Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer también una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)


sábado, 22 de agosto de 2015

La “Invencible Generala”. Un hecho mítico en la historia de España.

Hace pocos días hemos visitado el Santuario de la Virgen de Linares, ubicado en la Sierra de Córdoba y a pocos kms. de la ciudad, atraídos por una de las leyendas encontradas mientras estábamos enfrascados en nuestro estudio sobre el Castillo Ducal de Frías y el Señorío de Montemayor, perteneciente este último a una de las casas nobles más antiguas de Andalucía, los Fernández de Córdoba, y cuyos padres fundadores, Fernán Núñez de Témez y el Adalid don Domingo Muñoz, sirvieron a las órdenes del insigne rey Fernando III el Santo (padre como ya sabemos de otro no menos insigne rey castellano, Alfonso X el Sabio) durante la reconquista de esta milenaria ciudad bañada por las aguas del Guadalquivir, el llamado por los romanos río Betis y río Tartesos por los pueblos anteriores a éstos. 

En esa leyenda se mencionan unos hechos que desde nuestro punto de vista entran de lleno en la Historia simbólica y mítica de España, y en este sentido hemos querido reseñarlo brevemente, acudiendo a algunas de las crónicas que recogen aquellos eventos que forman parte de la verdadera memoria histórica, la que los siglos han ido puliendo y madurando, despojándola de la “paja” y lo superfluo. Es la historia que cobija la suprahistoria, que representa esa otra memoria de los hechos que no siempre han estado documentados (debido a lo cual muchos los niegan), y que son precisamente los que nutren la épica y las epopeyas que describen los actos de los héroes y sabios fundadores. Es el contenido de dicha memoria lo que constituye lo intangible y sutil de la historia, aquello que se ha transmitido en todos los pueblos de la tierra, cimentando sus culturas y cohesionándolos como tales pueblos. 

Debemos recordar que antiguamente la conquista de un territorio, o de una ciudad, comportaba previamente la “dominación” de sus dioses tutelares. Así fue por ejemplo entre los romanos, y el rito de la evocatio se realizaba con ese fin. Algo parecido es lo que ocurrió durante la reconquista de Córdoba por Fernando III en el año 1236, quien se prepararía para dicha gesta realizando previamente ciertos ritos en los que tuvo un papel relevante la Virgen de Linares, cuya efigie el propio rey Fernando III trajo consigo de la provincia de Jaén tras sus importantes victorias en Úbeda y Baeza. 

En la obra Nuestra Señora de Linares, conquistadora de Córdoba de principios del siglo XIX se describe lo que podríamos considerar ese rito de posesión de una tierra mediante la intervención de las entidades uránicas, en este caso de la “Reina del Cielo”: 
“A una legua de distancia de la Ciudad por la parte que media entre Oriente y Norte, en lo interior de las cordilleras de los montes que forma la sierra Morena, halló [Fernando III] una Torre pequeña o Atalaya que servía de resguardo a las centinelas avanzadas del enemigo. Aquí mandó el santo Rey levantar el Pabellón Real para la Emperatriz de Cielos y tierra, erigiendo esta piedra en título y Casa de refugio para él y para todas sus Tropas. Levantóse el Altar en la cortina misma de la Atalaya que mira al Occidente; colocóse en la parte superior el Trono augusto de la Reyna”.

Pero la palabra Linares también hace referencia al lugar donde estaba situada esa atalaya árabe, y en la que Fernando III se asentó durante unos días para preparar la toma definitiva de la ciudad. Ese lugar era llamado tali’a as’ala al-narum, es decir “atalaya donde se enciende el fuego”, o simplemente al-narum, castellanizado Linares. Así pues, la Virgen de Linares podría interpretarse también como la Virgen “que enciende el fuego”, se entiende que el fuego purificador del Espíritu. 

La atalaya todavía existe, y está incorporada en la arquitectura del Santuario, lo que le da a éste el aspecto de una fortaleza (figs. 5, 6, 7). Pensamos que Fernando III quiso efectivamente que el Santuario tuviese ese aspecto, es decir que fuese un Santuario, un lugar sagrado, y al mismo tiempo un baluarte defensivo, una torre-vigía que el simbolismo cristiano identifica con la propia Virgen, semejante a esa Torre de David que Salomón evoca en El Cantar de los Cantares:
“Tu cuello es como la torre de David; mil escudos cuelgan de ella”.

La deidad protectora y vigilante traza una sutil muralla defensiva y genera en sus guerreros la confianza firme en la victoria.

Sabemos que en sus campañas militares el rey Fernando III iba siempre acompañado de una imagen de la Virgen, que en el caso de la campaña cordobesa era la Virgen de Linares en su aspecto de Inmaculada Concepción, lo que en otros lugares de España, por ejemplo en Cataluña, se denomina la “Purísima”, aludiendo así a esa idea de purificación por el fuego o energía espiritual, lo que se entendía antiguamente por la virtus

En este sentido, originariamente, la Virgen de Linares también recibía el nombre de la Virgen de las Nieves: la nieve como símbolo de la pureza, al igual que el fuego, y cuya festividad cae el día 5 del “ardiente” mes de Agosto. 

Además del apelativo de “Conquistadora”, la Virgen de Linares recibía también el de “Capitana” y la “invencible Generala”, expresiones que indican claramente que no estamos ante una concepción pacata de esta entidad divina, y que tampoco cabe atribuir al propio Jesús, pues este dejó dicho que: “No vengo a traer paz sino espada”. Una de las inscripciones que encontramos a la entrada del Santuario reza justamente así: 
“Tú, Virgen, combates  /  tu victoria alcanzas  /  Tú al bárbaro lanzas  /  torrentes de luz”.

Evidentemente, para nosotros, además de la lectura literal y exotérica a que estas palabras aluden (el bárbaro como el enemigo exterior), vemos en ellas una referencia clara al combate interior a emprender contra las tinieblas de nuestra ignorancia. La Inmaculada Concepción: la luz del Verbo encarnado en las entrañas más íntimas y secretas de lo humano. 

Como podemos observar en las imágenes que aquí adjuntamos la expresión que tiene la Virgen de Linares es de una gran serenidad y al mismo tiempo de una gran firmeza (fig. 1, 2 y 3), y por tanto nada hay en ella que recuerde esa imaginería propia del barroco español que ha destacado de ella sobre todo su aspecto de “mater dolorosa”. Aquí es más bien la “mater victoriosa”, más cercana a las descripciones que los antiguos poetas, filósofos y trovadores hicieron de la Dama Inteligencia, invocando su pureza virginal como uno de los estados más altos pretendidos por el iniciado y el caballero en la búsqueda de la Sabiduría, y que a través de su entrega sin fisuras busca restaurar la justicia y la armonía en el mundo y en su alma, luchando contra los oscuros poderes de sus enemigos, tanto externos como internos. Esa actitud de guerrero, defensor de su fe y de su reino, es justamente la que ha querido destacar el autor, o autores, de la escultura de Fernando III situada en su capilla del Santuario (fig. 4). 

Curiosamente, cuando visitamos el Santuario, la talla de la Virgen de Linares aparecía con una corona dorada sobre su cabeza (también la portaba el niño-dios que sostiene en sus brazos), es decir estaba revestida con los símbolos de la realeza y del imperio (fig. 1), mientras que en otras ocasiones esa corona se sustituye por otra en forma de aureola con doce estrellas (fig. 2), que son los doce soles o signos del zodíaco, descritas en el Apocalipsis de San Juan (cap. XII, vers. 1):
“Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas”.

La memoria de ese hecho célebre (la reconquista de Córdoba) fue recogida a lo largo de los siglos, y muchos poetas e historiadores escribieron acerca de él, pero introduciendo también elementos del Antiguo Testamento y asimismo de la mitología clásica, buscando correspondencias entre la Virgen de Linares y ciertas heroínas judías, como Judith, y diosas del panteón greco-romano, como Artemisa (la Diana romana), la siempre virgen. Es decir quisieron incorporar lo que sin duda alguna fue un acto heroico en el ámbito cultural más amplio al que pertenece nuestra cultura. 

Se hacía así un paralelismo entre la Judit bíblica y la Virgen de Linares. Ambas son libertadoras de sus respectivos pueblos: Judit, la viuda, matando al asirio Holofernes y la Virgen de Linares contribuyendo con su “presencia espiritual” a reconquistar Córdoba tras cinco siglos de dominio árabe, donde, la historia así lo atestigua, se vivieron momentos de un gran esplendor cultural, que aquellos reyes castellanos, con su concepción de España como un Reino integrador, intentaron preservar conservando el principal y más significativo monumento de aquel legado. [1]


Fig. 1. Talla medieval de la Virgen de Linares en su Santuario coronada como Virgen Reina. Con algunas restauraciones, esta es la imagen que llevaba Fernando III en la reconquista de Córdoba (foto autor).


Fig. 2. La Virgen de Linares, coronada de las doce estrellas, cubierta por el Sol y con la Luna a sus pies, tal como aparece descrita en el Apocalipsis de San Juan (foto extraída de Manuscritos de la Virgen de Linarejos y su Santuario. Siglos XVII y XIX, de Manuel Morales Borrero).


Fig. 3. Camarín de la Virgen de Linares en el ábside de su Santuario (foto autor).


Fig. 4. Capilla del rey Fernando III en el Santuario, con cetro en la mano izquierda y blandiendo su espada con la derecha (foto autor).


Fig. 5. El ábside del Santuario y restos de la atalaya árabe formando parte de la arquitectura del edificio (foto autor).


Fig. 6. El ábside y la torre-vigía desde otra perspectiva (foto autor).


Fig. 7. Fachada principal del Santuario con su espadaña perfectamente visible en lo alto (foto autor).


NOTA
[1] Nos referimos lógicamente a la Mezquita de Córdoba, que tras la reconquista fue consagrada como catedral, hasta que en el siglo XVI se dispuso un espacio de la misma para edificar el templo cristiano actual. Asimismo el hecho de no haber destruido tampoco la atalaya árabe sino de haberla “incorporado” al Santuario de la Virgen de Linares es un ejemplo de ese espíritu integrador de Fernando III, un rey, que al igual que Alfonso X y otros anteriores y posteriores pertenecientes a su dinastía, tenía una idea de la España cristiana que no excluía a ninguna de las culturas que vivían en ella. No podríamos decir lo mismo de los jefes islámicos pertenecientes a las tribus magrebís de los almorávides y los almohades, que tras la desaparición del califato cordobés invadieron, primero unos y después los otros, la Península Ibérica, y a lo largo de los siglos XI y XIII impusieron en la zona dominada por ellos la visión más excluyente del Islam.

miércoles, 15 de julio de 2015

El Castillo Ducal de Frías y el Señorío de Montemayor. Su simbolismo, mitos fundadores e historia. 4.

EL CONTEXTO HISTÓRICO DE ULIA DURANTE LA CRISTIANIZACIÓN DE LA BÉTICA ROMANA

Tras la desaparición de Roma, la ciudad de Ulia (actual Montemayor) entra en decadencia y con el tiempo tan sólo quedarán ruinas de ella. Sin embargo, persistirán en la memoria de ese lugar unas simientes sutiles que brotarán de nuevo cuando quienes vuelvan a habitar el lugar se consideren de alguna manera herederos de Roma y su civilización, la cual dio las señas de identidad a una tierra que conoció con ella su mayor esplendor cultural, recogido en parte por el reino cristiano de los visigodos, los más romanizados y cultos de los pueblos germánicos,[1] sin olvidarnos de la presencia, aunque por breve período de tiempo, del Imperio bizantino en la franja suroriental de la península, siendo sus ciudades principales Córdoba y Cartagena.

A pesar de las apariencias y de un tópico muy generalizado debido a una lectura algo superficial de la Historia de España, la huella dejada por Roma en Andalucía (y por extensión en el resto de la península ibérica, incluido Portugal, que ocupa actualmente gran parte de la antigua Lusitania) es más profunda que la dejada por la civilización islámica, y esto por distintos motivos, entre ellos la total implantación del Imperio romano en todos los territorios de Hispania (cosa que no ocurrió durante el dominio musulmán), acompañada de una paulatina romanización de sus habitantes, que no se vieron abocados a una “conversión” religiosa, sino que poco a poco fueron atraídos por una idea de civilización inclusiva e integradora que facilitaría su incorporación a ese proyecto común que fue en realidad el Imperio Romano cuando éste se hizo realidad según el concepto que de él tenían sus fundadores, Julio César y su sobrino César Augusto.

La fulgurante entrada en la península de los ejércitos árabes y bereberes y la rápida imposición de su religión es evidente que contrastaba fuertemente con esa política integradora de Roma una vez ésta vence a Cartago definitivamente en suelo peninsular. También contrastaba el largo período de paz, estabilidad y prosperidad proporcionada por el Imperio romano con la inestabilidad casi permanente que existió en la España musulmana, provocada por el enfrentamiento con los reinos cristianos, que además se consideraban herederos de ese Imperio, que ellos vieron encarnado en el desaparecido Reino visigodo, al que quisieron revitalizar tomando como modelo el Sacro Imperio Romano de Carlomagno (siglo VIII-IX), hasta el punto de instituirse el título de “Emperadores de toda Hispania” para los reyes astur-leoneses y posteriormente castellanos, y que, según la voluntad de esos reyes, cobijaba dentro de sí tanto a cristianos como a musulmanes y judíos, lo cual evocaba esa idea de integración e incorporación del Imperio romano a la que antes nos referíamos.[2]

Continúa existiendo, pese al paso del tiempo, esa “romanidad” en el ser de los habitantes de Córdoba y su provincia, que comprende una parte importante de los dos “conventus” administrativos (de los cuatro en que se dividía la Bética), los que fueron denominados Cordubensis y Astigitanus, este último ocupando toda la Campiña y con la capital en Astigi, la actual Écija.




Fig. 1. Las tres provincias romanas de Hispania: Lusitania, Bética y Tarraconense (Hispania Citerior), con sus distintos conventus administrativos. Abajo la división de la provincia de la Bética en sus cuatro conventus: Hispalensis, Gaditanus, Cordubensis y Astigitanus

No es por casualidad que en casi todas los pueblos y ciudades de la provincia de Córdoba (en realidad de todas las provincias andaluzas), como por ejemplo Baena, Puente Genil, Cabra, Lucena, Priego, Montoro, etc., e incluso en los más pequeños (pienso por ejemplo en Cañete de las Torres, Santaella, Almedinilla o Zuheros, estos dos últimos en las estribaciones de la Sierra Subbética cordobesa), exista un museo arqueológico donde es notoria la presencia de la cultura romana (e incluimos en ella el período ya cristianizado del Imperio, y asimismo el legado del arte visigodo) por encima de cualquier otra, y esto, lejos de parecer un simple dato histórico, señala por el contrario algo mucho más profundo, a saber: que Roma selló un pacto indeleble con el alma de la Bética, receptora como en pocos lugares del Imperio de esa utopía que fue en realidad la “Pax romana”.[3]



Fig. 2. Almedinilla. Efebo romano. Museo Arqueológico.



Fig. 3. Almedinilla. Grupo escultórico de Perseo y Andrómeda. Museo Arqueológico.



Fig. 4. Zuheros. Busto con toga romana. Museo Arqueológico.



Fig. 5. Cañete de las Torres. Relieve íbero-romano. Museo Arqueológico.



Fig. 6. Priego de Córdoba. Bustos de damas romanas. Museo Arqueológico.



Fig. 7. Santaella. Busto griego.


No olvidemos que de la Bética surgieron nada menos que dos de los más grandes emperadores: Trajano y Adriano (nacidos ambos en Itálica, Santiponce, Sevilla).  El otro emperador de origen hispano, Teodosio I el Grande, nació en Cauca (Coca, Segovia) en el siglo IV, aunque también se ha hablado de Itálica. En cualquier caso todo esto evidencia el alto grado de romanización al que llegó la Bética y el resto de Hispania, no en vano llamada la “península de los romanos”.

Como hemos señalado, el cristianismo fue el sucesor de la civilización romana, heredando de ella fundamentalmente sus estructuras jurídico-políticas y una cierta concepción del mundo que giraba en torno a la filosofía estoica, cuyos mayores representantes fueron Cicerón y Séneca, este último nacido precisamente en Córdoba en el seno de una ilustre familia hispanorromana (de la gens Annea) a la que perteneció también el poeta Lucano (autor de La Farsalia, poema épico sobre la guerra entre César y Pompeyo) y otros escritores, oradores y cargos públicos romanos.


Fig. 8. Lucio Anneo Séneca


Fig. 9. Marco Anneo Lucano


En este sentido, y es algo a poner de relieve, el Cristianismo de los primeros siglos no se opuso frontalmente a la cosmovisión romana todavía con cierta vitalidad durante el periodo de decadencia del Bajo Imperio (siglos IV-V), sino que convivió con ella y se nutrió de ciertas ideas-fuerza divinas como la clementia, la providentia, la pietas, etc., conceptos estos que siempre formaron parte de la esencia constitutiva de Roma.


En el imaginario de los primeros cristianos de la Bética (y esto lo podríamos extender a muchas partes del Imperio) la figura del emperador romano estaba fuertemente arraigada, y ya hemos visto que esto tiene, en el caso de la Bética romana, raíces muy profundas que nos llevan a la mítica Tartesos y sus legendarios reyes de origen divino. En ese imaginario, Cristo sustituiría al emperador romano como el símbolo central de un nuevo imperio, el Cristiano, y por eso mismo la transición de uno a otro se hizo a través de una lenta ósmosis, teniendo en cuenta además que los propios Padres de la Iglesia que suministraron los fundamentos filosóficos y teológicos al cristianismo surgieron prácticamente todos del mundo clásico greco-romano, y algunos de ellos fuertemente influenciados por Platón y el neoplatonismo.



Fig. 10. Santaella. Crismón paleocristiano.


Fig. 11. Santaella. Disco solar paleocristiano.

Aunque aparentemente nos desviemos del tema que tratamos, reparemos en un dato importante que nos ayudará a entender lo que estamos diciendo: la penetración del primitivo cristianismo en el Imperio romano tuvo en el levante y mediodía peninsular una de sus vías principales. El primer Concilio, antes del de Nicea (el cual consagró definitivamente al cristianismo como la religión del Imperio), fue el de Iliberri (también conocido como Concilio de Elvira), al principio del siglo IV (305-306), situado posiblemente en lo que hoy es Granada (la romana Municipium Florentinun Iliberritanum), y más concretamente en uno de sus barrios más emblemáticos como es el Albaicín, donde ya existió anteriormente un antiguo poblado ibérico.
Numerosos ciudadanos romanos consideraban al dios cristiano como parte del panteón clásico, sin duda como un dios poderoso que ya había probado su fuerza bienhechora entre sus fieles y al cual se ofrecían los dones o que se veneraba con este fin, según las normas de la cultura religiosa hispano-romana. Nada es más significativo a este respecto que la cristianización de los flamines y de los sacerdotes paganos constatada en diversos cánones de Elvira (2-4, 55), lo que demuestra que las élites del paganismo no encontraron incompatibles o extrañas las creencias cristianas y que los dirigentes y los fieles cristianos no se sorprendieron de su conversión. (…) Pero si las creencias continuaban expresándose por las mismas vías y con los mismos objetivos de la piedad tradicional, el Cristianismo no se oponía a la cultura religiosa de Roma, sino que por el contrario él se integraba en ella como la respuesta más segura y entusiasta en siglos de profundos cambios políticos y sociales. De hecho, el paganismo se mantuvo vivo en múltiples manifestaciones espirituales del Cristianismo triunfante, lo cual, dicho sea de pasada, nos recuerda que los antiguos dioses no habían sido todavía definitivamente liquidados y que el pueblo romano no se sentía definitivamente abandonado por ellos.  (José F. Ubiña. Le concile d'Elvire et l'esprit du paganisme. In Dialogues d'histoire ancienne. Vol. 19 N°1, 1993. pp. 309-318).


Las distintas fuentes literarias nos hablan que fue la numerosa presencia cristiana en la Bética romana la causa principal de que se celebrara allí dicho Concilio, al que asistieron obispos y presbíteros de distintos lugares de Hispania, pero sobre todo de la Cartaginensis y la Bética. De entre esos obispos destaca el de Córdoba, Osio, el cual asistiría a otros dos Concilios importantes, el de Nicea (325) y el de Sárdica (343).


Padre de la Iglesia y consejero del emperador Constantino, Osio de Córdoba estuvo en varias ocasiones en la corte de este emperador en Milán, donde contactó con Calcidio, un neoplatónico cristiano perteneciente al círculo neoplatónico milanés, y a quien le encomendaría la traducción del Timeo de Platón al latín. Ese interés de Osio por Platón llama nuestra atención, e indica los intereses intelectuales de este obispo por la filosofía clásica y más concretamente platónica, lo que indica que ella no desapareció de Córdoba desde los tiempos del propio Séneca, y que había permanecido vivo un fervor, ciertamente estoico y discreto, hacia esa herencia, y que jamás llegaría a apagarse totalmente.


En consecuencia, podemos asegurar que Osio de Córdoba fue uno de los primeros platónicos cristianos dentro de la Hispania todavía romana. Calcidio le dedicó su traducción del Timeo, en uno de cuyos fragmentos leemos lo siguiente:
“Tú habías concebido en tu espíritu que florecía en todos los estudios humanísticos y en tu excelente ingenio la digna esperanza de acometer una obra no intentada hasta ahora y habías decidido tomar prestado su uso de los griegos por el Lacio. Y aunque tú mismo podías hacer esto de un modo tanto más fácil cuanto más conveniente, creo que, por tu admirable humildad, has preferido encomendarlo a quien tú considerabas tu otro yo”.[4]

El Timeo fue prácticamente el único libro de Platón que llegó a la Edad Media, y no podemos negar la clarividencia que tuvo a este respecto Osio, palabra de origen griego que entre otras acepciones quiere decir “Justo”.


Volviendo de nuevo a Ulia, en las actas del Concilio de Elvira aparece ella como una de las ciudades de la Bética que enviaron representantes al mismo, ciudades situadas en la vía que comunicaba Córdoba con Anticaria (Antequera) y Malaca (Málaga), es decir: Singilia Barba (cerca de Antequera), Igabrum (Cabra), Ipagrum (Aguilar de la Frontera), Ategua (Teba la Vieja) y la propia Ulia. En esas actas está posiblemente la última mención hecha sobre Ulia, y los cronistas árabes ya no mencionan a la ciudad como tal sino a un distrito agrícola denominado Ulyat Kammbaniya (Ulia de la Campiña), la zona donde la antigua ciudad ibero-romana existió durante siglos. (Continuará).


NOTAS
[1] Entre los reyes y jefes de los distintos reinos cristianos que iniciaron la Reconquista, lo que en un principio les impulsaría a ello no fue sino la recuperación del antiguo Reino visigodo.

[2] Esto marcaba también una diferencia cualitativa entre esos reinos cristianos de la Edad Media y los reinos musulmanes. En este sentido Américo Castro, en La Realidad Histórica de España, señala que en la tumba de Fernando III el Santo (el reconquistador de gran parte de Andalucía) sita en la catedral de Sevilla (donde también está la tumba de su hijo Alfonso X el Sabio, quien continuó la obra de su padre), hay cuatro lápidas en honor suyo escritas en las cuatro lenguas: la castellana, la latina (eclesial), la judía y la árabe, testimoniando así el hecho de que en su reinado se respetaban las distintas expresiones religiosas y culturales. Esa política fue seguida también durante un tiempo por Alfonso X el Sabio, quien recordemos fue pretendiente en firme a la sucesión del Sacro Imperio Romano-Germánico a la muerte de Federico II Hohenstaufen a mediados del siglo XIII.

[3] A lo largo de estas Rutas Simbólicas tendremos ocasión de hablar más extensamente de la Bética romana como una Utopía que se hizo realidad por momentos.

[4] Extraído de “Calcidio, traductor y comentarista del Timeo platónico”, de Cristóbal Macías Villalobos.

miércoles, 8 de abril de 2015

El Castillo Ducal de Frías y el Museo Ibero-Romano de Ulia. 3.

 EL MUSEO DE ULIA

Presentamos a continuación una serie de piezas pertenecientes a la época de la Ulia ibero-romana conservadas en su Museo arqueológico, recientemente inaugurado (julio de 2013), pero cuyos fondos, en su gran mayoría, pertenecen al que fue un museo anterior sito en unas dependencias anejas a la Iglesia de Montemayor (Fig. 1), y que estuvo al cuidado de D. Pedro Moyano, el cura arqueólogo de este pueblo que dedicó gran parte de su vida a esta labor. Fue él quien personalmente nos lo mostró a Federico González y a mí en aquel Octubre de 2011 (Fig. 2).


Fig. 1. Antiguas dependencias del Museo de Ulia anejas a la Iglesia.

Fig. 2. Federico González Frías firmando en el Libro de Visitas del
 antiguo Museo de Ulia. Octubre de 2011.

Actualmente es el departamento de cultura del Ayuntamiento el que se ha hecho cargo de dicho Museo, tal y como recientemente nos explicaba el Sr. Enrique López, que muy amablemente hizo de cicerone ilustrándonos acerca de algunas de las piezas allí reunidas, una muestra que nos acerca a lo que sin duda fue el municipium de Ulia y el territorio comprendido dentro de él, donde las gens o familias romanas tenían sus espléndidas villae, las que han suministrado gran parte del material arqueológico a este museo y a otros como el de Córdoba, el de Sevilla o el propio Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Asimismo queremos destacar la ayuda brindada por Mª Ángeles Luque, restauradora del Museo, que igualmente nos ilustró acerca de algunas de las piezas aportando parte del material gráfico que aquí presentamos.

Muchos de los cortijos de la zona se construyeron sobre esas antiguas villas romanas, razón por la cual bastante de ese material arqueológico (esculturas, columnas, capiteles, monedas, cerámicas, tumbas, ajuares, mosaicos, etc.) haya sido encontrado en excavaciones hechas en sus alrededores cuando no sus mismos límites. Es el caso del yacimiento arqueológico del Castillo de Dos Hermanas, de Cabezas del Rey, del Cañuelo, y también la Zargadilla, cerca del cortijo del Frenil, a 2 kms de Montemayor lindando con el municipio de Fernán-Núñez, al cual pertenecen otros yacimientos importantes, como el de Mudapelo, La Atalaya y Valdeconejos. De la Zargadilla han salido las piezas quizá más emblemáticas del Museo de Ulia: el erote (fig. 5), el león (fig. 6), el “sátiro de Montemayor” (fig. 7), el busto del personaje julio-claudio (fig. 8), la “Venus de Montemayor” (fig. 9), y el Baco, o Dionisos (fig. 10), el dios griego y romano del vino, del éxtasis, del teatro (fig. 11) y de los misterios ligados a la iniciación a lo sagrado. Un dios muy cercano a Hermes-Mercurio. El Museo también tiene una buena colección de monedas (sestercios y denarios fundamentalmente) encontradas en Montemayor y en otros lugares de España). Aquí presentamos tres de ellas, concretamente tres sestercios. El primero (fig. 12) representa en el anverso una barca y en la parte inferior el nombre de Roma, lo cual tiene un contenido simbólico muy importante, pues con ello se quería señalar que la misma Roma era una barca que surcaba los mares del tiempo y del espacio para llevar a todo el orbe la idea de su civilización. En las dos restantes monedas (figs. 13 y 14) aparece la imagen de Jano Bifronte, una de las deidades más antiguas de Roma, y cuyos atributos simbólicos más significativos estaban relacionados con las "puertas solsticiales" de verano y de invierno, y también con la iniciación a los misterios que esas mismas puertas estaban representando: "la vía de los hombres" y la "vía de los dioses".

Como se ha dicho al hablar de los Julio-Claudio, Ulia estuvo bajo la protección de patronos vinculados a esta familia imperial (César Augusto, Tiberio, el general Agripa y sus hijos Cayo y Lucio César, etc.), por esos estrechos e íntimos lazos contraídos con Julio César por los ulienses en la guerra contra los Pompeyo, y en este sentido la arqueología y la epigrafía nos muestra su momento de mayor esplendor en torno a los siglos I-III d.C.
A ese periodo corresponden también las inscripciones de los más importantes personajes como Lucius Caesius y Publius Aelius Fabianus Pater, fechados en el s. I d.C. Al s. II correspondería Q. Caesius Hirrus Aelius Patruinus Fabianus, que parece mostrar una unión familiar entren los Caesii, los Aelii y los Fabiani, las tres familias más importantes de la ciudad. En el s. III encontramos a Q. Fabius Fabianus Optatus, en una dedicatoria a Alejandro Severo. (Mª Luisa Cortijo Cerezo: “Fuentes escritas y arqueológicas relativas a Ulia”, en Actas de las Primeras Jornadas de la Historia de Montemayor).
Estos personajes y sus respectivas familias (algunas de origen patricio entroncado con los orígenes de la República romana, como los Fabiani, de la gens Fabia) rigieron todos los ámbitos de la vida económica, social, política y religiosa de Ulia, 
constatándose la edilidad, el duovirato, la prefectura y cargos religiosos como el pontificado y el flaminado. Estos cargos religiosos muestran la integración de la ciudad en la religiosidad romana. Aparecen testimonios indirectos que hablan del culto o, al menos, del conocimiento de ciertas divinidades adoradas en el panteón greco-romano. La figura de Isis aparece en una lucerna asociada a Anubis y Serapis. Attis ha sido constatado en una escultura de Fernán-Núñez. (Ibíd.).
Esta misma autora señala en otra obra algo que nos ha parecido interesante retener, y es el hecho de que esas lápidas dedicadas en Ulia a la dinastía Julio-Claudia (dinastía que recordemos se crea con el matrimonio de Augusto –de la gens Julia- con Livia –de la gens Claudia) guarda una cierta relación con las lápidas de Ilion (Troya):
Harmand piensa que las lápidas de Ulia, al igual que las de Ilion se hallaban íntimamente ligadas al culto imperial. De todos es conocida la estrecha relación que guardaba Ilion con la primera dinastía imperial, ya que al ser patria de Eneas, hijo de Venus, su nombre [el de la primera dinastía imperial] se ligaba al de la fundación de Roma y al origen divino del propio Julio César. (El Municipio Romano de Ulia, p. 130).
Un sutil lazo une a la legendaria Ilion con la fiel Ulia a través de Julio César y su antepasado Eneas. En relación a la lucerna donde aparecen Isis-Harpócrates-Anubis encontrada en Montemayor, hemos de decir que éste no es el único lugar donde aparece esta tríada alejandrina. Por otro lado, los lugares de culto a la diosa egipcia Isis existieron en la Península Ibérica desde el siglo I a.C., ya en plena romanización. Entre esos lugares hemos de destacar el de Igabrum (la actual Cabra) cercana a Ulia. En Igabrum también hubo un templo en honor del dios Mitra (el Mitreo), donde se celebraba la iniciación a sus misterios (sobre todo entre las legiones romanas), y del que procede uno de los conjuntos escultóricos más importantes que se pueden visitar en el Museo Arqueológico de Córdoba: el sacrificio del toro por el dios Mitra, “Mitra Tauróctonos”. Asimismo existen los vestigios de lo que fue un Mitreo en la importante villa romana de Los Álamos (Puente Genil), también cercana a Montemayor, villa a la que por la belleza y significado de sus mosaicos y estructura arquitectónica nos referiremos en otro momento.


Fig. 3. Actual Museo de Ulia.

Fig. 4. Sala Primera del Museo.

Fig. 5. Erote, o amorcillo. S. II d.C.


Fig. 6. León de la Zargadilla. S. I d.C.

Fig. 7. Venus de Montemayor. S. II d.C.

Fig. 8. Personaje de Ulia perteneciente a la dinastía de los Julio-Claudios. S. II d.C.


Fig. 9. “Sátiro de Montemayor”. S. II d.C.

Fig. 10. El dios Baco. S. II d.C.

Fig. 11. Máscara de Baco. S. I d.C.



Fig. 12. Sestercio Barca de Roma. Bronce. Siglo III a.C.

Fig. 13. Sestercio Jano Bifronte. Bronce. Siglo III a.C.

Fig. 14. Sestercio Jano Bifronte. Cobre. Siglo III a.C.


Fig. 15. Fragmento de posible inscripción funeraria romana. S. III d.C.

Fig. 16. Guerrero íbero. Bronce. 

Fig. 17. Sillar con hojas de palma. S. II d.C.

Fig. 18. Águila romana con las alas desplegadas. S. II d.C.

Fig. 19. Cabeza de caballo íbero.

Fig. 20. Torso romano. S. III d.C.

Fig. 21. Columbario con distintos objetos ibero-romanos de cerámica y vidrio.

Fig. 22. Detalle del Columbario.

Fig. 23. Maqueta de villa romana

LA LUCERNA DE ISIS-HARPÓCRATES-ANUBIS
Hacíamos alusión anteriormente a la lucerna hallada en Montemayor (fig. 24), donde aparecía la imagen de Isis con su hijo Harpócrates (“Horus el niño”) y Anubis, el dios psicopompo y “pesador de las almas”. Y mencionábamos también el culto mistérico a esta diosa existente en Igabrum (actual Cabra), muy cerca de Ulia, culto que debemos extender a distintos lugares de la Bética, como es el caso de Baelo Claudia (Cádiz), donde efectivamente existía un templo a Isis junto al de la tríada capitolina romana conformada por Júpiter-Juno-Minerva.

Recordemos que en ese momento del Imperio (siglos I-III d.C.) Roma había asimilado ya definitivamente muchas tradiciones orientales, y Alejandría era entonces el foco intelectual más importante del mundo occidental, y toda una filosofía y una gnosis sustentada en las enseñanzas de Platón, del estoicismo helenista y de Hermes Trismegisto, es decir la Tradición Hermética, era “exportada” por toda la ecúmene del Imperio, que ya no estaba ceñida a la cuenca Mediterránea y Cercano Oriente, sino que el limes romano lindaba en esos momentos con la línea del Rhin y norte de Inglaterra. La Bética, e Hispania en su totalidad, eran receptivas a ese influjo, siendo muchos los lugares donde existían templos y cultos dedicados a Isis, la “diosa de los mil nombres”, y de la que Federico González Frías nos dice en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos:
Isis ayudada por Thot busca los trozos [de Osiris] por todo el reino juntando los pedazos dispersos. Asistida igualmente por Anubis realiza esta operación; aunque no es capaz de encontrar el falo, comido por un pez. No obstante por medios mágicos un pájaro reanima a su esposo y la diosa queda embarazada de su hijo Horus, conformando de modo conjunto la más grande tríada egipcia. Su culto después del período ptolemaico se extendió por todo el Mediterráneo como Diosa Primordial idéntica a Deméter aunque más tarde se la confunde con Afrodita; reina con toda su carga de fecundidad que la vincula asimismo con la agricultura junto con su paredro Osiris. Patrona del hogar y madre del mundo su poder generador la ha hecho la diosa de las Tradiciones mistéricas.

Fig. 24. Lucerna encontrada en Montemayor (s. I d.C), donde aparece
Harpócrates, Isis y Anubis. Museo Arqueológico de Sevilla.

En esta Lucerna Harpócrates aparece con su dedo índice de la mano derecha en la boca[1]; Isis con la sítula (recipiente con agua bendita) en la mano derecha y en su mano izquierda el menat o sonajero, coronada con espigas o flor de loto; y Anubis con el sistro -instrumento musical que en ocasiones porta Isis y que en sí mismo es un pantáculo o “pequeño todo”- en su mano derecha y en la mano izquierda la palma, símbolo de resurrección.

Interesa destacar que junto con Osiris y Thot, Isis, Serapis (Osiris) Harpócrates y Anubis eran las deidades egipcias que habían sido adoptadas por los reyes Ptolomeos durante la época helenística para abrir un nuevo ciclo histórico y cultural que estableciera un vínculo definitivo entre la civilización griega y la egipcia, lo que en un momento dado dio lugar, con la irrupción de otras corrientes mistéricas, a la Tradición Hermética. De ahí precisamente la identificación entre Thot y Hermes. Asimismo entre Isis y Deméter, o entre Osiris y Zeus, y también con Dionisos. De esta última “fusión” (Osiris y Zeus/Dionisos) nacería Serapis, venerado tanto por griegos como por egipcios. A esa síntesis se refiere ya Plutarco cuando menciona su propósito de conciliar la sabiduría de los egipcios y la filosofía de Platón.

Fig. 25. Rito Isíaco (s. I d.C). Museo Arqueológico de Nápoles.
Presentación del canopo.

Roma, con su espíritu ecléctico, recogería esta herencia helenística hasta el fin de su civilización. Por eso existieron templos dedicados a estas deidades greco-egipcias en muchas ciudades del Imperio “conviviendo” junto a las deidades específicamente romanas como es el caso, en Hispania, de Baelo Claudia antes mencionada. Pero lo mismo podemos decir de Itálica (Santiponce, Sevilla), o de Ampurias (Gerona, en donde, junto al templo de Asclepios-Esculapio el dios de la medicina, había otro levantado a Isis y Serapis). Igualmente en Mérida, en (Elche), y también en Cartago Nova (Murcia), importante puerto comercial al igual que Ampurias y Baelo Claudia, todos los cuales mantuvieron una intensa actividad comercial con las ciudades más importantes del resto del Imperio, incluida la isla de Delos[2], un nudo de comunicaciones con todo el mundo griego y donde existía un gran templo dedicado a Isis, Serapis y Anubis, inspirado en el Serapeum de Alejandría mandado construir por Ptolomeo I Sóter[3] en el 300 a.C. Desde el Serapeum se irradiaría el culto de Isis y Serapis por todos los rincones del Imperio helenístico y posteriormente romano (fig. 25).

La Bética, y todo el Levante hispano, fueron receptivos a esa corriente sapiencial greco-egipcia representada por estas deidades. El terreno ya estaba abonado sin embargo, pues desde hacía siglos esta parte del Occidente meridional había sido permeado por civilizaciones venidas precisamente del Oriente mediterráneo, como la griega y la fenicio-púnica, y el contacto con la gran civilización egipcia ya existía en tiempos de Tartesos. De ahí también que esas deidades se hicieran realmente familiares y tutelares entre la población hispano-romana, formando  parte del larario (como es el caso seguramente de esta lucerna encontrada en Montemayor), pero sin perder nunca su trasfondo mistérico e iniciático.

EL MOSAICO ROMANO DE FERNÁN-NÚÑEZ
EL CICLO DE LOS AMORES DE JÚPITER
Un ejemplo del arte romano inspirado en las divinidades griegas nos lo ofrecen distintos hallazgos arqueológicos que se han ido produciendo a lo largo del tiempo en el municipio de Fernán-Núñez, un territorio que como antes hemos anotado estuvo integrado, o formó parte, del ager o entorno rural de Ulia, o incluso de la propia ciudad ibero-romana, como señalamos en su momento. Los restos arqueológicos, tanto íberos como romanos, localizados en Fernán-Núñez y su término municipal han sido bastantes y constantes a lo largo del tiempo, al igual que en toda la zona de la Campiña. De entre ellos merece nombrarse la estatua del dios Atti (actualmente en el Museo Arqueológico de Córdoba) y sobre todo el mosaico encontrado en el siglo XIX en el yacimiento de Valdeconejos, y del que da testimonio el escritor, arqueólogo, bibliotecario y archivero D. Narciso J. de Liñán y Heredia en su artículo “Los Mosaicos de Fernán-Núñez” (1907), donde cita los trabajos del párroco y arqueólogo de la nombrada villa D. Antonio Jurado Moreno en pos de la conservación del patrimonio arqueológico descubierto por él mismo en lo que fue una mansión romana, mosaico que data del siglo III d.C. y hoy en día desaparecido (excepto la parte del mismo correspondiente al Rapto de Europa), siendo uno de los más grandes de la Hispania romana[4].

Se refiere particularmente a los restos de lo que fue un pavimento mosaico de 8,23 x 7,46 m. (60 metros cuadrados) dividido en nueve compartimentos (figs. 26-27), y en cuyas esquinas se representaban escenas de las cuatro estaciones (lo cual es muy común en los mosaicos romanos sobre todo en la parte oriental del Imperio), pero de las que sólo quedaban dos cuando fue descubierto, las correspondientes al Otoño y el Invierno (figs. 28).

En las diferentes secciones del mosaico todavía visibles aparecían distintas escenas mitológicas referidas, o en relación, con diferentes episodios mitológicos protagonizados por Zeus-Júpiter: el Rapto de Europa, Asopo, el dios fluvial, y su hija Egina, raptada también por Júpiter metamorfoseado en águila, o en fuego según otros autores como Ovidio. Por lo visto, y aunque no figura en las fotografías hechas tras su descubrimiento, también existía una representación del rapto de Antíope (hija de Nicteo, rey de Tebas) por Júpiter, metamorfoseado en sátiro.

De hecho, el de Fernán-Núñez es uno de los ocho mosaicos con representación de dioses-río, en el que además de Asopo, aparecen Aqueloo, Nilo, Éufrates, Orontes y Píramo. Si nos fijamos bien son todos ríos que provienen de Grecia, Egipto, Asia Menor y Cercano Oriente, es decir que las historias representadas son episodios que suceden en esas regiones orientales del mundo greco-romano.

Fig. 26. Esquema del pavimento mosaico de Fernán-Núñez con sus nueve compartimentos o espacios que lo albergaron. Extraído del artículo de Narciso J. de Liñán y Heredia. 

Fig. 27. Mosaico de Fernán-Núñez. S. III d.C. 

Fig. 28. El Otoño y el Invierno. 

El mosaico de Fernán-Núñez se inscribe dentro del llamado “Ciclo de los Amores de Júpiter”, es decir de las relaciones que, como otros dioses olímpicos, el Padre del Cielo mantuvo con los diferentes aspectos de la Diosa madre personificada en multitud de entidades femeninas humanas (p.ej. con la madre de Hércules, la reina Alcmena), del mundo intermediario (las ninfas y todos sus nombres, náyades, nereidas, oceánidas) y distintas diosas, como Mnemosine (la Memoria), dando lugar a una descendencia y genealogía mítico-espiritual que comprendida en clave simbólica desvela al hombre su propio universo interior y todo cuanto él es en tanto que microcosmos que refleja enteramente al macrocosmos. O sea toda la secuencia o proceso de la fecundación del alma por el espíritu.

Hay también una Historia arquetípica en esa mitología, que es inseparable de una Geografía igualmente significativa, en la que se desarrollan las aventuras y gestas de los dioses y los héroes civilizadores. Los amores de Júpiter hacia las hijas de los reyes (o de los dioses-río, símbolos de la fecundación, como es el caso precisamente de Asopo y su hija Egina), o hacia las ninfas (seres asociados con las aguas y los bosques, y asimismo con la iniciación a lo sagrado a través de la comprensión del orden sutil del Cosmos, según enseña Porfirio en El Antro de las Ninfas) tienen evidentemente un trasfondo civilizador, como el ciclo de “los amores de Mercurio y Herse” descritos entre otros por Ovidio, el cual se hace eco también de la leyenda griega en torno al primer rey ateniense, Cécrope, padre de Herse.[5]

En esa parte del mosaico donde aparece Asopo, su hija Egina y la madre de ésta la ninfa Metope (fig. 29), el primero se muestra de espaldas, apoyado en un cántaro del que emana agua, y tiene junto a él a su hija Egina. De los amores de Zeus con Egina nace Éaco, quien fue rey de la isla del mismo nombre de su madre, Egina. A la derecha aparece la ninfa Metope, madre de Egina, reclinada sobre el cuerno de la abundancia que escancia su contenido sobre un río, fertilizándolo, y con una rama toca una roca de la que emerge un árbol. Esta escena, relatada por Apolodoro y Diodoro de Sicilia, estaría indicando el momento de hacer brotar la fuente Pirene, situada en la ciudad de Corinto, a cambio de lo cual su rey Sísifo le revelaría a Asopo el paradero de Júpiter, el raptor de su hija.[6]


Fig. 29. En el recuadro de la izquierda el dios-río Asopo y su hija Egina. A la derecha la ninfa Metope, madre de Egina en el momento de tocar la roca de la fuente Pirene.

Fig. 30. El dios Eros con rayos jupiterinos en la mano derecha.

De entre estos mitos civilizadores es precisamente el rapto de Europa por Zeus-Júpiter (fig. 31) uno de los más conocidos y representados en la musivaria romana, y en él se va intercalando la Historia y la Geografía puesto que trata nada más y nada menos que del nacimiento de Europa como un continente que recibe una luz intelectual de su Oriente Cercano, y aquí incluimos no sólo a Grecia y Fenicia, sino a Egipto y Mesopotamia fundamentalmente. ¡Ex Oriente Lux! (“del Oriente la Luz”), exclamaban los romanos a la salida del sol. Recordemos que la palabra Europa tiene un parentesco etimológico con euroeis, “sombrío”, es decir el lugar del ocaso del sol, Occidente. El Padre de los dioses rapta a Europa en Oriente y la conduce hacia Occidente, y esto tiene también una explicación de carácter cíclico que estaría relacionado con el “desplazamiento histórico de las civilizaciones”, que no es el caso desarrollar aquí sino tan sólo señalarlo. En su viaje por el mar Zeus y la princesa fenicia recalan en Creta, y allí, fruto de su amor, tienen varios hijos, entre ellos a Radamantis y Minos, ambos legendarios reyes de Creta y fundadores por tanto de la civilización minoico-cretense, una de las raíces culturales de Europa. Precisamente, un hermano de Europa, Cadmo (rey de Canaán), se dirige a la región griega de Beocia y allí funda la ciudad de Tebas, otro caso más de que en sus historias míticas el mundo griego y heleno en general, el de tierra firme y el de las islas del Egeo, reconoce que gran parte de su civilización procede del Cercano Oriente.

Esos amores y sus frutos carnales entre los dioses y las hijas de los hombres, tan presentes en los mitos de muchos pueblos de la tierra (hasta en la Biblia, Génesis 6-2), generan una estirpe de reyes y héroes que serán los encargados de llevar la civilización y la cultura allí donde éstas no existían o bien habían entrado en franco proceso de decadencia. Este es, a nuestro entender, el mensaje que subyace en estos mitos, y en el mito en general, palabra que no olvidemos está relacionada, paradójicamente, con el “misterio” y el “silencio”, y que nos explica la esencia de los acontecimientos, su sentido profundo, es decir el vínculo de éstos con las ideas arquetípicas de las que emanan, mientras que el relato histórico se encarga de describirlos simbólicamente en el devenir del tiempo. A este respecto, y junto al relato histórico y geográfico, y entretejido con él, siempre está presente la idea de que con ese mito, el rapto de Europa, se está representado simbólicamente el viaje interior del alma (ejemplificado por la princesa fenicia, identificada también con la diosa Astarté) a través de la hierogamia, o casamiento, con el Espíritu, es decir con Zeus-Júpiter.

Fig. 31. Rapto de Europa por Zeus metamorfoseado en toro, del mosaico de Fernán-Núñez.
Museo Arqueológico Nacional. Madrid.

En su Diccionario antes citado, Federico González habla precisamente de los diversos sentidos del “rapto”, y en relación con lo que estamos diciendo entresacamos los siguientes fragmentos:
Las preguntas del aprendiz al Conocimiento son múltiples, indefinidas y nos ayudan a ir descorriendo cortinas, desentrañar cosas, observar el poder de lo pequeño e ir conociendo temas que nos amplían el horizonte, que nos van despertando y aclarando nuestro camino mediante chispas, o iluminaciones en el viaje del alma. (…)
Incluso la voz rapto es usada como sinónimo de enamoramiento o pasión amorosa, por lo que puede advertirse que estos ejemplos recuerdan estados de la conciencia donde se perciben cosas que no son ordinarias y alteran el ritmo, la dinámica, el tedio de nuestros días. Y eso se debe a la ruptura de nivel que prodigan estos símbolos acerca del más allá cualquiera que sea el grado o la condición que suponen estos acercamientos a una realidad otra inscrita dentro de la vida que llevamos, o mejor padecemos. (…)
La mitología grecorromana es pródiga en raptos diversos, así el de Europa, Ganimedes y nada menos que Perséfone, e igualmente Ereshkigal en la mitología sumeria.
En las distintas epopeyas, en los mitos transmitidos por la poética evocadora de Homero (que recoge antiquísima memoria), en los Himnos Órficos, en los textos de Hesíodo, en la obra de Platón, en la de los romanos Cicerón, Virgilio, Ovidio y Séneca o bien en las crónicas de los historiadores, mitógrafos y geógrafos como Heródoto, Pausanias, Diodoro Sículo, Apolonio de Rodas, Estrabón, Apolodoro, Plutarco, Macrobio, etc., etc., todos ellos, entre muchos otros, alimentan una tradición filosófica, literaria e iconográfica que en un principio se extiende por todo el Mediterráneo y Cercano Oriente, pero que con el tiempo llega hasta el Renacimiento, propagándose por toda Europa y a partir de un momento dado por la América Latina.

El tema representado en los mosaicos de Fernán-Núñez forma parte de una iconografía simbólica que se plasma también en lucernas, pinturas, bronces, terracotas, cerámicas y monedas no sólo de la Bética (Itálica, Córdoba, Écija, Cástulo, Andújar,) y del resto de Hispania (Mérida, Menorca, Ibiza, Cartago Nova, Bilbilis, Caesaraugusta, la portuguesa Coimbra) sino de otros lugares del Imperio, y que tienen a Zeus-Júpiter como deidad olímpica principal, pero no única, pues en el caso concreto de Fernán-Núñez (al menos en lo que todavía se conservaba en el momento de su descubrimiento) también aparece, en el cuadrado central, quien posiblemente sea Helios/Zeus, o Helios/Dionisos (fig. 32) según algunos investigadores:
En el cuadrado central aparece un joven nimbado, que según D. Fernández-Galiano podría ser representación de Helios/Zeus, reflejando la teología estoica de época helenística que consideraba a Helios como el equivalente de Zeus, acompañado de dos figuras alegóricas identificadas por inscripciones en griego como el Otoño y el Invierno. La comparación con el mosaico de Palermo lleva asimismo a una identificación de Helios/Dionysos, tal como se le llama en la doctrina órfica (Macrobio, Saturnales, I 18, 18), donde ambos dioses se asimilan: “...Oh luminoso Zeus Dionysos, padre del mar, padre de la tierra, Sol creador de todas las cosas...” (Macr. Saturn. I 23, 22).[7]

Fig. 32. Parte de la escena central del mosaico de Fernán-Núñez.

Los temas de este mosaico guardarían seguramente relación con todas esas asimilaciones entre las deidades representadas en él, y que formaban parte de la filosofía estoica (tan arraigada en Hispania), ella misma heredera también del gran legado mitológico, mistérico y filosófico de la Grecia antigua. Las inscripciones en griego y no en latín revelan una influencia oriental en quienes elaboraron el mosaico de Fernán-Núñez, y según esos mismos investigadores responden a un prototipo de los años 330-320 a.C., o sea anteriores a la llegada de Roma a Hispania.

Esto nos permite entender un poco mejor el ámbito cultural de los hispano-romanos de la Bética, y en este caso concreto de los que vivían en el entorno de Ulia y en la zona de la Campiña, o sea el imaginario simbólico que les proveía una tradición, la romana, pero también la griega, es decir greco-romana en el sentido amplio del término, en la que ellos estaban plenamente integrados. (Continuará).

NOTAS
[1] Acerca de este dios dice Plutarco en Isis y Osiris: “No hay que imaginar que Harpócrates sea un dios imperfecto en estado de infancia ni grano que germina. Mejor le sienta considerarlo como aquel que rectifica y corrige las opiniones irreflexivas, imperfectas y parciales tan extendidas entre los hombres en lo que concierne a los dioses. Por eso, y como símbolo de discreción y silencio, aplica ese dios el dedo a sus labios”.

[2] Recordemos que según el mito en Delos nació Apolo y su hermana Artemisa.

[3] Sóter quiere decir “Salvador”, y esto fue en realidad este primer rey macedonio sucesor de Alejandro Magno en Egipto, un salvador de la antigua sabiduría egipcia conservando a sus deidades principales: Osiris, Isis, Horus, Anubis y Thot, realizando una síntesis con sus paredros griegos, labor que encomendó al sacerdote e historiador egipcio Manetón y el griego Timoteo, sacerdote de Eleusis.

[4] Hemos tenido noticia de este autor gracias al libro antes mencionado El Municipio Romano de Ulia, de Mª Luisa Cortijo Cerezo, donde dicha autora hace un pormenorizado estudio de la historia de la ciudad ibero-romana.

[5] Ver a este respecto el cap. XXI de Viaje Mágico-Hermético a Andros. Una Aventura Intelectual, de Mª Ángeles Díaz. Ed. Symbolos, 2014.

[6] Por ese hecho Sísifo fue condenado por Júpiter a subir perpetuamente una roca a la cima de la montaña.

[7] “El mito de Europa en los mosaicos hispano-romanos”. G. López Monteagudo y M. P. San Nicolás Pedraz.