Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer también una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)


domingo, 8 de diciembre de 2019

LA 'INVENCIBLE GENERALA' UN HECHO MÍTICO Y SIMBÓLICO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA. Francisco Ariza

Este artículo pertenece al Apéndice I de nuestro libro Tartesos, la Ciudad de Ulía, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores.


Fig. 1. Talla medieval de la Virgen de Linares en su Santuario coronada como Virgen Reina. Con algunas restauraciones, esta es la imagen que llevaba Fernando III en la reconquista de Córdoba (foto autor).

I
Mientras estábamos enfrascados en nuestro estudio sobre los temas que conforman nuestro libro Tartesos, la Ciudad de Ulía, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores, tuvimos la oportunidad de visitar el santuario de la Virgen de Linares, situado en una antigua atalaya árabe y ubicado en la Sierra de Córdoba a pocos kms. de la ciudad, en la carretera que une a esta con Badajoz. Precisamente fue el mismo día en que conocimos también otro santuario, en este caso precristiano; nos referimos al santuario tartésico de Cancho Roano, al que mencionamos en el primer capítulo, y que está ubicado en esa misma provincia extremeña. O sea que para ir a Cancho Roano desde Córdoba se tiene que pasar necesariamente por la zona donde está el santuario de la Virgen de Linares, y esa oportunidad, la de visitar el mismo día un monumento tartésico y otro cristiano, no la podíamos dejar pasar de ninguna manera, pues estamos hablando de dos lugares que forman parte de la Historia y la Geografía simbólica de España.
Pero lo que no sabíamos en ese momento es que este libro comenzaría con un capítulo sobre Tartesos y terminaría con un Apéndice tratando precisamente de ciertos mitos y hechos históricos relativos a la Virgen de Linares, al que hemos añadido un segundo sobre el mito del Apóstol Santiago, como un componente esencial de la Historia de España.
Los viajes por la Historia y la Geografía son siempre circulares, cíclicos, y están cargados de una magia que no se puede soslayar; más bien hay que dejarse llevar por ella, que incluye una teúrgia, pues el peregrino en la búsqueda del conocimiento del Sí Mismo se pone en manos y bajo los auspicios de los númenes del viaje que, como el dios Hermes, son los que le guían por los senderos y las etapas de un viaje que en verdad es arquetípico y tan real como la vida misma; o mejor sería decir que la vida se torna real al vivirse como un viaje arquetípico, como un símbolo de una realidad cuyas claves secretas sólo podemos descubrir e interpretar a través de la inmersión en el tiempo mítico.

Pese a la distancia temporal que separa a una y otra civilización, pese a las diferencias en las formas de expresión y las distintas imágenes simbólicas utilizadas para representar a sus deidades o entidades divinas, los tartesios que construyeron Cancho Roano y los cristianos que levantaron el santuario de la Virgen de Linares sobre la atalaya árabe participaban de una misma realidad de lo sagrado y de un mismo sentido del rito, el cual, al igual que el mito, nos vincula con el orden invisible del mundo, también llamado Cosmogonía Perenne.

El rito, como el mito, como el tiempo, tiene una estructura circular, y es su reiteración y repetición rítmica la fuente de su eficacia, sin olvidar que en realidad todo rito es un símbolo, o una idea-fuerza en acción. En el tiempo mítico lo sucesivo se torna simultaneidad pues las barreras temporales quedan abolidas, y lo que la conciencia percibía como separado, en él se reúne conformando una sola y única realidad: la de lo sagrado, que bien deberíamos distinguir de lo simplemente religioso, o devocional, sentimientos que están ausentes en todo lo que diremos a continuación.

Los hechos que vamos a relatar sucedieron durante la reconquista de la milenaria ciudad de Córdoba por el insigne rey castellano Fernando III el Santo. Unos hechos que como decimos entran de lleno en la Historia mítica y simbólica de España, siendo esta y no otra la razón principal que nos ha llevado a reseñarlos, acudiendo a algunas de las crónicas que han recogido aquellos eventos que forman parte de la verdadera memoria histórica, la que el tiempo ha ido puliendo y madurando despojándola de la “paja” y lo superfluo. Recordemos en este sentido las palabras de Séneca ya mencionadas en un capítulo anterior: “el tiempo descubre la verdad”.

Para nosotros la historia cobija a la suprahistoria. Está oculta en ella como la idea está oculta tras la forma simbólica, a la que sin embargo expresa y revela. De ahí precisamente que ciertos hechos históricos tengan que ser interpretados simbólicamente para llegar a comprenderlos en su esencia y verdadera dimensión metafísica, cobrando además una significación que necesariamente nos involucra en la medida en que constituyen las ideas-fuerzas que han conformado las imágenes de nuestra cultura.

Son precisamente esas ideas-fuerza y sus códigos, transmitidos a través de una literatura que recoge las gestas y las epopeyas heroicas, lo que constituye lo intangible y sutil de la historia que gira en torno a la Virgen de Linares, la construcción de su santuario y la reconquista de Córdoba.

Existe además una transposición de un simbolismo histórico a un simbolismo cosmogónico e iniciático, referido a la propia experiencia en el ámbito de la realización espiritual. Existió esa realización ligada a los propios códigos simbólicos de las órdenes de caballería, que fueron en esencia los de la realeza y la nobleza en general. En dichos códigos entraban también las leyendas de los héroes fundadores de la civilización occidental: la estirpe de los héroes semidivinos de la mitología greco-romana, ciertos episodios del Antiguo Testamento, reyes como David o Salomón, las heroínas y héroes judíos, las leyendas celtas cristianizadas a través del simbolismo del Grial y las gestas del Rey Arturo, etc.[1]

Estamos convencidos de que esa experiencia, al nivel que fuese, fue vivida por Fernando III (y otros reyes de la España medieval), el cual encontró en la Reconquista el “campo de batalla” donde librar no sólo la lucha contra sus enemigos externos, sino la propia “materia prima” de su combate interior. La Reconquista estuvo llena de gestas épicas (no sólo por parte cristiana, sino también musulmana), y que vistas en conjunto conformarían una verdadera epopeya donde se revelaría una estructura mítico-simbólica que nos haría entender ese importante episodio de la Historia de España bajo otra luz distinta al del simple relato histórico.[2]

Centrándonos en el tema de la Virgen de Linares y la reconquista de Córdoba, debemos señalar que en muchas civilizaciones la ocupación de un territorio, o de una ciudad, comportaba previamente la “dominación” de sus dioses tutelares mediante la práctica de los ritos apropiados. Así fue por ejemplo entre los romanos, y el rito de la evocatio se realizaba con ese fin.[3] 

Pues bien, encontramos algo parecido a un rito de la evocatio y del dominio sobre un territorio en ciertos eventos sucedidos durante la reconquista de Córdoba por Fernando III en el año 1236. En efecto, este rey se prepararía para dicha empresa realizando previamente determinados ritos en los que tuvo un papel relevante la Virgen de Linares, cuya efigie el propio Fernando III trajo consigo de la provincia de Jaén tras sus importantes victorias en Úbeda y Baeza.

En la obra Nuestra Señora de Linares, conquistadora de Córdoba, de principios del siglo XIX se describe lo que podríamos considerar un rito de posesión de una tierra, o de una ciudad, mediante la intervención de las entidades uránicas, en este caso la “Reina del Cielo”:
"A una legua de distancia de la Ciudad por la parte que media entre Oriente y Norte, en lo interior de las cordilleras de los montes que forma la sierra Morena, halló [Fernando III] una Torre pequeña o Atalaya que servía de resguardo a las centinelas avanzadas del enemigo. Aquí mandó el santo Rey levantar el Pabellón Real para la Emperatriz de Cielos y tierra, erigiendo esta piedra en título y Casa de refugio para él y para todas sus Tropas. Levantóse el Altar en la cortina misma de la Atalaya que mira al Occidente; colocóse en la parte superior el Trono augusto de la Reyna".
Vista desde el Santuario, la ciudad de Córdoba cae efectivamente hacia Occidente, es decir que hacia esa dirección se dispuso expresamente el Trono de la Reina celeste, y en consecuencia los ritos se efectuaban dirigidos expresamente hacia la capital, cuya reconquista, sus hechos y episodios ejemplares, fue recogidos a lo largo de los siglos por los poetas e historiadores, los cuales introdujeron también elementos del Antiguo Testamento y asimismo de la mitología clásica, buscando correspondencias entre la Virgen de Linares y ciertas heroínas judías, como Judith, y diosas del panteón greco-romano, como Artemisa (la Diana romana), la siempre virgen. Es decir quisieron incorporar lo que sin duda alguna fue un acto heroico en el ámbito cultural más amplio al que pertenece la civilización cristiana.
Se hacía así un paralelismo entre la Judit bíblica y la Virgen de Linares. Ambas son libertadoras de sus respectivos pueblos: Judit, la viuda, matando al asirio Holofernes y la Virgen de Linares contribuyendo con su “presencia espiritual” a reconquistar Córdoba tras cinco siglos de dominio musulmán, donde, la historia así lo atestigua, se vivieron momentos de un gran esplendor cultural, y que aquellos reyes castellanos con su concepción de una España como Reino integrador intentaron preservar conservando el principal y más significativo monumento de aquel legado.[4]

II

Volviendo de nuevo a la palabra Linares, vemos que ella también hace referencia al lugar donde estaba situada la atalaya árabe, y en la que Fernando III se asentó durante unos días para preparar la toma definitiva de Córdoba. Ese lugar era llamado tali’a as’ala al-narum, es decir “atalaya donde se enciende el fuego”, o simplemente al-narum, castellanizado Linares. Así pues, la Virgen de Linares podría interpretarse también como la Virgen “que enciende el fuego”, lo que en el contexto de la realización iniciática se entiende como el fuego purificador del Espíritu.

La atalaya todavía existe, y está incorporada en la arquitectura del santuario, lo que le da a este el aspecto de una fortaleza (fig. 87). Pensamos que Fernando III quiso efectivamente que dicho santuario tuviese ese aspecto, es decir que fuese un lugar sagrado y al mismo tiempo un baluarte defensivo, una torre-vigía que el simbolismo cristiano identifica con la propia Virgen, semejante a esa Torre de David (una imagen de la Sabiduría) que Salomón evoca en El Cantar de los Cantares:
"Tu cuello es como la torre de David; mil escudos cuelgan de ella".
Sabemos que en sus campañas militares el rey Fernando III iba siempre acompañado de una imagen de la Virgen, que en el caso de la campaña cordobesa era la Virgen de Linares en su aspecto de Inmaculada Concepción, lo que en otros lugares de España, por ejemplo en Cataluña, se denomina la “Purísima”, aludiendo así a esa idea de purificación por el fuego o energía espiritual, lo que se entendía antiguamente por la virtus, cuya raíz “vir” está también presente en la palabra “virgen”.
En este sentido, originariamente, la Virgen de Linares también recibía el nombre de la Virgen de las Nieves: la nieve como símbolo de la pureza, al igual que el fuego, y cuya festividad cae el día 5 del “ardiente” mes de Agosto, un día antes precisamente de la “Transfiguración del Señor” (6 de Agosto). Aquí los elementos contrarios del frío y del calor se unen para revelar una verdad del espíritu. La Inmaculada Concepción: la luz del Verbo encarnado en las entrañas más íntimas y secretas de lo humano.

Además del apelativo de “Conquistadora”, la Virgen de Linares recibía también el de “Capitana” y de “invencible Generala”, expresiones que indican claramente que no estamos ante una concepción simplemente beata o “compasiva” de esta entidad divina, y que tampoco cabe atribuir al propio Jesús cuando dejó dicho que: “No vengo a traer paz sino espada”. Una de las inscripciones que encontramos a la entrada del Santuario reza justamente así:
"Tú, Virgen, combates / tu victoria alcanzas / Tú al bárbaro lanzas / torrentes de luz".
Evidentemente, para nosotros, además de la lectura literal y exotérica a que estas palabras aluden (el bárbaro como el enemigo exterior, o la espada en vez de la paz), vemos en ellas una referencia clara al combate interior contra las tinieblas de nuestra ignorancia, que es el auténtico enemigo a batir. La espada a la que alude Cristo es también un símbolo del eje y está ligada con la idea de la luz de la Inteligencia y su proyección iluminadora en nuestra conciencia. La paz es el resultado final al que conduce la guerra interior: la conciliación de los opuestos, la llegada al centro del Ser.
La deidad traza una sutil muralla defensiva y protectora, generando en sus guerreros la confianza firme en la victoria, que es, finalmente, la de perder este mundo para ganar el otro, el verdadero.

En las imágenes de la Virgen de Linares esta muestra una gran serenidad y al mismo tiempo una gran firmeza y por tanto nada hay en ella que recuerde esa imaginería propia del barroco español que ha destacado sobre todo su aspecto de “mater dolorosa”. Aquí es más bien la “mater victoriosa” (expresión de la “Iglesia triunfante”), y más cercana a las descripciones que los antiguos poetas, filósofos y trovadores hicieron de la Dama Inteligencia, invocando su pureza virginal como uno de los estados más altos pretendidos por el caballero iniciado en la búsqueda de la Sabiduría, y que a través de su entrega sin fisuras busca restaurar la justicia y la armonía en el mundo y en su alma, combatiendo contra los oscuros poderes de sus enemigos, tanto externos como internos. 

Esa actitud de guerrero, de defensor de su fe y de su Reino (el terrestre y el celeste), es justamente la que observamos en la escultura de Fernando III situada en su capilla del Santuario. Estamos convencidos que para este rey castellano la Virgen era su propia Dama, el modelo de la Sabiduría, como lo fue Beatriz para Dante. Lo mismo podríamos decir de su hijo Alfonso X el Sabio, que también estuvo junto a su padre en las reconquistas andaluzas, y que escribió unas “Cantigas de Santa María” en la que destaca aspectos de la Virgen que recuerdan también las de un trovador hacia su Dama. Leemos en este sentido lo siguiente:
"Hay que señalar que el culto a la Virgen no tenía en la Edad Media el carácter de beatería simplona que tuvo posteriormente, y si bien exotéricamente su influencia espiritual mantenía un lazo de unión entre la devoción popular y lo sagrado, esotéricamente era considerada como la "Reina del Mundo", y por lo tanto madre espiritual de los iniciados. Las Cantigas de Alfonso el Sabio no estaban teñidas de un vago misticismo; más aún, al ser musicadas devinieron con frecuencia verdaderos himnos ofrecidos a Venus Urania, la diosa de la Sabiduría, el Amor y la Belleza, tres virtudes celestes que sin duda este gran rey quiso que fueran las piedras angulares de su extensa e importante, también para nosotros, obra cultural".[5]
Curiosamente, cuando visitamos el Santuario, la talla de la Virgen de Linares aparecía con una corona dorada sobre su cabeza (también la portaba el niño-dios que sostiene en sus brazos), es decir estaba revestida con los símbolos de la Realeza y del Imperio, mientras que en otras ocasiones esa corona se sustituye por otra en forma de aureola con doce estrellas, que son los doce soles o signos de zodíaco, descritas en el Apocalipsis de San Juan (cap. XII, vers. 1):
"Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas".
Ambas son imágenes expresan dos formas del poder del Espíritu: la Virgen como Reina del Mundo, y como Reina de los Cielos anunciando la venida de la Jerusalén Celeste al final del presente ciclo cósmico y humano. Francisco Ariza.



Fig. 2. La Virgen de Linares, coronada de las doce estrellas, cubierta por el Sol y con la Luna a sus pies, tal como aparece descrita en el Apocalipsis de San Juan (foto extraída de Manuscritos de la Virgen de Linarejos y su Santuario. Siglos XVII y XIX, de Manuel Morales Borrero).


Fig. 3. Camarín de la Virgen de Linares en el ábside de su Santuario (foto autor).


Fig. 4. Capilla del rey Fernando III en el Santuario, con cetro en la mano izquierda y blandiendo su espada con la derecha (foto autor).


Fig. 5. El ábside del Santuario y restos de la atalaya árabe formando parte de la arquitectura del edificio (foto autor).

Fig. 6. El ábside y la torre-vigía desde otra perspectiva (foto autor).


Fig. 7. Fachada principal del Santuario con su espadaña perfectamente visible en lo alto (foto autor).




[1] En los personajes que conforman los “Nueve de la Fama” podemos encontrar un ejemplo de lo que estamos diciendo.

[2] Esa estructura mítico-simbólica está ya presente en la poética trovadoresca y los “Cantares de Gesta” (como el “Poema de Mio Cid”, o “Los Infantes de Sala”), así como en las numerosas crónicas escritas a lo largo de los siglos, y las obras de Alfonso X el Sabio sobre la Historia Universal y la Historia de España, y asimismo el Libro de los Linajes y la Crónica General de España de 1344, ambos del Conde de Barcelos, etc.

[3] He aquí, a título de información, un rito de la evocatio descrito por Macrobio: “A ti, ¡Oh, grandísimo!, que conservas bajo tu protección a esta ciudad, te ruego, te adoro, te pido en gracia que abandones esta ciudad y este pueblo, que dejes estos templos, estos lugares sagrados y, habiéndote alejado de ellos, vengas a Roma, a mi casa y a la de los míos. Que nuestra ciudad, nuestros templos, nuestros lugares sagrados, te sean más adeptos y más caros: recíbenos bajo tu guardia. Si así lo haces fundaré un templo en tu honor”. Saturnales III, 9.

[4] Nos referimos naturalmente a la Mezquita de Córdoba, que tras la reconquista fue consagrada como catedral bajo el nombre precisamente de Santa María, hasta que en el siglo XVI se dispuso un espacio de la misma para edificar el templo cristiano actual. Asimismo, el hecho de no destruir tampoco la atalaya árabe sino de haberla “incorporado” al Santuario de la Virgen de Linares es un ejemplo de ese espíritu integrador de Fernando III, un rey, que al igual que Alfonso X y otros anteriores y posteriores, pertenecientes o no a su línea dinástica, tenía una idea de la España cristiana que no excluía a ninguna de las culturas que vivían en ella. No podríamos decir lo mismo de los jefes islámicos pertenecientes a las tribus magrebís de los almorávides y los almohades, que tras la desaparición del Califato de Córdoba invadieron la Península Ibérica imponiendo en la zona dominada por ellos, y a lo largo de los siglos XI, XII y XIII, la visión más excluyente del Islam.

[5] Federico González y colaboradores. Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, Módulo III, acápite 28.

martes, 22 de octubre de 2019

Erote hallado en el yacimiento arqueológico de Cástulo (Linares), Jaén.

Pequeño cristal de roca con la imagen grabada de un Erote hallado en el yacimiento arqueológico de Cástulo, en Linares, Jaén. 

La bella pieza de 16 milímetros, muestra al dios del Amor que con una vara juega con un pájaro que está en la rama de un árbol en el que se apoya una escalera. Están como despreocupados, divirtiéndose. La escalera es un elemento que aquí resulta superfluo, ya que ni el Erote ni el pájaro la necesitan. Ambos llevan alas y están como ajenos a la existencia de esa escalera. Por eso deducimos que su presencia en esta escena es para indicarnos que puesto que nosotros carecemos de alas sí necesitamos de ese "vehículo" para ascender al árbol, y también para descender de él. Suponemos que para su dueño, o dueña, esta delicada pieza era como una especie de "ayuda-memoria".


Mosaico de los amores. Cástulo






lunes, 12 de febrero de 2018

El Inca Garcilaso de la Vega. Cronista de la Tradición Incaica y Hombre del Renacimiento (1 Parte)

Inca Garcilaso de la Vega

No creemos que sea mera coincidencia que en torno al día 23 de Abril de 1616, hace exactamente 400 años, dejaran este mundo tres de los más insignes representantes de la literatura universal: William Shakespeare, Miguel de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega. Como hubiera dicho el propio Shakespeare en una de sus obras, algo querrán decirnos con esto los hados que rigen los destinos de los hombres, y tal vez alguna conclusión sacaremos al respecto a lo largo de nuestro discurso, que pretende ser una aproximación a la figura del Inca Garcilaso de la Vega, considerándolo como el primer cronista que supo transmitir a la cultura europea lo que en realidad fue la tradición incaica, una de las grandes civilizaciones de la Historia. Asimismo, queremos dejar constancia de su dimensión como humanista perteneciente a la corriente neoplatónica del Renacimiento. 

El Inca Garcilaso nace el 12 Abril de 1539 en el Cuzco, la capital del Imperio Inca. Era hijo de la princesa indígena Isabel Chimpu Ocllo, sobrina del Inca Huayna Cápac y nieta del antepenúltimo Inca Túpac Yupanqui. 

Su padre fue el capitán extremeño Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas, el cual descendía de una prestigiosa familia de la nobleza extremeña, los Suárez de Figueroa, quienes fueron titulares del Ducado de Feria, uno de los más importantes de España. De hecho, y por voluntad expresa de su padre, nuestro protagonista fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa y Vargas y sólo más tarde, estando ya en España, el propio Inca se lo cambiaría por el de Garcilaso de la Vega, que era también el del famoso poeta del mismo nombre, su tío abuelo el toledano Garcilaso de la Vega. Precisamente, en su línea genealógica paterna encontramos personajes tan relevantes como el Marqués de Santillana y Jorge Manrique (autor de las famosísimas “Cartas a la muerte de su padre”), o bien Fernán Pérez de Guzmán y Garci Sánchez de Badajoz, por nombrar sólo a unos cuantos, pero muy representativos, de su poblada familia española.

La princesa Isabel Chimpu Ocllo, madre del Inca Garcilaso

A la edad de 21 años el Inca Garcilaso llega a España procedente de su Cuzco natal, instalándose poco tiempo después en Montilla acogido por su tío paterno Alonso de Vargas, quien lo introducirá en los círculos intelectuales de Sevilla y sobre todo de Córdoba donde se encontrará rodeado de historiadores, arqueólogos, anticuarios y hebraístas, así como de teólogos vinculados muchos de ellos a la Compañía de Jesús, que en aquella época, en pleno Renacimiento, estaba muy abierta a las ideas herméticas y neoplatónicas. Merecen destacarse a los historiadores Ambrosio de Morales y Bernardo de Alderete, o a Francisco de Castro y a Juan de Pineda, al hebraísta Jerónimo de Prado (de quien recibirá consejos en su traducción de Los Diálogos de Amor de León Hebreo) y a Francisco Fernández de Córdoba, emparentado con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

Al igual que Shakespeare y Cervantes, el Inca Garcilaso no fue ajeno al espíritu del Renacimiento, una época de grandes contrastes, como son todas aquellas que traen consigo un cambio de ciclo histórico. Pero un cambio que en este caso aún no se había consumado, pues todavía permanecían las estructuras culturales de la Edad Media, aunque en contrapartida ya se habían incubado las ideas que traerán el tiempo por venir, cuyo desarrollo dará lugar al mundo moderno y a la idea del “progreso indefinido”. Los motores principales de ese cambio serán la “revolución científica”, con Copérnico a la cabeza, y el desarrollo de ciertas ideas en franca decadencia de la filosofía escolástica que hacia la mitad del siglo XVII alumbrarán el “racionalismo” de Descartes, cuando aquellos vientos renovadores que trajeron el Renacimiento ya habían dejado de soplar.

Pero si algo distingue al periodo renacentista es el regreso de la tradición greco-romana. En efecto, el Renacimiento no sólo recibirá lo que todavía seguía estando vivo del arte y del pensamiento medieval, sino que él se distinguirá por la recuperación de la Cultura clásica, cuyas ideas volverán a brillar con fuerza durante el primer Renacimiento (el Quattrocento), recogiendo así una tendencia que ya estaba en la obra de los “Fieles de Amor”, corriente del Hermetismo cristiano que existió en Italia y otros lugares de Europa entre los siglos XIII y XIV, y a la que pertenecieron, entre otros, Guido Cavalcanti, Dante, Boccaccio y Petrarca. 
Ellos fueron precursores de ese humanismo renacentista de raigambre hermética y neoplatónica que comprendió la importancia que el legado de la Antigüedad tenía como una fuente de renovación de las ideas y por consiguiente de las mentalidades. Para los hombres y mujeres del Quattrocento (imbuidos de una concepción cíclica del tiempo en conformidad con todas las civilizaciones tradicionales) el progreso se entendía como una vuelta a los valores de la Antigüedad. No consideraban a ésta algo fenecido y superado por la Historia, sino que por el contrario veían en ella un modelo donde poder alimentar su genio creativo, abriendo así nuevas perspectivas y renovando la herencia recibida de su propia Tradición cultural. 
El Inca Garcilaso nace el 12 Abril de 1539 en el Cuzco, la capital del Imperio Inca. Era hijo de la princesa indígena Isabel Chimpu Ocllo, sobrina del Inca Huayna Cápac y nieta del antepenúltimo Inca Túpac Yupanqui.

Su padre fue el capitán extremeño Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas, el cual descendía de una prestigiosa familia de la nobleza extremeña, los Suárez de Figueroa, quienes fueron titulares del Ducado de Feria, uno de los más importantes de España. De hecho, y por voluntad expresa de su padre, nuestro protagonista fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa y Vargas y sólo más tarde, estando ya en España, el propio Inca se lo cambiaría por el de Garcilaso de la Vega, que era también el del famoso poeta del mismo nombre, su tío abuelo el toledano Garcilaso de la Vega. Precisamente, en su línea genealógica paterna encontramos personajes tan relevantes como el Marqués de Santillana y Jorge Manrique (autor de las famosísimas “Cartas a la muerte de su padre”), o bien Fernán Pérez de Guzmán y Garci Sánchez de Badajoz, por nombrar sólo a unos cuantos, pero muy representativos, de su poblada familia española.

A la edad de 21 años el Inca Garcilaso llega a España procedente de su Cuzco natal, instalándose poco tiempo después en Montilla acogido por su tío paterno Alonso de Vargas, quien lo introducirá en los círculos intelectuales de Sevilla y sobre todo de Córdoba donde se encontrará rodeado de historiadores, arqueólogos, anticuarios y hebraístas, así como de teólogos vinculados muchos de ellos a la Compañía de Jesús, que en aquella época, en pleno Renacimiento, estaba muy abierta a las ideas herméticas y neoplatónicas. Merecen destacarse a los historiadores Ambrosio de Morales y Bernardo de Alderete, o a Francisco de Castro y a Juan de Pineda, al hebraísta Jerónimo de Prado (de quien recibirá consejos en su traducción de Los Diálogos de Amor de León Hebreo) y a Francisco Fernández de Córdoba, emparentado con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

Al igual que Shakespeare y Cervantes, el Inca Garcilaso no fue ajeno al espíritu del Renacimiento, una época de grandes contrastes, como son todas aquellas que traen consigo un cambio de ciclo histórico. Pero un cambio que en este caso aún no se había consumado, pues todavía permanecían las estructuras culturales de la Edad Media, aunque en contrapartida ya se habían incubado las ideas que traerán el tiempo por venir, cuyo desarrollo dará lugar al mundo moderno y a la idea del “progreso indefinido”. Los motores principales de ese cambio serán la “revolución científica”, con Copérnico a la cabeza, y el desarrollo de ciertas ideas en franca decadencia de la filosofía escolástica que hacia la mitad del siglo XVII alumbrarán el “racionalismo” de Descartes, cuando aquellos vientos renovadores que trajeron el Renacimiento ya habían dejado de soplar.

Pero si algo distingue al periodo renacentista es el regreso de la tradición greco-romana. En efecto, el Renacimiento no sólo recibirá lo que todavía seguía estando vivo del arte y del pensamiento medieval, sino que él se distinguirá por la recuperación de la Cultura clásica, cuyas ideas volverán a brillar con fuerza durante el primer Renacimiento (el Quattrocento), recogiendo así una tendencia que ya estaba en la obra de los “Fieles de Amor”, corriente del Hermetismo cristiano que existió en Italia y otros lugares de Europa entre los siglos XIII y XIV, y a la que pertenecieron, entre otros, Guido Cavalcanti, Dante, Boccaccio y Petrarca. Ellos fueron precursores de ese humanismo renacentista de raigambre hermética y neoplatónica que comprendió la importancia que el legado de la Antigüedad tenía como una fuente de renovación de las ideas y por consiguiente de las mentalidades. Para los hombres y mujeres del Quattrocento (imbuidos de una concepción cíclica del tiempo en conformidad con todas las civilizaciones tradicionales) el progreso se entendía como una vuelta a los valores de la Antigüedad. No consideraban a ésta algo fenecido y superado por la Historia, sino que por el contrario veían en ella un modelo donde poder alimentar su genio creativo, abriendo así nuevas perspectivas y renovando la herencia recibida de su propia Tradición cultural.

En el caso del Inca Garcilaso, el interés por la Antigüedad Clásica es el mismo que siente hacia la Tradición de sus antepasados incaicos, cuya memoria reivindicará en las tres obras que nos legó: La Florida del Inca: historia del adelantado Hernando de SotoLos Comentarios Reales de los Incas, y La Conquista del Perú, este último título dedicado a su padre. También escribió Relación de la Descendencia del famoso Garci Pérez de Vargas, un antepasado suyo del siglo XIII que estuvo en las campañas por la reconquista de Andalucía junto a Fernando III el Santo y su hijo Alfonso X el Sabio, y al que hemos de añadir a la lista de sus familiares españoles ilustres.1




Como estamos viendo, el Inca Garcilaso perteneció tanto a la nobleza incaica como a la española, y esta doble condición marcaría sin duda alguna su destino, que según nuestro criterio fue el de haber tomado clara conciencia de lo que significa ser heredero de una cadena humana que tuvo entre sus eslabones a verdaderos “padres de la patria”, según el concepto romano de esta expresión, es decir los fundadores, conservadores y transmisores de una cultura y una civilización, tanto por parte americana como española. En definitiva, comprendió que tenía una misión en la vida por encima de todo lo demás, sabiendo de las circunstancias no siempre favorables que tuvo que afrontar para tamaña empresa: la de hacer de puente entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Dos realidades histórico-geográficas y culturales que indudablemente logró conciliar en sí mismo, según veremos más adelante.

Como íbamos diciendo, la influencia de la Antigüedad Clásica en el Renacimiento se hace palpable en la arquitectura y el arte en general, pero también en el ámbito del pensamiento, que pivotará en torno a la obra de Platón y los neoplatónicos, y que tendrá en Italia, especialmente en Florencia, su principal foco de difusión, como lo tendrá también el Hermetismo gracias a las traducciones del Corpus Hermeticum llevadas a cabo por la Academia Platónica de Florencia, nacida bajo el mecenazgo de Cosme de Medici y dirigida por Marsilio Ficino, pues fue él quien gracias a sus traducciones y comentarios tejió esa íntima conexión entre Platón, Hermes Trismegisto y el Cristianismo. Ficino, y otros miembros de la Academia florentina, era uno de los autores que nuestro Inca tenía en su biblioteca junto a los ya nombrados Dante, Boccaccio y Petrarca, y en la que abundaban obras de Filosofía, Literatura y Arte de todos los tiempos. El Inca Garcilaso fue un gran bibliófilo, y llegó a conformar una auténtica biblioteca renacentista de varios cientos de ejemplares, que para la época era un volumen importante, y donde estaban representadas todas las ramas del saber.


La biblioteca de la Casa del Inca Garcilaso. Montilla, Córdoba
Se destacan también las obras sobre Historia, y así encontramos autores como Herodoto, Tucídides, Polibio, Suetonio, Tito Livio, Plutarco, e incluso a Julio César, autor de la Guerra de las Galias y la Guerra de Hispania, sin olvidarnos de Flavio Josefo, etc. El Inca Garcilaso tenía un verdadero interés por la Historia, hasta el punto que, hablando con propiedad, su obra debe enmarcarse dentro de esta disciplina, en sentido amplio. La Historia, ligada con el Tiempo, lo está por ello mismo con la memoria, y en este sentido es un vehículo del pensamiento, constituyendo una vía legítima de Conocimiento.

El hecho de que la Historia esté presidida por una Musa, Clío, implica necesariamente la relación de aquella con las demás ciencias y artes regidas por sus otras hermanas, hijas todas de Mnemosine (la Memoria) y Zeus. Se conoce además la íntima relación de las Musas con Apolo, el dios solar y de la luz del Intelecto, y con Atenea, la diosa de la Sabiduría. Una de ellas, Urania, preside la Astronomía y en consecuencia los ritmos y ciclos cósmicos, cuyas pautas regulan el proceso y acontecer de la vida y la historia de los hombres. Otra es Calíope, la que inspira la poesía épica, es decir la narración de los hechos ejemplares y míticos llevados a cabo por los dioses y los héroes. 

Con esto queremos señalar que en la Historia (cuya memoria Clío secretamente conserva en el libro que siempre la acompaña) conviven y se entrelazan constantemente el tiempo cíclico, donde se desarrolla la existencia humana, con el tiempo mítico que viven los dioses y héroes divinizados (o en proceso de divinización), cuyas hazañas intentan imitar todos aquellos que habiendo deseado ser recibidos en el Palacio de la Sabiduría, buscan una salida a la reincidencia cíclica para penetrar en ese “otro tiempo” al encuentro con su verdadero destino, que es celeste y olímpico. Bajo esta perspectiva la Historia se hace universal y se adentra en el vasto territorio del Alma del Mundo (análoga al alma humana), que también podría llamarse el Gran Teatro del Mundo, presidido por Melpómene y Talía.


Edición francesa de Los Comentarios Reales,
o La Historia de los Incas. Reyes del Perú.
París, 1633

En cierto modo el Renacimiento es un periodo de transición, aunque por otro lado constituye un ciclo en sí mismo perfectamente definido dentro de la historia de Occidente. Pero es cierto que una de sus características es la de hacer de gozne o de intermediación entre dos épocas, la antigua y la moderna, y esto es precisamente lo que la convierte en una época singular, pues lejos de representar un periodo convulso como lo fueron otros momentos semejantes (por ejemplo, el que tuvo lugar tras la caída del Imperio romano), en el Renacimiento se produce todo lo contrario: es, como indica su nombre, un renacer de la cultura occidental, que se expresa como una especie de síntesis donde convergen las distintas corrientes de esa cultura, y no sólo la Griega y la Romana, sino también la que procede de Egipto y de la Alejandría helenística, cuna del Hermetismo, y por supuesto del Cristianismo y la Cábala, es decir la teosofía judía, que surge precisamente en el Mediodía francés y en España, donde alcanza su máximo esplendor en el siglo XIII, concretamente en las juderías de Castilla y Cataluña.

Con la expulsión de los judíos no conversos de España en 1492 también se fueron muchos cabalistas, que se dirigirán a distintos países europeos, entre ellos Italia, donde contactaron con los neoplatónicos y hermetistas cristianos, entre ellos Pico de la Mirándola (otro pilar del Renacimiento perteneciente a la Academia Platónica de Florencia), quien elaboraría la primera síntesis que daría nacimiento a la Cábala Cristiana, que no se entendería efectivamente sin el componente neoplatónico y hermético.2

Debemos tener en cuenta que el Renacimiento estuvo presidido por el espíritu de la concordia, y la convergencia cultural entre las distintas corrientes y tradiciones a la que aludimos no es sino una de las manifestaciones de ese espíritu. Retengamos esta palabra, concordia, o armonía, pues será, junto a la de utopía, una de las ideas-fuerza del Renacimiento, y con las que el Inca Garcilaso construirá no sólo su obra literaria, sino también la que iluminará sus más íntimos pensamientos y dará paz y sosiego a su alma. La búsqueda de esa armonía, de esa “unión de los contrarios” como utopía posible de ser vivida, hacen del Inca Garcilaso un genuino representante de la época renacentista, casi un símbolo de ella. Su “mestizaje” racial es también el de dos culturas: la americana y la europea, aparentemente contradictorias, pero que supo conciliar y concordar en sí mismo al comprender que no eran realidades incompatibles.

Esa comprensión es sin duda fruto de su filiación con la obra de los neoplatónicos, que llega a conocer en profundidad gracias a su traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo,3 que lo estimula a consultar y a proveerse de aquellos libros que recogen el pensamiento platónico y las ideas que lo expresan. De ahí que en su biblioteca se encuentren, además de los neoplatónicos, también Aristóteles (discípulo de Platón), Cicerón, Séneca, Virgilio, Ovidio, Filón de Alejandría, Flavio Josefo, el ya nombrado Fray Luis de León, Dante, Boccaccio, Petrarca, Baltasar Castiglione, Ludovico Ariosto, Francesco Guicciardini, por supuesto León Hebreo (de nombre judío Judá Abravanel) con varias ediciones de los Diálogos de Amor, etc., ocupando un lugar central las obras de Marsilio Ficino como antes hemos dicho, y por supuesto las de Pico de la Mirandola. Los Diálogos de Amor son igualmente un tratado de Hermetismo, y en ellos no está desde luego ausente el mensaje cristiano, y por supuesto la Cábala, la tradición de sus antepasados, que fue también la suya.
Edición del s. XVI de los Diálogos de Amor.

A este respecto, debemos decir que el Inca respetó mucho al pueblo hebreo y su cultura, y pensamos que no fue por casualidad que eligiera traducir estos Diálogos de Amor escritos por un judío, que además era sefardita.4 El Inca conocía la obra de varios “conversos” españoles y estaba familiarizado con las corrientes “heterodoxas” que corrían por España en esa época, o sea que era un hombre muy abierto en cuanto a recibir todo tipo de influjos que estuvieran en la senda del conocimiento de la Filosofía Perenne. Entre esos conversos cuyas obras tenía en su biblioteca señalaremos a Luis Vives y al ya citado y Fray Luis de León, a Fernando de Rojas, Antonio Montoro y Huarte de San Juan. Conocía además la Gramática Castellana de otro converso, Antonio de Nebrija, los Diarios de Cristóbal Colón y las crónicas históricas de Baltasar Morelos, Cieza de León y Pedro Mexía.5

El Inca Garcilaso, en cierto modo desarraigado de su tierra natal peruana, llegó a identificar en los Comentarios Reales su situación con la del pueblo judío, pero además tuvo acceso a las obras de dos insignes judíos de los primeros siglos de nuestra era: el neoplatónico Filón de Alejandría y Flavio Josefo, el uno conocedor en profundidad de la filosofía griega, la que concilió con el judaísmo, y el otro un judío romanizado que conocía perfectamente la historia y la antigua tradición de sus padres, como lo demuestran sus dos obras principales: Antigüedades Judaicas y Guerra de los Judíos, que también le sirvieron al Inca como modelo para los Comentarios Reales y sus otros libros.6

Resaltar asimismo, y en relación con lo que estamos tratando, que a través de Filón y del historiador Flavio Josefo, nuestro autor penetra en el mundo alejandrino y advierte la vasta obra de síntesis y de conciliación entre doctrinas aparentemente contrarias que se realizó en esa época de esplendor, y es indudable que esto lo estimula y le ayuda a comprender su propia situación existencial, y lo que es más importante para nosotros: la dimensión que podrá adquirir su labor como cronista que desea perpetuar la memoria de la Tradición incaica y de todo cuanto aconteció durante la conquista del Perú, que él recoge en la Historia de la conquista del Perú, su otro gran libro, y que en realidad era una continuación de los Comentarios Reales.

En el artículo de Carmen Durand citado anteriormente en nota, la autora recalca la influencia de los Diálogos de León Hebreo en el Inca Garcilaso, y destaca algunas analogías entre la cosmovisión de los Incas y la de los neoplatónicos que el propio Inca establece en los Comentarios Reales:

“Efectivamente varios lazos unen a los peruanos con los neoplatónicos. El corazón, sede de la fuerza vital del hombre según León [Hebreo], es también, para Garcilaso, la sede de la memoria. Manco Cápac, el primer Inca, inicia el culto solar. En los Comentarios, este monarca –que se parece como un gemelo a la alegoría de Júpiter hecha por León– ordena a sus sujetos venerar al astro en signo de gratitud por sus beneficios naturales, cuando les enviaba luz y calor… ‘El Sol y la Luna les habían enviado a los Incas dos hijos para sacarlos del salvajismo’. El amor civilizador de los Incas guía sus conquistas.

El culto solar vale a los Incas de ser integrados en la filosofía universal de León, como una variante andina, “antártica”, para emplear una palabra que le gustaba mucho al Inca. En los Diálogos, Filón explica a Sofía que la luz del sol depende de la luz del entendimiento divino y la sirve; la luna es la imagen del mundo, del cual procede. Todos los pueblos poseen una parcela de esa luz divina, de esa unidad. Garcilaso traspuso también al mundo andino la noción de ánima, otra manera de trascender los cultos telúricos y paganos. De todos modos, las huacas podían también ser interpretadas a través de las nociones neoplatónicas ya que, como lo argumenta Filón, se divinizan los elementos naturales no sólo por su grandeza sino porque cada uno de esos elementos estaba gobernado por la virtud espiritual y participaba de la divinidad intelectual."7

En verdad, y como señala Federico González (Las Utopías Renacentistas, cap. XI), los Diálogos de Amor pueden ser considerados también como una utopía, y el diálogo habido entre el Filón y la Sabiduría va trazando, como el propio Federico afirma, una arquitectura sutil que se va conformando gracias a la intervención del Eros divino como elemento aglutinador de todo lo creado.

Todo esto nos lleva a retomar de nuevo la idea de que no puede haber concordia o conciliación a los niveles a los que estamos haciendo referencia sin la fuerza del Amor, que es el que según los Comentarios Reales guiaba a los Incas en su labor civilizadora. Hesíodo habla de él como uno de los dioses más antiguos, sugiriendo así que estuvo presente en la gestación del Mundo, y por ello mismo es imprescindible su presencia en toda obra que pretende precisamente recrear la Obra original y primigenia, y la idea de civilización y su plena actualización es un ejemplo de ello.

Así ocurre también entre los seres humanos y con cada uno de nosotros en particular. Como señala Platón en El Banquete, el amor enlaza entre sí a todas las cosas del Universo, y cuando se trata del Amor intelectual, el más poderoso y desprendido de todos los amores, entonces el único interés que nos mueve bajo su influjo es la búsqueda y la unión con la Sabiduría, en el grado que esto fuere y bajo la acción que nos haya sido encomendada por la Providencia. Leemos lo siguiente en los Diálogos de Amor, transcribiendo una de las citas recogidas por Federico González de la traducción que hizo precisamente el Inca Garcilaso:

“FILÓN.- Ya es tiempo de decírtelo. Bien sabes que el mundo fue, mediante el amor, producido del sumo Criador; porque, mirando el sumo Bien la inmensa hermosura suya, y amándola, y ella a él como a sumo hermoso, produjo o engendró, a semejanza de su hermosura, al hermano universo: el fin del amor es, como dice Platón, parto en hermoso. Producido, pues, el universo del sumo Criador suyo a semejanza o a imagen de su inmensa sabiduría, nació el amor del Criador acerca de ese universo, no como de imperfecto a perfecto, sino como de perfectísimo superior a menos perfecto inferior, y como del padre al hijo y el de la causa a su efecto singular; por lo cual el fin de este amor no es alcanzar hermosura que falte al amante, ni por deleitarse en la unión del amado, sino por hacer alcanzar al amado mayor perfección, de la cual faltaría sino la adquiriese por el amor del amante y por deleitarse ese divino amante en la hermosura mayor, la cual el amado universo alcanza mediante su divino amor, como acaece en todos los amores de las causas a sus cuatro efectos, de los superiores a los inferiores, de los padres a los hijos, del maestro al discípulo y de todos los bienhechores a los que reciben sus beneficios. Que su amor de ellos es deseo que su inferior arribe al grado mayor de la perfección y hermosura en la unión, de la cual se deleita, ese amante con ese amado; y esta delectación del amante, que recibe en la perfección y hermosura del amado, es el fin del amor de ese amante”.

Francisco Ariza

Continuará


NOTAS
*
Este trabajo inauguró las Primeras Jornadas Interculturales “El camino del Inca”, que tuvieron lugar en Montemayor (Córdoba) entre los días 21 y 23 de Abril de 2016. Posteriormente, hemos ampliado ciertas ideas sobre la obra del Inca Garcilaso. Asimismo, queremos dejar constancia que la enseñanza acerca del mundo incaico que el Inca refleja en muchos pasajes de su libro no la podríamos haber advertido si nuestro conocimiento acerca de la América Precolombina no hubiera sido informado y conformado previamente por la manera en que nos lo transmitió Federico González en tantas y tantas ocasiones en que nos habló del mundo indígena, y por supuesto a través de su obra El Simbolismo Precolombino. Cosmovisión de las Culturas Arcaicas, donde refleja perfectamente su pensamiento acerca de la Sabiduría y la Cosmogonía de estas tradiciones, entre las más importantes del mundo.
1
En un principio pensó incluir ese texto en La Florida del Inca, lo que finalmente no llevó a cabo.
2
Recordando nuevamente a Shakespeare y a Cervantes, ellos, al igual que el Inca Garcilaso, estuvieron influenciados por todas estas corrientes de pensamiento. En efecto, es evidente en las obras de uno y otro la presencia fecunda de la Tradición Clásica, incluyendo asimismo todo cuanto se refiere a las órdenes de caballería, sus mitos y leyendas que describen las hazañas y aventuras de los héroes y que beben por igual del Hermetismo como de las fuentes griegas y romanas, de su poética y la visión estoica y simultáneamente dionisíaca de la vida.
Por otro lado, algunos investigadores también han visto en ciertas obras de   Shakespeare la huella de la Cábala, o al menos cierta influencia, lo cual no   debe extrañarnos pues él vivió inmerso en el ambiente del Renacimiento Isabelino, que acogió en su seno las corrientes cabalístico-cristianas que llegaban del continente europeo; algunos han querido ver esa huella en el Quijote cervantino, y lo cierto es que Cervantes conoció y citó en sus obras el libro de León Hebreo. Lo que sí se sabe con certeza es que el esoterismo judío influiría en cierta medida en otros contemporáneos españoles de Shakespeare y Cervantes, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y Fray Luis de León.
3
Esta traducción la termina hacia 1590, publicándose bajo el título La Traducción del Indio de los Tres Diálogos de Amor de León Hebreo.
4
Era oriundo de Portugal, aunque su familia se trasladó a Castilla, donde León Hebreo llegaría a ser médico de los Reyes Católicos, antes de su expulsión que le llevaría a Italia.
5
Ver Carmen Durand: “El Mundo Andino en la primera globalización”, artículo incluido en la obra colectiva Ante el Espejo Trizado. Diálogos entre las culturas. Coloquio internacional. México, 2003.
6
Para el Inca Garcilaso existía un paralelismo entre Roma y el Cuzco: ambas fueron las precursoras y anticiparon la llegada del Cristianismo.
7
Ibíd.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Rutas Simbólicas. Presentación

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro añorado amigo y guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y que no tiene por qué contraponerse a la que se explica habitualmente desde la mayoría de medios oficiales. Es evidente que los hechos históricos han quedado “fijados” en el tiempo y son irrebatibles: ocurrieron sin más. Ahora bien, otra cosa es la lectura que se haga de ellos, pues no es menos cierto que en el plano histórico (y no sólo en él) todo aquello que se “expresa” y se “exterioriza” responde siempre a una serie de pulsiones internas generadas en última instancia por ideas-fuerza que al interrelacionarse entre sí generan la trama sutil sobre la que se inscriben los hechos históricos; éstos y los procesos a los que pueden dar lugar en el tiempo y el espacio son por tanto símbolos que manifiestan a su modo esas realidades internas, que son en verdad los auténticos motores que los promueven, estimulan e impulsan.



Con Federico González en la terraza de su casa de Barcelona. Verano del 2014
Nosotros, que pertenecemos a la Escuela de Pensamiento creada por Federico González Frías y sustentada en su obra cosmogónica y metafísica, estamos convencidos que el símbolo y su lenguaje es el instrumento más eficaz para penetrar en el sentido último de la realidad de las cosas. Y cuando esas cosas son las de la Historia, en este caso de España, tenemos que recurrir necesariamente a la lectura que el símbolo nos brinda para conocer las causas profundas que promovieron los hechos más significativos que la conformaron[1] y que no siempre son los más evidentes, a veces hasta totalmente ignorados, o simplemente considerados como de menor importancia, y es aquí, precisamente, que el tener un conocimiento del símbolo (que recordemos es polivalente y nos ofrece diversas lecturas de una misma realidad gracias a las leyes de las analogías) puede hacernos prestar atención a un hecho concreto y determinado que no tiene aparentemente ningún valor desde el punto de vista de cierta historiografía, pero que se muestra como una clave necesaria para desentrañar el contexto no sólo histórico, político o económico en el que ese hecho se inserta, sino también y sobre todo la realidad vital y espiritual sobre la que pivota, la que finalmente se nos revela gracias a la interpretación simbólica, a la exégesis hermenéutica.
Debemos tener presente que los hechos históricos que nos vienen de la Antigüedad no están desligados de la realidad espiritual vivida por sus protagonistas, y por ella entendemos también la que se experimenta a través de los mitos y las leyendas basadas en ellos. Los mitos siempre han existido porque transmiten la posibilidad de vivir una épica claramente definida en su intención más profunda: la de entrar en contacto con un tiempo que no transcurre de la misma manera que el tiempo ordinario, y donde subsiste perennemente la venerable memoria de los antepasados y héroes civilizadores, cuyas aventuras relatadas a través del mito  describen en realidad las andanzas de los dioses creadores. Una memoria, pues, que lleva implícita la enseñanza de una Cosmogonía y que debe ser traída a la cotidianidad del presente de cada época histórica para que la siga nutriendo de sentido, para que no se olviden los actos ejemplares, sagrados, de lo que “fue hecho en el principio”, y que generaron la cultura donde se ha nacido, a falta de la cual el hombre está irremediablemente perdido en un mundo sin significado.
Nos vamos a encontrar con muchos mitos y leyendas en estas Rutas por España que hacen referencia a la realidad que ellos manifiestan: por ejemplo el de Heracles-Hércules (equivalente al Melqart fenicio), el de Tubal y su linaje, el de Noé y Jafet, el de Gerión, Erytheia, Hermes, Norax, Héspero, Hispan, Gárgoris, Habis, Argantonios, el mito de la “Tabla de Salomón”, etc. Todos ellos han sido recogidos por ciertos cronistas clásicos, visigodos y medievales, entre ellos Hesíodo, Estesíchoro, Justino, San Isidoro, Rodrigo Jiménez de Rada (el Toledano) y Alfonso X el Sabio[2] entre otros, a los que se añadirían posteriormente los compiladores del Renacimiento y del Barroco (Joan Margarit, Diego Rodríguez de Almela, Juan Annio de Viterbo, Lucio Marineo Sículo, Enrique Flórez, etc.).



Bronce fenicio. Museo Arqueológico de Cádiz

Lejos de considerar a estos personajes míticos meras “fabulaciones” como algunos aseguran, se trata más bien, en el pensamiento de quienes los recibieron, recrearon y transmitieron, de vincular el origen de un país, en este caso España (o Hispania, o Iberia), con tradiciones y civilizaciones de las que verdaderamente se consideraban sus herederos culturales y espirituales, y que están perfectamente atestiguadas por la Arqueología. Por un lado, las tradiciones y dinastías divinas propiamente “autóctonas” de raigambre milenaria (fundamentalmente Tartesos, a la que se adjuntaron posteriormente elementos célticos y fenicios) y las grandes corrientes civilizadoras mediterráneas: la griega arcaica y la bíblica.
Pero nunca nos haremos eco de las “mistificaciones” y “falsificaciones” históricas, o de las “medias verdades” (una forma del engaño), entreveradas muchas veces de intereses “ideológicos” cuando no de simple ignorancia o “calentura de cabeza”. Y lo mismo decimos acerca de esos vuelos de poco alcance de quienes sencillamente niegan al mito, y por tanto al símbolo, al confundirlo con lo meramente fantasioso, o un cuento en el sentido más peyorativo del término. El desvarío mistificador y la estrechez de lo literal y del racionalismo a ultranza son rémoras que dificultan cualquier investigación seria sobre el conocimiento de lo que fue, o mejor, es la Antigüedad, que para nosotros es un presente que siempre puede ser actualizado pues constituye el territorio vivo de la Memoria, una entidad que para los griegos era una diosa, Mnemosine, madre de las nueve Musas, una de las cuales, Clío, preside precisamente la Historia.



Figurillas romanas de deidades femeninas. Colección privada


En este sentido las Rutas y Viajes se articularán en torno a las visitas que hagamos a aquellos monumentos, enclaves y conjuntos arqueológicos, núcleos urbanos “históricos”, museos públicos o privados, archivos y bibliotecas, instituciones culturales, etc., que por un motivo u otro han recogido y conservado los testimonios de esa Memoria, ya sea a través del arte, o de cualquier otra expresión que la manifieste, como es el caso de la Numismática, una herramienta muy valiosa para desentrañar o ampliar aspectos de una cultura que no podrían conocerse sin su concurso. De todo ello participa asimismo la Geografía, la “grafía de la tierra”, que como tal también puede ser “leída” e interpretada simbólicamente. Los santuarios y lugares sacralizados de los diferentes pueblos que han habitado la península se sitúan muchas veces en espacios geográficos significativos (cuevas, espesura de los bosques, cimas, montículos, etc.), sin olvidarnos de los caminos de peregrinaje a los centros espirituales.

La Historia, como la Geografía, como la vida humana, es un organismo vivo comprendido dentro de otro más grande que es el propio Cosmos, y las leyes y principios ontológicos y metafísicos que rigen en éste también presiden el destino de las culturas y las civilizaciones, las cuales conforman la substancia de la Historia, y pese a que cada una tiene su singularidad, también han compartido en ocasiones un mismo destino histórico y, en esencia, una concepción del mundo con aquellas existentes en su medio geográfico, aunque esto último no siempre ha sido así, como es el caso de las culturas occidentales, las cuales, al día de hoy, comprenden un extenso y variado territorio que abarca no sólo a Europa (y dentro de ella Rusia) sino también América a partir de su “descubrimiento”, y que durante el período clásico grecorromano integró asimismo el norte de África y el Cercano Oriente, enmarcados dentro de ese "Mare Nostrum", o Mediterráneo, que fue también el espacio sacralizado de la ecúmene griega.


Estrabón. Mapa de Iberia o Hispania pues con ambos nombres la denominó 
Occidente, más que un territorio geográfico es un ámbito cultural forjado por tres civilizaciones estrechamente interrelacionadas entre sí: la griega, la romana y la cristiana (o judeocristiana). Ellas constituyen, en efecto, esa "unidad" conceptual que generó una "imagen" del Mundo que tomó "cuerpo sensible" en la Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, y de la que se ha nutrido desde entonces toda la cultura occidental. Y es dentro de ese ámbito más amplio donde la Historia de España y su cultura encuentran su auténtico sentido y significado. Desligadas de ese ámbito común ambas devienen mutiladas y parciales, que es lo que ha ocurrido en sus épocas más “oscuras”, de las que por cierto ningún pueblo está exento pues a un ciclo de esplendor le sigue otro de decadencia (que coincide casi siempre con el olvido generalizado de sus orígenes), estando esto en concordancia con las leyes cíclicas que rigen la Historia del Mundo. 

La Historia de España deviene así un microcosmos de la Historia Universal, un "mosaico" donde ésta se nos revela en sus lineamientos fundamentales, en sus ideas-fuerza. Pero ella ha de verse en conjunto con su Geografía, pues de lo contrario no se entendería. La heterogeneidad de la geografía peninsular (que incluye a Portugal) en gran medida ha “hecho” a su historia, y todo ese conjunto de pueblos que han desembocado en ella desde tiempo inmemorial, lo hicieron por su situación geográfica, y en gran medida también por su clima templado y la riqueza ubérrima de sus tierras: una península que está situada en el extremo occidental de Eurasia y muy cercana a las costas de África necesariamente ha tenido que recibir en su seno una ingente multitud de culturas procedentes de los más variados lugares. De algunas ha quedado la memoria en forma de vestigios arqueológicos, pero de otras no hay rastro alguno, salvo que de pronto un descubrimiento “fortuito” las haga emerger a la luz del día. Por otro lado, no debemos olvidar que esa posición geográfica ha permitido que los pueblos peninsulares tuvieran un contacto directo tanto con el Mediterráneo como con el Atlántico, ese “Mar Océano”[3] que en un momento dado transportó a sus gentes hacia el descubrimiento de un Nuevo Mundo, el cual cambiaría para siempre la Historia no sólo de España sino de la humanidad entera, dando nacimiento además a una entidad cultural nueva: Hispanoamérica.[4]

Columnas Plus Ultra, "Más Allá"

Si bien algunas Rutas nos llevarán a las civilizaciones de la prehistoria peninsular, sin embargo nuestro interés principal se centrará en aquellas que surgieron con los “tiempos históricos”, esa frontera imprecisa que en el caso peninsular tiene en Tartesos su límite, pues esta civilización participó tanto de un período como del otro, siendo por tanto el nexo de unión entre ambos. Nos encontraremos con ese legado al mismo tiempo que el fenicio-púnico y el griego, el celta y el íbero (y la mezcla de ambos, el celtíbero), el romano y el cristiano, el visigodo y el bizantino, e incluso el árabe, que algunos consideran un “cuerpo extraño” en el organismo de la Historia peninsular, pero que lógicamente no podemos obviar aunque sí aclarar y matizar su verdadera influencia en la cultura española. Tampoco debemos olvidarnos de la presencia judía que no ha dejado grandes monumentos,[5] pero sí una herencia muy sutil que llega hasta nuestros días, y se ha manifestado sobre todo en el ámbito de la literatura, la mística y la filosofía.

Visto con la perspectiva del tiempo, todo ese legado depositado a lo largo de miles de años fue conformando la idiosincrasia propia de los pueblos peninsulares (y que ha determinado también, en diferentes grados, las particularidades propias de cada uno de ellos), los cuales se manifestaron por primera vez como una unidad cultural -Hispania- durante el Imperio romano (“hacedor de pueblos”), unidad que cobraría un impulso renovado en el Renacimiento, haciendo que España se presentara definitivamente ante la Historia Universal como una de sus protagonistas principales.
Y ya que mencionamos el Renacimiento, nos interesa recalcar en estas Rutas que España no estuvo fuera de las grandes corrientes de pensamiento que éste trajo consigo, donde la Tradición clásica revivió de nuevo. Diversos filósofos y pensadores (incluidos los llamados “heterodoxos españoles”) de esa época estuvieron relacionados efectivamente con esa Tradición y con las ideas herméticas y neoplatónicas vigentes en Europa, y esto lo hacemos extensivo también a personajes vinculados de una u otra manera con las distintas cortes españolas: cronistas, embajadores, arquitectos, cancilleres, etc. Por ejemplo, la idea de la Monarquía Hispánica tal cual surge en el siglo XVI, se inspiró en gran medida en la obra política de Dante (y a través de él en la República de Platón), al igual que hizo la Monarquía Isabelina. Recordemos en este sentido que un autor hermético de talla de Tommaso Campanella -autor de esa utopía llamada La Ciudad del Sol-, escribió precisamente su Monarquía Hispánica inspirada en estos dos autores.
Señalar, en fin, que estas Rutas Simbólicas no pretenden ser una “guía cultural” y mucho menos una “guía turística”, aunque naturalmente también pueden ser utilizadas con esos fines. Tampoco hemos seguido un criterio cronológico, sino que más bien ha sido el azar, una cierta intuición y el amor por la aventura y el viaje (es decir bajo los auspicios de Hermes, patrón de los viajeros) los que nos han empujado a emprender estas Rutas por un país, España, que es el nuestro y por tanto el que mejor conocemos; una región del mundo en definitiva, cuya Historia y Geografía, desde la perspectiva del conocimiento simbólico, manifiestan una Cosmogonía Perenne, arquetípica (expresión a su vez de un Ser Universal) y por tanto una manera de acceder a ella, a su comprensión. Consideradas así, esa Historia y esa Geografía se nos presentan entonces como una oportunidad para llevar a cabo, o continuar, con un trabajo de realización interior.
Este es el sentido último que tienen estas Rutas Simbólicas, y la motivación real que nos ha llevado a emprenderlas y comunicar en la medida de lo posible las experiencias en ellas vividas. Como dice Federico González Frías no hay mayor aventura que la del Conocimiento, “es decir, la aventura del viaje interior inmensamente más rica que cualquier Eldorado”.[6]

Hispania. Reverso de una moneda del emperador Adriano



[1] En los que evidentemente también ha intervenido el azar, lo fortuito, lo imprevisto, que son un componente “activo” de la Historia, y donde la de España, tan dilatada y extensa, tiene varios ejemplos entre los que elegir.
[2] El propio Alfonso X afirmaba que era descendiente de Júpiter (el Zeus griego), es decir que su genealogía tenía un origen divino. Por otro lado la elección de esta deidad dice mucho acerca del vínculo que el rey castellano mantenía con la cultura greco-latina, de la que se consideraba heredero. La "idea de España" del rey sabio será un tema que sin duda trataremos en estas páginas.
[3] Del Atlántico recibe el nombre la antediluviana Atlántida, que pese a su lejanía en el tiempo siempre ha estado presente de una u otra manera en el imaginario colectivo de Occidente (al que han contribuido los relatos que sobre ella ha escrito Platón en algunos de sus libros), y dentro de él la propia España, pues no hay que olvidar que una de las colonias atlantes fue muy probablemente la civilización de Tartesos en su período prehistórico, anterior a las invasiones de los pueblos indoeuropeos y mediterráneos.
[4] Por tanto, en algunas de nuestras Rutas tendremos en cuenta inevitablemente la realidad de esa entidad cultural. Desde hace más de 500 años España tampoco puede entenderse sin Hispanoamérica, y viceversa. Recordemos también que cuando se llevó a cabo la aventura atlántica, impulsada sobre todo por la Corona de Castilla, la Corona de Aragón (que incluía el Condado de Cataluña, el Reino de Valencia y el de Mallorca) ya había emprendido con anterioridad su particular aventura mediterránea. De ella nacerían fuertes vínculos con países que durarían siglos, sobre todo con determinados reinos italianos como el de Nápoles, Sicilia, Córcega y Cerdeña, así como otros territorios de Grecia. Todos ellos estuvieron integrados en la Corona de Aragón.
[5] Excepción hecha de las sinagogas que existieron en las juderías repartidas por toda la geografía peninsular, algunas convertidas en iglesias, pero otras todavía conservando su estructura como la del Tránsito en Toledo y la de Córdoba.
[6] Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, cap. X.