquistas andaluzas, y que escribió unas “Cantigas de Santa María” en la que destaca aspectos de la Virgen que recuerdan también las de un trovador hacia su Dama. Leemos en este sentido lo siguiente:
"Hay que señalar que el culto a la Virgen no tenía en la Edad Media el carácter de beatería simplona que tuvo posteriormente, y si bien exotéricamente su influencia espiritual mantenía un lazo de unión entre la devoción popular y lo sagrado, esotéricamente era considerada como la "Reina del Mundo", y por lo tanto madre espiritual de los iniciados. Las Cantigas de Alfonso el Sabio no estaban teñidas de un vago misticismo; más aún, al ser musicadas devinieron con frecuencia verdaderos himnos ofrecidos a Venus Urania, la diosa de la Sabiduría, el Amor y la Belleza, tres virtudes celestes que sin duda este gran rey quiso que fueran las piedras angulares de su extensa e importante, también para nosotros, obra cultural".[5]
Curiosamente, cuando visitamos el Santuario, la talla de la Virgen de Linares aparecía con una corona dorada sobre su cabeza (también la portaba el niño-dios que sostiene en sus brazos), es decir estaba revestida con los símbolos de la Realeza y del Imperio, mientras que en otras ocasiones esa corona se sustituye por otra en forma de aureola con doce estrellas, que son los doce soles o signos de zodíaco, descritas en el Apocalipsis de San Juan (cap. XII, vers. 1):
"Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas".
Ambas son imágenes expresan dos formas del poder del Espíritu: la Virgen como Reina del Mundo, y como Reina de los Cielos anunciando la venida de la Jerusalén Celeste al final del presente ciclo cósmico y humano. Francisco Ariza.



Fig. 2. La Virgen de Linares, coronada de las doce estrellas, cubierta por el Sol y con la Luna a sus pies, tal como aparece descrita en el Apocalipsis de San Juan (foto extraída de Manuscritos de la Virgen de Linarejos y su Santuario. Siglos XVII y XIX, de Manuel Morales Borrero).


Fig. 3. Camarín de la Virgen de Linares en el ábside de su Santuario (foto autor).


Fig. 4. Capilla del rey Fernando III en el Santuario, con cetro en la mano izquierda y blandiendo su espada con la derecha (foto autor).


Fig. 5. El ábside del Santuario y restos de la atalaya árabe formando parte de la arquitectura del edificio (foto autor).

Fig. 6. El ábside y la torre-vigía desde otra perspectiva (foto autor).


Fig. 7. Fachada principal del Santuario con su espadaña perfectamente visible en lo alto (foto autor).




[1] En los personajes que conforman los “Nueve de la Fama” podemos encontrar un ejemplo de lo que estamos diciendo.

[2] Esa estructura mítico-simbólica está ya presente en la poética trovadoresca y los “Cantares de Gesta” (como el “Poema de Mio Cid”, o “Los Infantes de Sala”), así como en las numerosas crónicas escritas a lo largo de los siglos, y las obras de Alfonso X el Sabio sobre la Historia Universal y la Historia de España, y asimismo el Libro de los Linajes y la Crónica General de España de 1344, ambos del Conde de Barcelos, etc.

[3] He aquí, a título de información, un rito de la evocatio descrito por Macrobio: “A ti, ¡Oh, grandísimo!, que conservas bajo tu protección a esta ciudad, te ruego, te adoro, te pido en gracia que abandones esta ciudad y este pueblo, que dejes estos templos, estos lugares sagrados y, habiéndote alejado de ellos, vengas a Roma, a mi casa y a la de los míos. Que nuestra ciudad, nuestros templos, nuestros lugares sagrados, te sean más adeptos y más caros: recíbenos bajo tu guardia. Si así lo haces fundaré un templo en tu honor”. Saturnales III, 9.

[4] Nos referimos naturalmente a la Mezquita de Córdoba, que tras la reconquista fue consagrada como catedral bajo el nombre precisamente de Santa María, hasta que en el siglo XVI se dispuso un espacio de la misma para edificar el templo cristiano actual. Asimismo, el hecho de no destruir tampoco la atalaya árabe sino de haberla “incorporado” al Santuario de la Virgen de Linares es un ejemplo de ese espíritu integrador de Fernando III, un rey, que al igual que Alfonso X y otros anteriores y posteriores, pertenecientes o no a su línea dinástica, tenía una idea de la España cristiana que no excluía a ninguna de las culturas que vivían en ella. No podríamos decir lo mismo de los jefes islámicos pertenecientes a las tribus magrebís de los almorávides y los almohades, que tras la desaparición del Califato de Córdoba invadieron la Península Ibérica imponiendo en la zona dominada por ellos, y a lo largo de los siglos XI, XII y XIII, la visión más excluyente del Islam.

[5] Federico González y colaboradores. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, Módulo III, acápite 28.