Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer también una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)


viernes, 21 de abril de 2017

Tartesos, la Ciudad de Ulia...



Introducción. Un germen de la Historia de España

Los capítulos que componen este libro, Tartesos, la Ciudad de Ulia, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores, formaron parte en su momento de diversas conferencias impartidas en el año 2015 en distintos lugares de la
provincia de Córdoba, si bien para esta edición he ampliado ciertas ideas con el
fin de completar determinadas cuestiones relativas a los temas tratados. Pero
sobre todo he añadido un capítulo, el primero, que trata sobre Tartesos, un
tema al que apenas hice referencia en dichas conferencias y que he considerado
que merecía ser tratado con más amplitud, teniendo en cuenta que estamos ante
una de las civilizaciones más antiguas de Europa, y que surgió aquí, en España,
lo cual ha sido un estímulo más para acercarme a ella, y descubrir algunos de
sus tesoros, siempre relacionados con su concepción del mundo. Tartesos,
como Troya y otros lugares de la geografía europea y mediterránea, forma
parte de nuestro imaginario cultural y reverbera como un eco en la memoria de
Occidente.

Hemos de decir que este trabajo es el fruto de una investigación que pretende
ser mucho más amplia, y que en realidad se inició hace bastantes años atraído
por el trasfondo mítico y legendario que para el autor siempre ha tenido la
Historia y la Geografía del Sur peninsular, que llevó en tiempos pretéritos el
nombre de la Bética, y antes el de Turdetania, y más allá aún el de Tartesos,
una civilización que desaparece como tal en el siglo VI a.C., precisamente en
una época donde se encuentran una de esas “barreras de la historia” que
señalan un antes y un después en la percepción cualitativa que el hombre tiene
del tiempo.

Para tener una “imagen” lo más aproximada posible a la realidad de lo que fue
Tartesos, debemos recurrir a los fragmentos que su cultura nos ha dejado, sobre
todo a través de las distintas expresiones de sus artes y artesanías, de su
arquitectura, de sus símbolos principales en torno a los cuales construyeron su
cosmogonía y también de las crónicas y relatos de los geógrafos, viajeros e
historiadores antiguos, más cercanos a Tartesos que nosotros evidentemente, y
que recogieron también ciertos mitos que explican aspectos fundamentales de
su teogonía y de su visión sagrada de la existencia.

Mapa de la Bética ptolemaico

Pero todo esto, a nuestro entender, hay que saber interpretarlo a la luz de la
Filosofía Perenne, que es lo que nosotros hemos intentado hacer aquí, y que
consideramos un requisito necesario para superar ciertos condicionamientos
psicológicos que nos impiden acercarnos a Tartesos como una parte
constitutiva de nuestra propia identidad cultural.

No superar esos condicionamientos, nacidos del excesivo racionalismo de
nuestra época, resulta un verdadero impedimento cuando tenemos que
acercarnos a la esencia de las antiguas culturas y civilizaciones, que nos atraen
no por el simple hecho de pertenecer al pasado más o menos remoto, sino
porque ellas nos transmiten una enseñanza que es mucho más importante que
la simple información “arqueológica” sin más; a través de sus vestigios ellas
nos entregan su concepción del mundo, como hemos dicho, estructurada de
acuerdo a un orden invariable sustentado en la armonía entre el Cielo y la
Tierra, una Cosmovisión que se va haciendo en nosotros en la medida en que la
vamos comprendiendo, y que nuestras sociedades modernas desgraciadamente
han olvidado pero que siempre se puede recuperar pues no está realmente
perdida la posibilidad de su conocimiento. Las “barreras de la historia” son
sobre todo “barreras mentales”.

Lo que aquí se expone empezó a tomar forma cuando en Junio y Octubre de
2011 visité con Federico González Frías ciertos lugares de la tierra andaluza,
como Cádiz, Jerez, el Puerto de Santa María, Sevilla, Málaga, Córdoba y su
provincia, concretamente la Campiña, a la que estoy unido por lazos familiares.
La idea fue madurando a medida que ordenaba las notas recogidas durante
aquellos viajes, nutridas también con las conversaciones mantenidas al
respecto con Federico, mi guía intelectual, y autor de una importante obra
metafísica que abarca los grandes temas de la Simbólica Universal, la
Cosmogonía Perenne y la Tradición Hermética. También quiero resaltar el
interés mostrado por Federico hacia la Arqueología y la Numismática como
ciencias auxiliares de la Historia, un interés que ciertamente él supo despertar
en mí, y que también están presentes en estas páginas.


Moneda con la efigie de Hispan

Por motivos que hay que atribuir al azar (que “es hermoso” al decir de Platón)
la génesis del libro comenzó precisamente con la visita al Museo Arqueológico
de Ulia cuando este todavía no estaba ubicado en su sede actual sino en una de
las dependencias anejas a la iglesia de Montemayor. De aquel modestísimo
museo nació el actual, con todas las características de un museo arqueológico,
que va ampliando poco a poco sus fondos. Es un museo lo suficientemente
representativo de las diversas culturas que han ido dejando aquí sus huellas.
Efectivamente, el museo de Ulia ha sido como una puerta de entrada no sólo a
ese fecundo período civilizador que se dio en la Bética romana (y al papel
determinante jugado por Julio César en ella, el cual destacamos), receptora
asimismo de las distintas corrientes filosóficas y mistéricas venidas de las
distintas partes del Imperio (algunas de las cuales abordamos someramente al
referirnos a la Lucerna de Harpócrates-Isis-Anubis encontrada en Montemayor,
o al mosaico perteneciente al ciclo de los “Amores de Júpiter” hallado en la
vecina localidad de Fernán-Núñez, por no hablar de las innumerables piezas
arqueológicas que periódicamente aparecen en los muchos yacimientos de
Andalucía), sino también a todas aquellas culturas que forjaron la España
Antigua, precristiana y prerromana, y que han continuado perviviendo en la
memoria colectiva (por ejemplo en ciertas formas del folclore, que no
“folclorismo”) de las distintas regiones peninsulares.


Rapto de Europa. Mosaico de Fernán Núñez

He de decir que el punto de vista sobre la Historia que aquí expresamos se
fundamenta en la Vía Simbólica y sus códigos de conocimiento, en tanto que
vehículos de la realidad metafísica, que son los que al fin y al cabo explican el
acontecer de la vida humana como ejes vertebradores de la misma, pues de las
ideas y principios emanados de esa realidad, entre ellos el modelo cósmico, es
decir la cosmogonía, se han derivado todas las artes, las ciencias y el
pensamiento de las distintas culturas y tradiciones de la tierra desde tiempo
inmemorial.

Y desde ese mismo punto de vista también hemos abordado el Señorío de
Montemayor y el Castillo Ducal de Frías, castillo-fortaleza que corona dicho
municipio singularizándolo en el vasto territorio de la Campiña. Hablamos
concretamente de dos de las familias nobiliarias más importantes de España,
ligadas a Montemayor desde antiguo y que también establecieron entre sí lazos
de consanguinidad a partir de un momento dado; nos referimos a los Fernández
de Córdoba y a los Fernández de Velasco, siendo estos últimos durante varias
generaciones los Condestables de Castilla, y asimismo titulares del Ducado de
Frías desde que éste fue creado por los Reyes Católicos a finales del siglo XV. (1)

La diosa Concordia. Moneda romana

De estas dos Casas nos han interesado sobre todo sus linajes históricos y sus
mitos fundadores, algunos de los cuales se remontan al tiempo de los godos, e
incluso de los romanos y más allá todavía, como es el caso de los Velasco,
originarios de la Bardulia, o Vardulia (que más tarde se llamará Castilla)
antiquísimo territorio que comprendió lo que hoy es Cantabria, Burgos y parte
de la tierra vasca. Nos hemos centrado especialmente en algunos de los
miembros más representativos de estas Casas (empezando con esa rama de los
Fernández de Córdoba que se instaló en Montemayor y seguidamente con los
Duques de Frías), por estar muy estrechamente vinculadas a los distintos reyes
castellanos, y de España cuando ésta se constituye definitivamente como
entidad política. He podido comprobar la existencia de un “compromiso” de
fidelidad entre los miembros y titulares de estas Casas hacia los valores
intangibles que han presidido la construcción de esa entidad, que no olvidemos
se produce durante el primer Renacimiento, es decir en pleno auge de las
utopías políticas y espirituales, coincidiendo con la era de los descubrimientos
geográficos, que fueron también descubrimientos que afectarían a la
percepción y concepción que de la Historia tenía hasta ese momento el hombre
europeo.

Somos conscientes de que la naturaleza humana está hecha de claroscuros, y en
consecuencia también la Historia, pero sabemos igualmente que existe una
jerarquía entre la luz y la oscuridad, y los periodos álgidos de una cultura
aparecen cuando esa diferencia cualitativa está perfectamente definida en las
acciones y reacciones de quienes son sus protagonistas. La extensa historia
peninsular, que por momentos se hizo universal, ha conocido épocas muy
densas y oscuras, pero también de un fulgor extraordinario y mucho más
poderoso, y ello, estamos convencidos, ha sido posible por haberse engendrado
una nobleza (no toda evidentemente) que ha encontrado en su raíz genealógica
unos principios muy superiores a sus puros intereses particulares, principios
ligados con una tradición secular transmitida y recibida de forma
ininterrumpida a lo largo de los siglos, y que en muchos casos han sido los
modelos que han presidido y aplicado en sus pensamientos y acciones.
Por otro lado, siempre es complejo adentrarse en el ámbito de la nobleza y la
aristocracia, y se necesita de un hilo conductor para no perderse en su
anecdotario y sus excesos, e ir a lo esencial, a lo que ellas realmente pueden
aportarnos para conocer la Historia desde el núcleo mismo donde ha sido
forjada. Por eso mismo, y para un mejor conocimiento del “ser” de esta
nobleza castellana y andaluza, hemos acudido a otra disciplina auxiliar de la
Historia como es la ciencia y el arte de la Heráldica, muy presente tanto en los
Fernández de Córdoba como en los Duques de Frías. La heráldica ha sido
llamada la “ciencia heroica”, cuyo lenguaje hermético está articulado
igualmente por códigos simbólicos muy esclarecedores.

Escudo Nobiliario de la Casa de Frías

Asimismo, al final del libro, he añadido dos Apéndices que tampoco surgieron
de manera premeditada, pero que he considerado que tenían cabida, y sentido,
incorporarlos, teniendo en cuenta que están estrechamente relacionados con la
Historia de España, que es al fin y al cabo de lo que tratamos, aunque no de
una manera convencional, o al uso.

Hemos tenido la sensación de estar viajando por el interior de esa Historia, que
por momentos ha sido “intrahistoria”; y además con la certeza de que ella está
comprendida dentro de un ciclo mayor, que es el de Occidente, considerado
como una “unidad en la diversidad”. Unidad que se expresa a través de toda
una constelación de símbolos, ritos y mitos que se reconocen entre sí
conformando la imagen de un Todo. Es esto, pese a las diferencias que
pudieran haber existido entre unas y otras, lo que ha permitido que haya habido
esa continuidad y recíproca influencia entre las diferentes culturas y
civilizaciones surgidas en la cuenca mediterránea: desde Egipto y Grecia
(incluida Creta), pasando por Fenicia, Etruria y finalmente Roma como gran
receptora de todo esa herencia y que a través del Imperio establece también su
unidad política, de la que Europa surge al mismo tiempo que recibe la impronta
de la tradición judeo-cristiana. (2)

En este sentido, y aludiendo de nuevo a la “intrahistoria”, podemos ampliar
aún más la imagen de ese todo cultural de Occidente si incluimos en él a
Tartesos, contemporánea de algunas de esas grandes civilizaciones antes nombradas,
y esto situaría a la antigua Iberia en un contexto que ya no es sólo
mediterráneo, sino también atlántico, conectándose a través de él, vía Tartesos
precisamente, con la mítica civilización atlante, de la que Egipto y otras se
consideran también herederas. En realidad este es uno de los motivos
principales por los que hemos tratado de Tartesos, como un eslabón perdido
que, una vez encontrado, nos acercan un poco más a nuestro origen.
Apenas hablamos de la civilización islámica, a pesar de su larga presencia en
suelo peninsular. Consideramos que aunque en algunos aspectos de su cultura
ella es también receptora de toda esa herencia, sin embargo su devenir
histórico le ha impedido sentirse plenamente integrada en la cultura occidental,
oponiéndose a ella en determinados momentos. (3)

En una concepción de la Historia que no es simplemente lineal, sino cíclica,
estamos convencidos de que existe un hilo de continuidad que enlaza los
distintos ciclos históricos acaecidos en un mismo espacio geográfico, sobre
todo cuando esos periodos corresponden a civilizaciones que en lo fundamental
participan de una misma identidad cultural, como es el caso que nos ocupa. Y
como la parte refleja el todo, también los distintos ciclos históricos acaecidos
en la Bética se corresponden con los de la ecúmene mediterránea, incluida la
egipcia y la cretense. (4)

Destacar esa permanencia cultural en el tiempo es una de
las cuestiones que más nos ha interesado poner de relieve en este pequeño
ensayo. Y existe esa permanencia entre la Ulia ibero-romana y la Montemayor
de los Fernández de Córdoba y la Casa Ducal Frías, gracias precisamente a la
herencia romana, inseparable de la griega y del helenismo alejandrino, y que
desde luego se proyectan en la civilización cristiana, o judeo-cristiana, pasando
a formar parte constitutiva de ella para siempre.


Máscara de Baco. Museo de Ulia. Montemayor

No exageramos si decimos que la Historia de España, y en este caso concreto
la de Andalucía, sintetiza perfectamente todo ese cosmos cultural, y esto es lo
que hemos intentado reflejar también a través de estos viajes, y las reflexiones
que han surgido de ellos, que es posible podamos desarrollar algún día con
mayor amplitud.

Como podemos ver es mucho lo que podría decirse de todo esto, por eso
hablamos de que este estudio es en realidad un “germen” de la Historia de
España, que ha comenzado, y sin saber muy bien por qué, con los linajes de los
Fernández de Córdoba y la Casa Ducal de Frías, titulares en distintos
momentos del Castillo de Montemayor, donde antaño estuvo ubicada la ciudad
de Ulia.

Todos los viajes lo son por la memoria, ligada con el tiempo y también con el
espacio, pues la historia va íntimamente unida a la geografía y con el medio
vital donde las culturas pretéritas han vivido y coexistido entre sí. Por eso
mismo, nuestro interés por la Antigüedad, en este caso de Occidente, y lo que
ella significa, supera con mucho el mero horizonte “histórico”. Para nosotros
esa Antigüedad está viva. No es sinónimo de vetustez sino todo lo contrario: es
un estado de la conciencia donde habitamos conjuntamente con los ancestros y
con los orígenes de nuestra cultura, en la que con seguridad encontraremos un
vehículo simbólico para lograr la identidad con nuestro ser verdadero, y que en
algún momento quedó atrapada, o perdida, entre los meandros del río del
olvido.

En la memoria de quien esto escribe, ese viaje por el Sur aparece ahora como
un hito en su transcurrir por la rueda de la vida, como una coyuntura favorable
que quieran los “hados del destino” pueda conducirle a ese lugar o espacio del
alma a partir del cual, como diría Federico González, todo está por descubrir.
Un lugar que es una tierra, o isla, ignota, transfigurada en su virginidad
primigenia, y de alguna manera presentida desde siempre. Saber que todo lo
anteriormente experimentado y conocido ha sido en realidad una preparación
para emprender otro tipo de viaje que internamente se vive como de
permanente apertura hacia lo vertical, pues no hay otra manera de salir del
laberinto. De lo particular a lo universal, vivenciando en el alma los distintos
estados del “Ser del tiempo”.


Notas

(1) Para nuestras investigaciones es de destacar también el Archivo de esta Casal Ducal de Frías, ubicado actualmente en el Archivo Histórico de la Nobleza Española en Toledo. Concretamente, el Archivo de Frías es uno de los más voluminosos que existen, y desde luego es una fuente de información no sólo sobre esta Casa nobiliaria sino sobre la misma historia de España. Nos hemos dado cuenta de la importancia de los Archivos Históricos, que en sí mismos constituyen un conjunto unitario. Ellos nos brindan la posibilidad de una investigación documental, pero también “guardan” o “conservan” otro tipo de memoria que nos hace comprender mejor cómo se fue gestando la Historia en relación con las ideas-fuerza que la han generado en todo momento. Se da la circunstancia de que el Archivo de Frías estuvo en las dependencias del castillo de Montemayor hasta que en 1987 pasó en su mayor parte al Archivo Histórico de la Nobleza. Por lo visto esta fue una decisión que no gustó para nada a los habitantes de Montemayor, que ofrecieron resistencia a su traslado, lo que da la medida de hasta qué punto lo consideraban parte muy querida de su patrimonio cultural.
 (2) Ver nuestro artículo aparecido en la revista Symbolos Nº 31-32 (también en versión telemática): “La influencia de Hermes en Barcelona y el Mediterráneo”.
(3) Esto no quiere decir que un estudio que trate de la Historia de España en su conjunto no contemple a esta civilización, lo cual sería un absurdo completo. Nosotros nos estamos refiriendo en este momento a las civilizaciones que comprenden el Occidente cultural, y en éste desde luego la presencia y la influencia de la civilización judeo-cristiana ha sido mucho más amplia y profunda que la de la civilización islámica. Ésta, ciertamente, y en un momento dado de la Edad Media que podemos situar en los siglos XII y XIII, fue un puente por donde pasaron a Europa los conocimientos de los griegos referentes a las ciencias y la filosofía de Aristóteles, no así la de Platón y los neoplatónicos, que sí estuvo presente en la metafísica y la cosmogonía del sufismo, es decir en la vertiente esotérica o iniciática de esa tradición. Asimismo entre el islam persa o iranio. Precisamente uno de los más grandes representantes de la metafísica sufí no fue otro que un gran platónico, Ibn Arabí, nacido en Murcia aunque vivió durante los años de su juventud y de instrucción en Andalucía. Tuvo que abandonar la península tras la invasión almohade, que traían consigo la versión rigorista del Islam.
(4) Esto lo confirma la arqueología, además de los relatos mitológicos e históricos. En el caso concreto de la cultura cretense el “culto al toro” que la distingue, quedó impreso en Tartesos (los toros de Gerión) y posteriormente en la Bética, llegando hasta nuestros días.


Eros de Cástulo. Jaén



Pequeña joya hallada en el yacimiento de la ciudad ibera de Cástulo. Linares-Jaén

Dejo aquí esta bella y simbólica imagen del arte ibero donde se ve a Eros que desde el suelo parece dirigir con su varita los trinos de un pájaro que está posado en la 
rama de un árbol.
Una escalera al otro lado del mismo te lleva a preguntarte:
¿Por qué esa escalera cuando ambos tienen alas?
Es, como en otros casos donde aparecen escaleras asociadas a seres alados, una invitación al hombre que ve la escena a que ascienda los peldaños 
y se integre en la escena.

Seguiremos hablando de Cástulo...

La Ciudad de Ulía en el contexto de la Bética Romana. Una Idea de Civili...

sábado, 25 de junio de 2016

“Cerrillo Blanco” desde la perspectiva del Símbolo y la Geografía Sagrada (I)

“Cerrillo Blanco”, perteneciente al término municipal de Porcuna (Jaén), es sin duda alguna uno de los lugares sagrados de la antigua Hispania. No sólo fue una necrópolis íbero-túrdula, sino de otras culturas anteriores como la tartésica y la megalítica, o sea muy anteriores a nuestra era en cientos de años e incluso milenios, existiendo entre todas ellas un hilo de continuidad que nunca se interrumpiría hasta que la propia cultura íbera desapareció con el asentamiento definitivo de Roma en todo el territorio peninsular.

En efecto, en “Cerrillo Blanco” se certifica ese “parentesco” entre culturas que, siendo diferentes, sin embargo se fueron transmitiendo entre sí los elementos fundamentales de su Cosmogonía, de ahí que en su necrópolis estén representadas todas ellas, como si efectivamente este monte tuviese en cada una de esas culturas la misma significación simbólica y mítica ligada a unos ancestros originarios. Esta simple observación bastaría para resolver algunas cuestiones que se han planteado acerca de si los íberos fueron descendientes o no de los tartesios, y éstos de la cultura megalítica más antigua, aunque en un momento de la Historia ambas, la tartesia y la megalítica, quizá fueron una sola, como algunos investigadores han sugerido basándose en la arqueología y los testimonios de los historiadores y geógrafos antiguos.

La cultura íbera fue la última manifestación de las civilizaciones “nativas”, es decir originarias de Hispania, y esto le otorga una singularidad que debe tenerse en cuenta en cualquier estudio que se haga sobre dicha cultura, incluso desde el punto de vista de la investigación Simbólica, que es el nuestro.
Centrándonos en “Cerrillo Blanco”, lo primero que nos llama la atención es su propio nombre: un monte blanco, el más alto de la zona con esta característica geológica, su blancura matizada con un suave tono dorado, lo que nos hace pensar que en su elección como necrópolis (un “campo santo” en realidad) fue esta característica la que se tuvo en cuenta sobre todo (figs. 1 y 2).

Fig. 1. "Cerrillo Blanco". Vista general con las excavaciones de las tumbas.


Fig. 2. Detalle de "Cerrillo Blanco" con los restos de un muro.


Fig. 3. Piedra horadada.

En todas las culturas tradicionales el color blanco, referido en este caso a los lugares y accidentes geográficos,[1] como las montañas, cerros o islas, siempre ha tenido una especial relevancia al estar relacionado este color con los centros sagrados o espirituales. Las “montañas blancas” son imágenes simbólicas de la Montaña Primordial, o Polar (caso del Meru en la India) como lo son también las islas descritas con ese mismo color (la Aztlan –“Isla blanca”- de los aztecas), etc.

Por tanto, ellas forman parte constitutiva y esencial de la Geografía Sagrada, una ciencia muy antigua que estudia el espacio terrestre en relación con las energías cósmicas y telúricas, las que imprimen igualmente su “grafía” en el paisaje, tornándolo de este modo significativo y por tanto simbólico. A esto se refiere Federico González Frías cuando habla de que estos accidentes geográficos siempre “están emparentados con modalidades de lo sagrado”.[2]

En estas montañas e islas axiales habitan los antepasados bienaventurados, y en este sentido es relevante que “Cerrillo Blanco” sea precisamente una necrópolis donde reposaban los antepasados de los íberos de esa región del sur de España, es decir los tartesios y la cultura megalítica como antes hemos mencionado.

Las tumbas que se han encontrado en la cima del Cerro son en número de 25, correspondiéndose la primera de ellas a la tumba en forma de dolmen (fig. 4) donde reposaba la pareja de los antepasados primordiales, es decir los que fundaron el linaje de la cultura megalítica que allí existió, seguramente de un rey y de una reina, pues lejos de lo que suele pensarse habitualmente estos antiquísimos pobladores del sur peninsular ya habían conformado civilizaciones perfectamente jerarquizadas y organizadas en ciudades y reinos. Se da la particularidad de que esa primera tumba se encuentra separada de las tumbas tartesias, como si estos últimos buscaran conscientemente respetar el espacio sacro de los que sin duda consideraban también sus antepasados.

Fig. 4. Dolmen donde reposaban los ancestros primordiales.

Las tumbas tartésicas de “Cerrillo Blanco” no se corresponden con un número indeterminado sino que por alguna razón se quiso que éstas estuvieran repartidas según unos módulos numéricos precisos: 9 de ellas eran de varones, 9 de mujeres y 6 de infantes (9+9+6=24), números todos ellos relacionados precisamente con la división geométrica y cíclica del círculo, un símbolo de la perfección y de la “totalidad”, y estamos convencidos que no fue por casualidad que se eligiera esa notación, pues nada hubo de casual en las tradiciones antiguas cuando se quería significar hechos relacionados con los ritos sagrados, y qué duda cabe que los ritos funerarios, junto a los ritos iniciáticos, se consideraban entre los más sagrados en una civilización tradicional. 

Fig. 5. Maqueta donde se ve la disposición de las 25 tumbas de "Cerrillo Blanco". En primer plano (figura redonda) la tumba dolménica de la pareja que dio origen al linaje.

De esas 25 tumbas, 19 ó 20 están dispuestas en la dirección Este-Oeste (incluido el dolmen de la pareja de los antepasados), es decir orientadas hacia la salida del Sol, y el resto al Noreste, privilegiando así claramente la luz solar en el momento de su nacimiento diario, lo cual no deja de ser igualmente significativo desde el punto de vista simbólico, ya que con ello se está señalando la idea de que el difunto, en el interior de la tierra, recibía también una “iluminación” (en este caso del “sol espiritual”, del cual el sol físico es su representación sensible), iluminación relacionada con su viaje de ultratumba al país de los ancestros, o morada de inmortalidad, también llamada la “Ciudad celeste”.

Es muy relevante en este sentido que todas las tumbas estén comprendidas dentro de un círculo de piedras (arriba fig. 5) que es el único referente que queda de lo que fue sin duda alguna un túmulo (de un diámetro aproximado de 20 metros), construcción que era frecuente entre las culturas del Neolítico y las comprendidas entre el tercer y el primer milenio a.C., que son precisamente los pueblos que habitaron en la que posteriormente sería la capital de los íbero-túrdulos: Ipolka, o Ibolka, la actual Porcuna. (Fig. 6).

Fig. 6. Vista de la ciudad de Porcuna desde "Cerrillo Blanco".

Es sabido que el túmulo es un montículo de tierra que recubre una o más tumbas. En el caso de “Cerrillo Blanco” se trataba como estamos viendo de un túmulo que albergaba varias de ellas. Estamos hablando pues de un montículo construido encima de una colina, lo cual refuerza aún más la idea de que nos encontramos en un lugar muy especial desde el punto de vista de la geografía simbólica, donde al añadirle dicha construcción se quiso subrayar su axialidad, remarcando el carácter sagrado del mismo, y sugiriendo que los allí enterrados pertenecían efectivamente a los ancestros más antiguos del linaje tanto tartésico como megalítico, reposando todos ellos bajo la “bóveda celeste”, simbolizada por la cúpula del túmulo (figs. 7 y 8).

Esto explicaría también que las esculturas de “Cerrillo Blanco”, consideradas como la expresión más refinada del arte ibérico en su plena creatividad y actualmente en el Museo de Jaén (un ejemplo de las cuales es la fig. 9, y de las que trataremos en la siguiente entrega), fuesen “enterradas” allí mismo, aunque no dentro del túmulo sino junto a él, guardando así un respeto sacro hacia esos mismos ancestros.

Fig. 7. Gráfico de la maqueta del túmulo de "Cerrillo Blanco". 
Extraído del blog del Museo de Porcuna.


Fig. 8. Se puede apreciar, en primer término, la ubicación que tuvieron las famosas esculturas ibéricas de "Cerrillo Blanco" halladas junto al perímetro exterior del recinto tumular, que se ha representado en forma de cúpula transparente para poder apreciar mejor su interior.

Fig. 9. Toro sedente de "Cerrillo Blanco". Museo de Jaén.

Así pues, el túmulo de “Cerrillo Blanco” era la imagen simbólica perfecta de la “colina primigenia”, también concebida en las distintas cosmogonías como la “isla” que emergió del océano primordial, siendo por tanto la primera tierra como proyección de la tierra polar celeste. Es decir el “centro del mundo”, en este caso para la cultura, o culturas, que en aquellos paisajes jienenses desarrollaron toda su existencia dejándonos tan extraordinario legado, el que apenas si estamos empezando a desentrañar. (Continuará).

Notas
[1] También hay ciudades y países que llevan la palabra blanco incorporada en su nombre: Alba Longa (ciudad del Lacio fundada por Ascanio, o Iulio, hijo de Eneas), Argos (blanco, o luminoso, en griego), ciudad de la región de la Argólida. También Albión, nombre antiguo de Inglaterra, etc. 

[2] Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos: entrada “Geografía Sagrada”.

*Todas las fotos, excepto las correspondientes a las figs. 7 y 9, han sido hechas por el autor.