Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer también una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)


lunes, 12 de febrero de 2018

El Inca Garcilaso de la Vega. Cronista de la Tradición Incaica y Hombre del Renacimiento (1 Parte)

Inca Garcilaso de la Vega

No creemos que sea mera coincidencia que en torno al día 23 de Abril de 1616, hace exactamente 400 años, dejaran este mundo tres de los más insignes representantes de la literatura universal: William Shakespeare, Miguel de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega. Como hubiera dicho el propio Shakespeare en una de sus obras, algo querrán decirnos con esto los hados que rigen los destinos de los hombres, y tal vez alguna conclusión sacaremos al respecto a lo largo de nuestro discurso, que pretende ser una aproximación a la figura del Inca Garcilaso de la Vega, considerándolo como el primer cronista que supo transmitir a la cultura europea lo que en realidad fue la tradición incaica, una de las grandes civilizaciones de la Historia. Asimismo, queremos dejar constancia de su dimensión como humanista perteneciente a la corriente neoplatónica del Renacimiento. 

El Inca Garcilaso nace el 12 Abril de 1539 en el Cuzco, la capital del Imperio Inca. Era hijo de la princesa indígena Isabel Chimpu Ocllo, sobrina del Inca Huayna Cápac y nieta del antepenúltimo Inca Túpac Yupanqui. 

Su padre fue el capitán extremeño Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas, el cual descendía de una prestigiosa familia de la nobleza extremeña, los Suárez de Figueroa, quienes fueron titulares del Ducado de Feria, uno de los más importantes de España. De hecho, y por voluntad expresa de su padre, nuestro protagonista fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa y Vargas y sólo más tarde, estando ya en España, el propio Inca se lo cambiaría por el de Garcilaso de la Vega, que era también el del famoso poeta del mismo nombre, su tío abuelo el toledano Garcilaso de la Vega. Precisamente, en su línea genealógica paterna encontramos personajes tan relevantes como el Marqués de Santillana y Jorge Manrique (autor de las famosísimas “Cartas a la muerte de su padre”), o bien Fernán Pérez de Guzmán y Garci Sánchez de Badajoz, por nombrar sólo a unos cuantos, pero muy representativos, de su poblada familia española.

La princesa Isabel Chimpu Ocllo, madre del Inca Garcilaso

A la edad de 21 años el Inca Garcilaso llega a España procedente de su Cuzco natal, instalándose poco tiempo después en Montilla acogido por su tío paterno Alonso de Vargas, quien lo introducirá en los círculos intelectuales de Sevilla y sobre todo de Córdoba donde se encontrará rodeado de historiadores, arqueólogos, anticuarios y hebraístas, así como de teólogos vinculados muchos de ellos a la Compañía de Jesús, que en aquella época, en pleno Renacimiento, estaba muy abierta a las ideas herméticas y neoplatónicas. Merecen destacarse a los historiadores Ambrosio de Morales y Bernardo de Alderete, o a Francisco de Castro y a Juan de Pineda, al hebraísta Jerónimo de Prado (de quien recibirá consejos en su traducción de Los Diálogos de Amor de León Hebreo) y a Francisco Fernández de Córdoba, emparentado con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

Al igual que Shakespeare y Cervantes, el Inca Garcilaso no fue ajeno al espíritu del Renacimiento, una época de grandes contrastes, como son todas aquellas que traen consigo un cambio de ciclo histórico. Pero un cambio que en este caso aún no se había consumado, pues todavía permanecían las estructuras culturales de la Edad Media, aunque en contrapartida ya se habían incubado las ideas que traerán el tiempo por venir, cuyo desarrollo dará lugar al mundo moderno y a la idea del “progreso indefinido”. Los motores principales de ese cambio serán la “revolución científica”, con Copérnico a la cabeza, y el desarrollo de ciertas ideas en franca decadencia de la filosofía escolástica que hacia la mitad del siglo XVII alumbrarán el “racionalismo” de Descartes, cuando aquellos vientos renovadores que trajeron el Renacimiento ya habían dejado de soplar.

Pero si algo distingue al periodo renacentista es el regreso de la tradición greco-romana. En efecto, el Renacimiento no sólo recibirá lo que todavía seguía estando vivo del arte y del pensamiento medieval, sino que él se distinguirá por la recuperación de la Cultura clásica, cuyas ideas volverán a brillar con fuerza durante el primer Renacimiento (el Quattrocento), recogiendo así una tendencia que ya estaba en la obra de los “Fieles de Amor”, corriente del Hermetismo cristiano que existió en Italia y otros lugares de Europa entre los siglos XIII y XIV, y a la que pertenecieron, entre otros, Guido Cavalcanti, Dante, Boccaccio y Petrarca. 
 
Ellos fueron precursores de ese humanismo renacentista de raigambre hermética y neoplatónica que comprendió la importancia que el legado de la Antigüedad tenía como una fuente de renovación de las ideas y por consiguiente de las mentalidades. Para los hombres y mujeres del Quattrocento (imbuidos de una concepción cíclica del tiempo en conformidad con todas las civilizaciones tradicionales) el progreso se entendía como una vuelta a los valores de la Antigüedad. No consideraban a ésta algo fenecido y superado por la Historia, sino que por el contrario veían en ella un modelo donde poder alimentar su genio creativo, abriendo así nuevas perspectivas y renovando la herencia recibida de su propia Tradición cultural. 
El Inca Garcilaso nace el 12 Abril de 1539 en el Cuzco, la capital del Imperio Inca. Era hijo de la princesa indígena Isabel Chimpu Ocllo, sobrina del Inca Huayna Cápac y nieta del antepenúltimo Inca Túpac Yupanqui.

Su padre fue el capitán extremeño Sebastián Garcilaso de la Vega Vargas, el cual descendía de una prestigiosa familia de la nobleza extremeña, los Suárez de Figueroa, quienes fueron titulares del Ducado de Feria, uno de los más importantes de España. De hecho, y por voluntad expresa de su padre, nuestro protagonista fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa y Vargas y sólo más tarde, estando ya en España, el propio Inca se lo cambiaría por el de Garcilaso de la Vega, que era también el del famoso poeta del mismo nombre, su tío abuelo el toledano Garcilaso de la Vega. Precisamente, en su línea genealógica paterna encontramos personajes tan relevantes como el Marqués de Santillana y Jorge Manrique (autor de las famosísimas “Cartas a la muerte de su padre”), o bien Fernán Pérez de Guzmán y Garci Sánchez de Badajoz, por nombrar sólo a unos cuantos, pero muy representativos, de su poblada familia española.

A la edad de 21 años el Inca Garcilaso llega a España procedente de su Cuzco natal, instalándose poco tiempo después en Montilla acogido por su tío paterno Alonso de Vargas, quien lo introducirá en los círculos intelectuales de Sevilla y sobre todo de Córdoba donde se encontrará rodeado de historiadores, arqueólogos, anticuarios y hebraístas, así como de teólogos vinculados muchos de ellos a la Compañía de Jesús, que en aquella época, en pleno Renacimiento, estaba muy abierta a las ideas herméticas y neoplatónicas. Merecen destacarse a los historiadores Ambrosio de Morales y Bernardo de Alderete, o a Francisco de Castro y a Juan de Pineda, al hebraísta Jerónimo de Prado (de quien recibirá consejos en su traducción de Los Diálogos de Amor de León Hebreo) y a Francisco Fernández de Córdoba, emparentado con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.

Al igual que Shakespeare y Cervantes, el Inca Garcilaso no fue ajeno al espíritu del Renacimiento, una época de grandes contrastes, como son todas aquellas que traen consigo un cambio de ciclo histórico. Pero un cambio que en este caso aún no se había consumado, pues todavía permanecían las estructuras culturales de la Edad Media, aunque en contrapartida ya se habían incubado las ideas que traerán el tiempo por venir, cuyo desarrollo dará lugar al mundo moderno y a la idea del “progreso indefinido”. Los motores principales de ese cambio serán la “revolución científica”, con Copérnico a la cabeza, y el desarrollo de ciertas ideas en franca decadencia de la filosofía escolástica que hacia la mitad del siglo XVII alumbrarán el “racionalismo” de Descartes, cuando aquellos vientos renovadores que trajeron el Renacimiento ya habían dejado de soplar.

Pero si algo distingue al periodo renacentista es el regreso de la tradición greco-romana. En efecto, el Renacimiento no sólo recibirá lo que todavía seguía estando vivo del arte y del pensamiento medieval, sino que él se distinguirá por la recuperación de la Cultura clásica, cuyas ideas volverán a brillar con fuerza durante el primer Renacimiento (el Quattrocento), recogiendo así una tendencia que ya estaba en la obra de los “Fieles de Amor”, corriente del Hermetismo cristiano que existió en Italia y otros lugares de Europa entre los siglos XIII y XIV, y a la que pertenecieron, entre otros, Guido Cavalcanti, Dante, Boccaccio y Petrarca. Ellos fueron precursores de ese humanismo renacentista de raigambre hermética y neoplatónica que comprendió la importancia que el legado de la Antigüedad tenía como una fuente de renovación de las ideas y por consiguiente de las mentalidades. Para los hombres y mujeres del Quattrocento (imbuidos de una concepción cíclica del tiempo en conformidad con todas las civilizaciones tradicionales) el progreso se entendía como una vuelta a los valores de la Antigüedad. No consideraban a ésta algo fenecido y superado por la Historia, sino que por el contrario veían en ella un modelo donde poder alimentar su genio creativo, abriendo así nuevas perspectivas y renovando la herencia recibida de su propia Tradición cultural.

En el caso del Inca Garcilaso, el interés por la Antigüedad Clásica es el mismo que siente hacia la Tradición de sus antepasados incaicos, cuya memoria reivindicará en las tres obras que nos legó: La Florida del Inca: historia del adelantado Hernando de SotoLos Comentarios Reales de los Incas, y La Conquista del Perú, este último título dedicado a su padre. También escribió Relación de la Descendencia del famoso Garci Pérez de Vargas, un antepasado suyo del siglo XIII que estuvo en las campañas por la reconquista de Andalucía junto a Fernando III el Santo y su hijo Alfonso X el Sabio, y al que hemos de añadir a la lista de sus familiares españoles ilustres.1




 
Como estamos viendo, el Inca Garcilaso perteneció tanto a la nobleza incaica como a la española, y esta doble condición marcaría sin duda alguna su destino, que según nuestro criterio fue el de haber tomado clara conciencia de lo que significa ser heredero de una cadena humana que tuvo entre sus eslabones a verdaderos “padres de la patria”, según el concepto romano de esta expresión, es decir los fundadores, conservadores y transmisores de una cultura y una civilización, tanto por parte americana como española. En definitiva, comprendió que tenía una misión en la vida por encima de todo lo demás, sabiendo de las circunstancias no siempre favorables que tuvo que afrontar para tamaña empresa: la de hacer de puente entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Dos realidades histórico-geográficas y culturales que indudablemente logró conciliar en sí mismo, según veremos más adelante.

Como íbamos diciendo, la influencia de la Antigüedad Clásica en el Renacimiento se hace palpable en la arquitectura y el arte en general, pero también en el ámbito del pensamiento, que pivotará en torno a la obra de Platón y los neoplatónicos, y que tendrá en Italia, especialmente en Florencia, su principal foco de difusión, como lo tendrá también el Hermetismo gracias a las traducciones del Corpus Hermeticum llevadas a cabo por la Academia Platónica de Florencia, nacida bajo el mecenazgo de Cosme de Medici y dirigida por Marsilio Ficino, pues fue él quien gracias a sus traducciones y comentarios tejió esa íntima conexión entre Platón, Hermes Trismegisto y el Cristianismo. Ficino, y otros miembros de la Academia florentina, era uno de los autores que nuestro Inca tenía en su biblioteca junto a los ya nombrados Dante, Boccaccio y Petrarca, y en la que abundaban obras de Filosofía, Literatura y Arte de todos los tiempos. El Inca Garcilaso fue un gran bibliófilo, y llegó a conformar una auténtica biblioteca renacentista de varios cientos de ejemplares, que para la época era un volumen importante, y donde estaban representadas todas las ramas del saber.


La biblioteca de la Casa del Inca Garcilaso. Montilla, Córdoba
 
Se destacan también las obras sobre Historia, y así encontramos autores como Herodoto, Tucídides, Polibio, Suetonio, Tito Livio, Plutarco, e incluso a Julio César, autor de la Guerra de las Galias y la Guerra de Hispania, sin olvidarnos de Flavio Josefo, etc. El Inca Garcilaso tenía un verdadero interés por la Historia, hasta el punto que, hablando con propiedad, su obra debe enmarcarse dentro de esta disciplina, en sentido amplio. La Historia, ligada con el Tiempo, lo está por ello mismo con la memoria, y en este sentido es un vehículo del pensamiento, constituyendo una vía legítima de Conocimiento.

El hecho de que la Historia esté presidida por una Musa, Clío, implica necesariamente la relación de aquella con las demás ciencias y artes regidas por sus otras hermanas, hijas todas de Mnemosine (la Memoria) y Zeus. Se conoce además la íntima relación de las Musas con Apolo, el dios solar y de la luz del Intelecto, y con Atenea, la diosa de la Sabiduría. Una de ellas, Urania, preside la Astronomía y en consecuencia los ritmos y ciclos cósmicos, cuyas pautas regulan el proceso y acontecer de la vida y la historia de los hombres. Otra es Calíope, la que inspira la poesía épica, es decir la narración de los hechos ejemplares y míticos llevados a cabo por los dioses y los héroes. 

Con esto queremos señalar que en la Historia (cuya memoria Clío secretamente conserva en el libro que siempre la acompaña) conviven y se entrelazan constantemente el tiempo cíclico, donde se desarrolla la existencia humana, con el tiempo mítico que viven los dioses y héroes divinizados (o en proceso de divinización), cuyas hazañas intentan imitar todos aquellos que habiendo deseado ser recibidos en el Palacio de la Sabiduría, buscan una salida a la reincidencia cíclica para penetrar en ese “otro tiempo” al encuentro con su verdadero destino, que es celeste y olímpico. Bajo esta perspectiva la Historia se hace universal y se adentra en el vasto territorio del Alma del Mundo (análoga al alma humana), que también podría llamarse el Gran Teatro del Mundo, presidido por Melpómene y Talía.

 


Edición francesa de Los Comentarios Reales,
o La Historia de los Incas. Reyes del Perú.
París, 1633

En cierto modo el Renacimiento es un periodo de transición, aunque por otro lado constituye un ciclo en sí mismo perfectamente definido dentro de la historia de Occidente. Pero es cierto que una de sus características es la de hacer de gozne o de intermediación entre dos épocas, la antigua y la moderna, y esto es precisamente lo que la convierte en una época singular, pues lejos de representar un periodo convulso como lo fueron otros momentos semejantes (por ejemplo, el que tuvo lugar tras la caída del Imperio romano), en el Renacimiento se produce todo lo contrario: es, como indica su nombre, un renacer de la cultura occidental, que se expresa como una especie de síntesis donde convergen las distintas corrientes de esa cultura, y no sólo la Griega y la Romana, sino también la que procede de Egipto y de la Alejandría helenística, cuna del Hermetismo, y por supuesto del Cristianismo y la Cábala, es decir la teosofía judía, que surge precisamente en el Mediodía francés y en España, donde alcanza su máximo esplendor en el siglo XIII, concretamente en las juderías de Castilla y Cataluña.

Con la expulsión de los judíos no conversos de España en 1492 también se fueron muchos cabalistas, que se dirigirán a distintos países europeos, entre ellos Italia, donde contactaron con los neoplatónicos y hermetistas cristianos, entre ellos Pico de la Mirándola (otro pilar del Renacimiento perteneciente a la Academia Platónica de Florencia), quien elaboraría la primera síntesis que daría nacimiento a la Cábala Cristiana, que no se entendería efectivamente sin el componente neoplatónico y hermético.2

Debemos tener en cuenta que el Renacimiento estuvo presidido por el espíritu de la concordia, y la convergencia cultural entre las distintas corrientes y tradiciones a la que aludimos no es sino una de las manifestaciones de ese espíritu. Retengamos esta palabra, concordia, o armonía, pues será, junto a la de utopía, una de las ideas-fuerza del Renacimiento, y con las que el Inca Garcilaso construirá no sólo su obra literaria, sino también la que iluminará sus más íntimos pensamientos y dará paz y sosiego a su alma. La búsqueda de esa armonía, de esa “unión de los contrarios” como utopía posible de ser vivida, hacen del Inca Garcilaso un genuino representante de la época renacentista, casi un símbolo de ella. Su “mestizaje” racial es también el de dos culturas: la americana y la europea, aparentemente contradictorias, pero que supo conciliar y concordar en sí mismo al comprender que no eran realidades incompatibles.

Esa comprensión es sin duda fruto de su filiación con la obra de los neoplatónicos, que llega a conocer en profundidad gracias a su traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo,3 que lo estimula a consultar y a proveerse de aquellos libros que recogen el pensamiento platónico y las ideas que lo expresan. De ahí que en su biblioteca se encuentren, además de los neoplatónicos, también Aristóteles (discípulo de Platón), Cicerón, Séneca, Virgilio, Ovidio, Filón de Alejandría, Flavio Josefo, el ya nombrado Fray Luis de León, Dante, Boccaccio, Petrarca, Baltasar Castiglione, Ludovico Ariosto, Francesco Guicciardini, por supuesto León Hebreo (de nombre judío Judá Abravanel) con varias ediciones de los Diálogos de Amor, etc., ocupando un lugar central las obras de Marsilio Ficino como antes hemos dicho, y por supuesto las de Pico de la Mirandola. Los Diálogos de Amor son igualmente un tratado de Hermetismo, y en ellos no está desde luego ausente el mensaje cristiano, y por supuesto la Cábala, la tradición de sus antepasados, que fue también la suya.
 
 
Edición del s. XVI de los Diálogos de Amor.
 
 
A este respecto, debemos decir que el Inca respetó mucho al pueblo hebreo y su cultura, y pensamos que no fue por casualidad que eligiera traducir estos Diálogos de Amor escritos por un judío, que además era sefardita.4 El Inca conocía la obra de varios “conversos” españoles y estaba familiarizado con las corrientes “heterodoxas” que corrían por España en esa época, o sea que era un hombre muy abierto en cuanto a recibir todo tipo de influjos que estuvieran en la senda del conocimiento de la Filosofía Perenne. Entre esos conversos cuyas obras tenía en su biblioteca señalaremos a Luis Vives y al ya citado y Fray Luis de León, a Fernando de Rojas, Antonio Montoro y Huarte de San Juan. Conocía además la Gramática Castellana de otro converso, Antonio de Nebrija, los Diarios de Cristóbal Colón y las crónicas históricas de Baltasar Morelos, Cieza de León y Pedro Mexía.5

El Inca Garcilaso, en cierto modo desarraigado de su tierra natal peruana, llegó a identificar en los Comentarios Reales su situación con la del pueblo judío, pero además tuvo acceso a las obras de dos insignes judíos de los primeros siglos de nuestra era: el neoplatónico Filón de Alejandría y Flavio Josefo, el uno conocedor en profundidad de la filosofía griega, la que concilió con el judaísmo, y el otro un judío romanizado que conocía perfectamente la historia y la antigua tradición de sus padres, como lo demuestran sus dos obras principales: Antigüedades Judaicas y Guerra de los Judíos, que también le sirvieron al Inca como modelo para los Comentarios Reales y sus otros libros.6

Resaltar asimismo, y en relación con lo que estamos tratando, que a través de Filón y del historiador Flavio Josefo, nuestro autor penetra en el mundo alejandrino y advierte la vasta obra de síntesis y de conciliación entre doctrinas aparentemente contrarias que se realizó en esa época de esplendor, y es indudable que esto lo estimula y le ayuda a comprender su propia situación existencial, y lo que es más importante para nosotros: la dimensión que podrá adquirir su labor como cronista que desea perpetuar la memoria de la Tradición incaica y de todo cuanto aconteció durante la conquista del Perú, que él recoge en la Historia de la conquista del Perú, su otro gran libro, y que en realidad era una continuación de los Comentarios Reales.

En el artículo de Carmen Durand citado anteriormente en nota, la autora recalca la influencia de los Diálogos de León Hebreo en el Inca Garcilaso, y destaca algunas analogías entre la cosmovisión de los Incas y la de los neoplatónicos que el propio Inca establece en los Comentarios Reales:


“Efectivamente varios lazos unen a los peruanos con los neoplatónicos. El corazón, sede de la fuerza vital del hombre según León [Hebreo], es también, para Garcilaso, la sede de la memoria. Manco Cápac, el primer Inca, inicia el culto solar. En los Comentarios, este monarca –que se parece como un gemelo a la alegoría de Júpiter hecha por León– ordena a sus sujetos venerar al astro en signo de gratitud por sus beneficios naturales, cuando les enviaba luz y calor… ‘El Sol y la Luna les habían enviado a los Incas dos hijos para sacarlos del salvajismo’. El amor civilizador de los Incas guía sus conquistas.

El culto solar vale a los Incas de ser integrados en la filosofía universal de León, como una variante andina, “antártica”, para emplear una palabra que le gustaba mucho al Inca. En los Diálogos, Filón explica a Sofía que la luz del sol depende de la luz del entendimiento divino y la sirve; la luna es la imagen del mundo, del cual procede. Todos los pueblos poseen una parcela de esa luz divina, de esa unidad. Garcilaso traspuso también al mundo andino la noción de ánima, otra manera de trascender los cultos telúricos y paganos. De todos modos, las huacas podían también ser interpretadas a través de las nociones neoplatónicas ya que, como lo argumenta Filón, se divinizan los elementos naturales no sólo por su grandeza sino porque cada uno de esos elementos estaba gobernado por la virtud espiritual y participaba de la divinidad intelectual."7

En verdad, y como señala Federico González (Las Utopías Renacentistas, cap. XI), los Diálogos de Amor pueden ser considerados también como una utopía, y el diálogo habido entre el Filón y la Sabiduría va trazando, como el propio Federico afirma, una arquitectura sutil que se va conformando gracias a la intervención del Eros divino como elemento aglutinador de todo lo creado.

Todo esto nos lleva a retomar de nuevo la idea de que no puede haber concordia o conciliación a los niveles a los que estamos haciendo referencia sin la fuerza del Amor, que es el que según los Comentarios Reales guiaba a los Incas en su labor civilizadora. Hesíodo habla de él como uno de los dioses más antiguos, sugiriendo así que estuvo presente en la gestación del Mundo, y por ello mismo es imprescindible su presencia en toda obra que pretende precisamente recrear la Obra original y primigenia, y la idea de civilización y su plena actualización es un ejemplo de ello.

Así ocurre también entre los seres humanos y con cada uno de nosotros en particular. Como señala Platón en El Banquete, el amor enlaza entre sí a todas las cosas del Universo, y cuando se trata del Amor intelectual, el más poderoso y desprendido de todos los amores, entonces el único interés que nos mueve bajo su influjo es la búsqueda y la unión con la Sabiduría, en el grado que esto fuere y bajo la acción que nos haya sido encomendada por la Providencia. Leemos lo siguiente en los Diálogos de Amor, transcribiendo una de las citas recogidas por Federico González de la traducción que hizo precisamente el Inca Garcilaso:

“FILÓN.- Ya es tiempo de decírtelo. Bien sabes que el mundo fue, mediante el amor, producido del sumo Criador; porque, mirando el sumo Bien la inmensa hermosura suya, y amándola, y ella a él como a sumo hermoso, produjo o engendró, a semejanza de su hermosura, al hermano universo: el fin del amor es, como dice Platón, parto en hermoso. Producido, pues, el universo del sumo Criador suyo a semejanza o a imagen de su inmensa sabiduría, nació el amor del Criador acerca de ese universo, no como de imperfecto a perfecto, sino como de perfectísimo superior a menos perfecto inferior, y como del padre al hijo y el de la causa a su efecto singular; por lo cual el fin de este amor no es alcanzar hermosura que falte al amante, ni por deleitarse en la unión del amado, sino por hacer alcanzar al amado mayor perfección, de la cual faltaría sino la adquiriese por el amor del amante y por deleitarse ese divino amante en la hermosura mayor, la cual el amado universo alcanza mediante su divino amor, como acaece en todos los amores de las causas a sus cuatro efectos, de los superiores a los inferiores, de los padres a los hijos, del maestro al discípulo y de todos los bienhechores a los que reciben sus beneficios. Que su amor de ellos es deseo que su inferior arribe al grado mayor de la perfección y hermosura en la unión, de la cual se deleita, ese amante con ese amado; y esta delectación del amante, que recibe en la perfección y hermosura del amado, es el fin del amor de ese amante”.

Francisco Ariza

Continuará


NOTAS
*
Este trabajo inauguró las Primeras Jornadas Interculturales “El camino del Inca”, que tuvieron lugar en Montemayor (Córdoba) entre los días 21 y 23 de Abril de 2016. Posteriormente, hemos ampliado ciertas ideas sobre la obra del Inca Garcilaso. Asimismo, queremos dejar constancia que la enseñanza acerca del mundo incaico que el Inca refleja en muchos pasajes de su libro no la podríamos haber advertido si nuestro conocimiento acerca de la América Precolombina no hubiera sido informado y conformado previamente por la manera en que nos lo transmitió Federico González en tantas y tantas ocasiones en que nos habló del mundo indígena, y por supuesto a través de su obra El Simbolismo Precolombino. Cosmovisión de las Culturas Arcaicas, donde refleja perfectamente su pensamiento acerca de la Sabiduría y la Cosmogonía de estas tradiciones, entre las más importantes del mundo.
1
En un principio pensó incluir ese texto en La Florida del Inca, lo que finalmente no llevó a cabo.
2
Recordando nuevamente a Shakespeare y a Cervantes, ellos, al igual que el Inca Garcilaso, estuvieron influenciados por todas estas corrientes de pensamiento. En efecto, es evidente en las obras de uno y otro la presencia fecunda de la Tradición Clásica, incluyendo asimismo todo cuanto se refiere a las órdenes de caballería, sus mitos y leyendas que describen las hazañas y aventuras de los héroes y que beben por igual del Hermetismo como de las fuentes griegas y romanas, de su poética y la visión estoica y simultáneamente dionisíaca de la vida.
Por otro lado, algunos investigadores también han visto en ciertas obras de   Shakespeare la huella de la Cábala, o al menos cierta influencia, lo cual no   debe extrañarnos pues él vivió inmerso en el ambiente del Renacimiento Isabelino, que acogió en su seno las corrientes cabalístico-cristianas que llegaban del continente europeo; algunos han querido ver esa huella en el Quijote cervantino, y lo cierto es que Cervantes conoció y citó en sus obras el libro de León Hebreo. Lo que sí se sabe con certeza es que el esoterismo judío influiría en cierta medida en otros contemporáneos españoles de Shakespeare y Cervantes, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y Fray Luis de León.
3
Esta traducción la termina hacia 1590, publicándose bajo el título La Traducción del Indio de los Tres Diálogos de Amor de León Hebreo.
4
Era oriundo de Portugal, aunque su familia se trasladó a Castilla, donde León Hebreo llegaría a ser médico de los Reyes Católicos, antes de su expulsión que le llevaría a Italia.
5
Ver Carmen Durand: “El Mundo Andino en la primera globalización”, artículo incluido en la obra colectiva Ante el Espejo Trizado. Diálogos entre las culturas. Coloquio internacional. México, 2003.
6
Para el Inca Garcilaso existía un paralelismo entre Roma y el Cuzco: ambas fueron las precursoras y anticiparon la llegada del Cristianismo.
7
Ibíd.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Rutas Simbólicas. Presentación

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro añorado amigo y guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y que no tiene por qué contraponerse a la que se explica habitualmente desde la mayoría de medios oficiales. Es evidente que los hechos históricos han quedado “fijados” en el tiempo y son irrebatibles: ocurrieron sin más. Ahora bien, otra cosa es la lectura que se haga de ellos, pues no es menos cierto que en el plano histórico (y no sólo en él) todo aquello que se “expresa” y se “exterioriza” responde siempre a una serie de pulsiones internas generadas en última instancia por ideas-fuerza que al interrelacionarse entre sí generan la trama sutil sobre la que se inscriben los hechos históricos; éstos y los procesos a los que pueden dar lugar en el tiempo y el espacio son por tanto símbolos que manifiestan a su modo esas realidades internas, que son en verdad los auténticos motores que los promueven, estimulan e impulsan.



Con Federico González en la terraza de su casa de Barcelona. Verano del 2014
Nosotros, que pertenecemos a la Escuela de Pensamiento creada por Federico González Frías y sustentada en su obra cosmogónica y metafísica, estamos convencidos que el símbolo y su lenguaje es el instrumento más eficaz para penetrar en el sentido último de la realidad de las cosas. Y cuando esas cosas son las de la Historia, en este caso de España, tenemos que recurrir necesariamente a la lectura que el símbolo nos brinda para conocer las causas profundas que promovieron los hechos más significativos que la conformaron[1] y que no siempre son los más evidentes, a veces hasta totalmente ignorados, o simplemente considerados como de menor importancia, y es aquí, precisamente, que el tener un conocimiento del símbolo (que recordemos es polivalente y nos ofrece diversas lecturas de una misma realidad gracias a las leyes de las analogías) puede hacernos prestar atención a un hecho concreto y determinado que no tiene aparentemente ningún valor desde el punto de vista de cierta historiografía, pero que se muestra como una clave necesaria para desentrañar el contexto no sólo histórico, político o económico en el que ese hecho se inserta, sino también y sobre todo la realidad vital y espiritual sobre la que pivota, la que finalmente se nos revela gracias a la interpretación simbólica, a la exégesis hermenéutica.
Debemos tener presente que los hechos históricos que nos vienen de la Antigüedad no están desligados de la realidad espiritual vivida por sus protagonistas, y por ella entendemos también la que se experimenta a través de los mitos y las leyendas basadas en ellos. Los mitos siempre han existido porque transmiten la posibilidad de vivir una épica claramente definida en su intención más profunda: la de entrar en contacto con un tiempo que no transcurre de la misma manera que el tiempo ordinario, y donde subsiste perennemente la venerable memoria de los antepasados y héroes civilizadores, cuyas aventuras relatadas a través del mito  describen en realidad las andanzas de los dioses creadores. Una memoria, pues, que lleva implícita la enseñanza de una Cosmogonía y que debe ser traída a la cotidianidad del presente de cada época histórica para que la siga nutriendo de sentido, para que no se olviden los actos ejemplares, sagrados, de lo que “fue hecho en el principio”, y que generaron la cultura donde se ha nacido, a falta de la cual el hombre está irremediablemente perdido en un mundo sin significado.
Nos vamos a encontrar con muchos mitos y leyendas en estas Rutas por España que hacen referencia a la realidad que ellos manifiestan: por ejemplo el de Heracles-Hércules (equivalente al Melqart fenicio), el de Tubal y su linaje, el de Noé y Jafet, el de Gerión, Erytheia, Hermes, Norax, Héspero, Hispan, Gárgoris, Habis, Argantonios, el mito de la “Tabla de Salomón”, etc. Todos ellos han sido recogidos por ciertos cronistas clásicos, visigodos y medievales, entre ellos Hesíodo, Estesíchoro, Justino, San Isidoro, Rodrigo Jiménez de Rada (el Toledano) y Alfonso X el Sabio[2] entre otros, a los que se añadirían posteriormente los compiladores del Renacimiento y del Barroco (Joan Margarit, Diego Rodríguez de Almela, Juan Annio de Viterbo, Lucio Marineo Sículo, Enrique Flórez, etc.).



Bronce fenicio. Museo Arqueológico de Cádiz

Lejos de considerar a estos personajes míticos meras “fabulaciones” como algunos aseguran, se trata más bien, en el pensamiento de quienes los recibieron, recrearon y transmitieron, de vincular el origen de un país, en este caso España (o Hispania, o Iberia), con tradiciones y civilizaciones de las que verdaderamente se consideraban sus herederos culturales y espirituales, y que están perfectamente atestiguadas por la Arqueología. Por un lado, las tradiciones y dinastías divinas propiamente “autóctonas” de raigambre milenaria (fundamentalmente Tartesos, a la que se adjuntaron posteriormente elementos célticos y fenicios) y las grandes corrientes civilizadoras mediterráneas: la griega arcaica y la bíblica.
Pero nunca nos haremos eco de las “mistificaciones” y “falsificaciones” históricas, o de las “medias verdades” (una forma del engaño), entreveradas muchas veces de intereses “ideológicos” cuando no de simple ignorancia o “calentura de cabeza”. Y lo mismo decimos acerca de esos vuelos de poco alcance de quienes sencillamente niegan al mito, y por tanto al símbolo, al confundirlo con lo meramente fantasioso, o un cuento en el sentido más peyorativo del término. El desvarío mistificador y la estrechez de lo literal y del racionalismo a ultranza son rémoras que dificultan cualquier investigación seria sobre el conocimiento de lo que fue, o mejor, es la Antigüedad, que para nosotros es un presente que siempre puede ser actualizado pues constituye el territorio vivo de la Memoria, una entidad que para los griegos era una diosa, Mnemosine, madre de las nueve Musas, una de las cuales, Clío, preside precisamente la Historia.



Figurillas romanas de deidades femeninas. Colección privada


En este sentido las Rutas y Viajes se articularán en torno a las visitas que hagamos a aquellos monumentos, enclaves y conjuntos arqueológicos, núcleos urbanos “históricos”, museos públicos o privados, archivos y bibliotecas, instituciones culturales, etc., que por un motivo u otro han recogido y conservado los testimonios de esa Memoria, ya sea a través del arte, o de cualquier otra expresión que la manifieste, como es el caso de la Numismática, una herramienta muy valiosa para desentrañar o ampliar aspectos de una cultura que no podrían conocerse sin su concurso. De todo ello participa asimismo la Geografía, la “grafía de la tierra”, que como tal también puede ser “leída” e interpretada simbólicamente. Los santuarios y lugares sacralizados de los diferentes pueblos que han habitado la península se sitúan muchas veces en espacios geográficos significativos (cuevas, espesura de los bosques, cimas, montículos, etc.), sin olvidarnos de los caminos de peregrinaje a los centros espirituales.

La Historia, como la Geografía, como la vida humana, es un organismo vivo comprendido dentro de otro más grande que es el propio Cosmos, y las leyes y principios ontológicos y metafísicos que rigen en éste también presiden el destino de las culturas y las civilizaciones, las cuales conforman la substancia de la Historia, y pese a que cada una tiene su singularidad, también han compartido en ocasiones un mismo destino histórico y, en esencia, una concepción del mundo con aquellas existentes en su medio geográfico, aunque esto último no siempre ha sido así, como es el caso de las culturas occidentales, las cuales, al día de hoy, comprenden un extenso y variado territorio que abarca no sólo a Europa (y dentro de ella Rusia) sino también América a partir de su “descubrimiento”, y que durante el período clásico grecorromano integró asimismo el norte de África y el Cercano Oriente, enmarcados dentro de ese "Mare Nostrum", o Mediterráneo, que fue también el espacio sacralizado de la ecúmene griega.


Estrabón. Mapa de Iberia o Hispania pues con ambos nombres la denominó 
Occidente, más que un territorio geográfico es un ámbito cultural forjado por tres civilizaciones estrechamente interrelacionadas entre sí: la griega, la romana y la cristiana (o judeocristiana). Ellas constituyen, en efecto, esa "unidad" conceptual que generó una "imagen" del Mundo que tomó "cuerpo sensible" en la Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, y de la que se ha nutrido desde entonces toda la cultura occidental. Y es dentro de ese ámbito más amplio donde la Historia de España y su cultura encuentran su auténtico sentido y significado. Desligadas de ese ámbito común ambas devienen mutiladas y parciales, que es lo que ha ocurrido en sus épocas más “oscuras”, de las que por cierto ningún pueblo está exento pues a un ciclo de esplendor le sigue otro de decadencia (que coincide casi siempre con el olvido generalizado de sus orígenes), estando esto en concordancia con las leyes cíclicas que rigen la Historia del Mundo. 

La Historia de España deviene así un microcosmos de la Historia Universal, un "mosaico" donde ésta se nos revela en sus lineamientos fundamentales, en sus ideas-fuerza. Pero ella ha de verse en conjunto con su Geografía, pues de lo contrario no se entendería. La heterogeneidad de la geografía peninsular (que incluye a Portugal) en gran medida ha “hecho” a su historia, y todo ese conjunto de pueblos que han desembocado en ella desde tiempo inmemorial, lo hicieron por su situación geográfica, y en gran medida también por su clima templado y la riqueza ubérrima de sus tierras: una península que está situada en el extremo occidental de Eurasia y muy cercana a las costas de África necesariamente ha tenido que recibir en su seno una ingente multitud de culturas procedentes de los más variados lugares. De algunas ha quedado la memoria en forma de vestigios arqueológicos, pero de otras no hay rastro alguno, salvo que de pronto un descubrimiento “fortuito” las haga emerger a la luz del día. Por otro lado, no debemos olvidar que esa posición geográfica ha permitido que los pueblos peninsulares tuvieran un contacto directo tanto con el Mediterráneo como con el Atlántico, ese “Mar Océano”[3] que en un momento dado transportó a sus gentes hacia el descubrimiento de un Nuevo Mundo, el cual cambiaría para siempre la Historia no sólo de España sino de la humanidad entera, dando nacimiento además a una entidad cultural nueva: Hispanoamérica.[4]

Columnas Plus Ultra, "Más Allá"

Si bien algunas Rutas nos llevarán a las civilizaciones de la prehistoria peninsular, sin embargo nuestro interés principal se centrará en aquellas que surgieron con los “tiempos históricos”, esa frontera imprecisa que en el caso peninsular tiene en Tartesos su límite, pues esta civilización participó tanto de un período como del otro, siendo por tanto el nexo de unión entre ambos. Nos encontraremos con ese legado al mismo tiempo que el fenicio-púnico y el griego, el celta y el íbero (y la mezcla de ambos, el celtíbero), el romano y el cristiano, el visigodo y el bizantino, e incluso el árabe, que algunos consideran un “cuerpo extraño” en el organismo de la Historia peninsular, pero que lógicamente no podemos obviar aunque sí aclarar y matizar su verdadera influencia en la cultura española. Tampoco debemos olvidarnos de la presencia judía que no ha dejado grandes monumentos,[5] pero sí una herencia muy sutil que llega hasta nuestros días, y se ha manifestado sobre todo en el ámbito de la literatura, la mística y la filosofía.

Visto con la perspectiva del tiempo, todo ese legado depositado a lo largo de miles de años fue conformando la idiosincrasia propia de los pueblos peninsulares (y que ha determinado también, en diferentes grados, las particularidades propias de cada uno de ellos), los cuales se manifestaron por primera vez como una unidad cultural -Hispania- durante el Imperio romano (“hacedor de pueblos”), unidad que cobraría un impulso renovado en el Renacimiento, haciendo que España se presentara definitivamente ante la Historia Universal como una de sus protagonistas principales.
Y ya que mencionamos el Renacimiento, nos interesa recalcar en estas Rutas que España no estuvo fuera de las grandes corrientes de pensamiento que éste trajo consigo, donde la Tradición clásica revivió de nuevo. Diversos filósofos y pensadores (incluidos los llamados “heterodoxos españoles”) de esa época estuvieron relacionados efectivamente con esa Tradición y con las ideas herméticas y neoplatónicas vigentes en Europa, y esto lo hacemos extensivo también a personajes vinculados de una u otra manera con las distintas cortes españolas: cronistas, embajadores, arquitectos, cancilleres, etc. Por ejemplo, la idea de la Monarquía Hispánica tal cual surge en el siglo XVI, se inspiró en gran medida en la obra política de Dante (y a través de él en la República de Platón), al igual que hizo la Monarquía Isabelina. Recordemos en este sentido que un autor hermético de talla de Tommaso Campanella -autor de esa utopía llamada La Ciudad del Sol-, escribió precisamente su Monarquía Hispánica inspirada en estos dos autores.
Señalar, en fin, que estas Rutas Simbólicas no pretenden ser una “guía cultural” y mucho menos una “guía turística”, aunque naturalmente también pueden ser utilizadas con esos fines. Tampoco hemos seguido un criterio cronológico, sino que más bien ha sido el azar, una cierta intuición y el amor por la aventura y el viaje (es decir bajo los auspicios de Hermes, patrón de los viajeros) los que nos han empujado a emprender estas Rutas por un país, España, que es el nuestro y por tanto el que mejor conocemos; una región del mundo en definitiva, cuya Historia y Geografía, desde la perspectiva del conocimiento simbólico, manifiestan una Cosmogonía Perenne, arquetípica (expresión a su vez de un Ser Universal) y por tanto una manera de acceder a ella, a su comprensión. Consideradas así, esa Historia y esa Geografía se nos presentan entonces como una oportunidad para llevar a cabo, o continuar, con un trabajo de realización interior.
Este es el sentido último que tienen estas Rutas Simbólicas, y la motivación real que nos ha llevado a emprenderlas y comunicar en la medida de lo posible las experiencias en ellas vividas. Como dice Federico González Frías no hay mayor aventura que la del Conocimiento, “es decir, la aventura del viaje interior inmensamente más rica que cualquier Eldorado”.[6]

Hispania. Reverso de una moneda del emperador Adriano



[1] En los que evidentemente también ha intervenido el azar, lo fortuito, lo imprevisto, que son un componente “activo” de la Historia, y donde la de España, tan dilatada y extensa, tiene varios ejemplos entre los que elegir.
[2] El propio Alfonso X afirmaba que era descendiente de Júpiter (el Zeus griego), es decir que su genealogía tenía un origen divino. Por otro lado la elección de esta deidad dice mucho acerca del vínculo que el rey castellano mantenía con la cultura greco-latina, de la que se consideraba heredero. La "idea de España" del rey sabio será un tema que sin duda trataremos en estas páginas.
[3] Del Atlántico recibe el nombre la antediluviana Atlántida, que pese a su lejanía en el tiempo siempre ha estado presente de una u otra manera en el imaginario colectivo de Occidente (al que han contribuido los relatos que sobre ella ha escrito Platón en algunos de sus libros), y dentro de él la propia España, pues no hay que olvidar que una de las colonias atlantes fue muy probablemente la civilización de Tartesos en su período prehistórico, anterior a las invasiones de los pueblos indoeuropeos y mediterráneos.
[4] Por tanto, en algunas de nuestras Rutas tendremos en cuenta inevitablemente la realidad de esa entidad cultural. Desde hace más de 500 años España tampoco puede entenderse sin Hispanoamérica, y viceversa. Recordemos también que cuando se llevó a cabo la aventura atlántica, impulsada sobre todo por la Corona de Castilla, la Corona de Aragón (que incluía el Condado de Cataluña, el Reino de Valencia y el de Mallorca) ya había emprendido con anterioridad su particular aventura mediterránea. De ella nacerían fuertes vínculos con países que durarían siglos, sobre todo con determinados reinos italianos como el de Nápoles, Sicilia, Córcega y Cerdeña, así como otros territorios de Grecia. Todos ellos estuvieron integrados en la Corona de Aragón.
[5] Excepción hecha de las sinagogas que existieron en las juderías repartidas por toda la geografía peninsular, algunas convertidas en iglesias, pero otras todavía conservando su estructura como la del Tránsito en Toledo y la de Córdoba.
[6] Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, cap. X.

TARTESOS, LA CIUDAD DE ULIA, EL SEÑORÍO DE MONTEMAYOR Y EL CASTILLO DUCAL DE FRÍAS. Linajes históricos y mitos fundadores

Francisco Ariza 



ÍNDICE
INTRODUCCIÓN. Un germen de la Historia de España

CAPÍTULO I
EN EL PAÍS DE TARTESOS

CAPÍTULO II
LA CIUDAD DE ULIA EN EL CONTEXTO DE LA BÉTICA ROMANA. UNA IDEA DE CIVILIZACIÓN
“Ulia la Fiel” y el papel civilizador de Julio César.
Ulia en el contexto cultural del Imperio. Dos ejemplos: la lucerna de Montemayor y el mosaico de Fernán-Núñez.
La “romanidad” de los habitantes de la Bética.

CAPÍTULO III
EL SEÑORÍO DE MONTEMAYOR Y EL DUCADO DE FRÍAS
El linaje mítico e histórico de los Fernández de Córdoba.
El Señorío de Montemayor.
El Linaje mítico e histórico de los Fernández de Velasco, principales titulares del Ducado de Frías.
Juan Fernández de Velasco, V Duque de Frías. Bibliófilo y humanista del Renacimiento.
La utopía de la “Confederación Hispana” en el XIV Duque de Frías, Bernardino Fernández de Velasco, y el embajador de la Gran Colombia.

APÉNDICE I
LA “INVENCIBLE GENERALA”. UN HECHO MÍTICO Y SIMBÓLICO DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

APÉNDICE II
EL MITO Y EL SÍMBOLO DE SANTIAGO APÓSTOL

BIBLIOGRAFÍA

viernes, 21 de abril de 2017

Tartesos, la Ciudad de Ulia...



Introducción. Un germen de la Historia de España

Los capítulos que componen este libro, Tartesos, la Ciudad de Ulia, el Señorío de Montemayor y el Castillo Ducal de Frías. Linajes Históricos y Mitos Fundadores, formaron parte en su momento de diversas conferencias impartidas en el año 2015 en distintos lugares de la
provincia de Córdoba, si bien para esta edición he ampliado ciertas ideas con el
fin de completar determinadas cuestiones relativas a los temas tratados. Pero
sobre todo he añadido un capítulo, el primero, que trata sobre Tartesos, un
tema al que apenas hice referencia en dichas conferencias y que he considerado
que merecía ser tratado con más amplitud, teniendo en cuenta que estamos ante
una de las civilizaciones más antiguas de Europa, y que surgió aquí, en España,
lo cual ha sido un estímulo más para acercarme a ella, y descubrir algunos de
sus tesoros, siempre relacionados con su concepción del mundo. Tartesos,
como Troya y otros lugares de la geografía europea y mediterránea, forma
parte de nuestro imaginario cultural y reverbera como un eco en la memoria de
Occidente.

Hemos de decir que este trabajo es el fruto de una investigación que pretende
ser mucho más amplia, y que en realidad se inició hace bastantes años atraído
por el trasfondo mítico y legendario que para el autor siempre ha tenido la
Historia y la Geografía del Sur peninsular, que llevó en tiempos pretéritos el
nombre de la Bética, y antes el de Turdetania, y más allá aún el de Tartesos,
una civilización que desaparece como tal en el siglo VI a.C., precisamente en
una época donde se encuentran una de esas “barreras de la historia” que
señalan un antes y un después en la percepción cualitativa que el hombre tiene
del tiempo.

Para tener una “imagen” lo más aproximada posible a la realidad de lo que fue
Tartesos, debemos recurrir a los fragmentos que su cultura nos ha dejado, sobre
todo a través de las distintas expresiones de sus artes y artesanías, de su
arquitectura, de sus símbolos principales en torno a los cuales construyeron su
cosmogonía y también de las crónicas y relatos de los geógrafos, viajeros e
historiadores antiguos, más cercanos a Tartesos que nosotros evidentemente, y
que recogieron también ciertos mitos que explican aspectos fundamentales de
su teogonía y de su visión sagrada de la existencia.

Mapa de la Bética ptolemaico

Pero todo esto, a nuestro entender, hay que saber interpretarlo a la luz de la
Filosofía Perenne, que es lo que nosotros hemos intentado hacer aquí, y que
consideramos un requisito necesario para superar ciertos condicionamientos
psicológicos que nos impiden acercarnos a Tartesos como una parte
constitutiva de nuestra propia identidad cultural.

No superar esos condicionamientos, nacidos del excesivo racionalismo de
nuestra época, resulta un verdadero impedimento cuando tenemos que
acercarnos a la esencia de las antiguas culturas y civilizaciones, que nos atraen
no por el simple hecho de pertenecer al pasado más o menos remoto, sino
porque ellas nos transmiten una enseñanza que es mucho más importante que
la simple información “arqueológica” sin más; a través de sus vestigios ellas
nos entregan su concepción del mundo, como hemos dicho, estructurada de
acuerdo a un orden invariable sustentado en la armonía entre el Cielo y la
Tierra, una Cosmovisión que se va haciendo en nosotros en la medida en que la
vamos comprendiendo, y que nuestras sociedades modernas desgraciadamente
han olvidado pero que siempre se puede recuperar pues no está realmente
perdida la posibilidad de su conocimiento. Las “barreras de la historia” son
sobre todo “barreras mentales”.

Lo que aquí se expone empezó a tomar forma cuando en Junio y Octubre de
2011 visité con Federico González Frías ciertos lugares de la tierra andaluza,
como Cádiz, Jerez, el Puerto de Santa María, Sevilla, Málaga, Córdoba y su
provincia, concretamente la Campiña, a la que estoy unido por lazos familiares.
La idea fue madurando a medida que ordenaba las notas recogidas durante
aquellos viajes, nutridas también con las conversaciones mantenidas al
respecto con Federico, mi guía intelectual, y autor de una importante obra
metafísica que abarca los grandes temas de la Simbólica Universal, la
Cosmogonía Perenne y la Tradición Hermética. También quiero resaltar el
interés mostrado por Federico hacia la Arqueología y la Numismática como
ciencias auxiliares de la Historia, un interés que ciertamente él supo despertar
en mí, y que también están presentes en estas páginas.


Moneda con la efigie de Hispan

Por motivos que hay que atribuir al azar (que “es hermoso” al decir de Platón)
la génesis del libro comenzó precisamente con la visita al Museo Arqueológico
de Ulia cuando este todavía no estaba ubicado en su sede actual sino en una de
las dependencias anejas a la iglesia de Montemayor. De aquel modestísimo
museo nació el actual, con todas las características de un museo arqueológico,
que va ampliando poco a poco sus fondos. Es un museo lo suficientemente
representativo de las diversas culturas que han ido dejando aquí sus huellas.
Efectivamente, el museo de Ulia ha sido como una puerta de entrada no sólo a
ese fecundo período civilizador que se dio en la Bética romana (y al papel
determinante jugado por Julio César en ella, el cual destacamos), receptora
asimismo de las distintas corrientes filosóficas y mistéricas venidas de las
distintas partes del Imperio (algunas de las cuales abordamos someramente al
referirnos a la Lucerna de Harpócrates-Isis-Anubis encontrada en Montemayor,
o al mosaico perteneciente al ciclo de los “Amores de Júpiter” hallado en la
vecina localidad de Fernán-Núñez, por no hablar de las innumerables piezas
arqueológicas que periódicamente aparecen en los muchos yacimientos de
Andalucía), sino también a todas aquellas culturas que forjaron la España
Antigua, precristiana y prerromana, y que han continuado perviviendo en la
memoria colectiva (por ejemplo en ciertas formas del folclore, que no
“folclorismo”) de las distintas regiones peninsulares.


Rapto de Europa. Mosaico de Fernán Núñez

He de decir que el punto de vista sobre la Historia que aquí expresamos se
fundamenta en la Vía Simbólica y sus códigos de conocimiento, en tanto que
vehículos de la realidad metafísica, que son los que al fin y al cabo explican el
acontecer de la vida humana como ejes vertebradores de la misma, pues de las
ideas y principios emanados de esa realidad, entre ellos el modelo cósmico, es
decir la cosmogonía, se han derivado todas las artes, las ciencias y el
pensamiento de las distintas culturas y tradiciones de la tierra desde tiempo
inmemorial.

Y desde ese mismo punto de vista también hemos abordado el Señorío de
Montemayor y el Castillo Ducal de Frías, castillo-fortaleza que corona dicho
municipio singularizándolo en el vasto territorio de la Campiña. Hablamos
concretamente de dos de las familias nobiliarias más importantes de España,
ligadas a Montemayor desde antiguo y que también establecieron entre sí lazos
de consanguinidad a partir de un momento dado; nos referimos a los Fernández
de Córdoba y a los Fernández de Velasco, siendo estos últimos durante varias
generaciones los Condestables de Castilla, y asimismo titulares del Ducado de
Frías desde que éste fue creado por los Reyes Católicos a finales del siglo XV. (1)

La diosa Concordia. Moneda romana

De estas dos Casas nos han interesado sobre todo sus linajes históricos y sus
mitos fundadores, algunos de los cuales se remontan al tiempo de los godos, e
incluso de los romanos y más allá todavía, como es el caso de los Velasco,
originarios de la Bardulia, o Vardulia (que más tarde se llamará Castilla)
antiquísimo territorio que comprendió lo que hoy es Cantabria, Burgos y parte
de la tierra vasca. Nos hemos centrado especialmente en algunos de los
miembros más representativos de estas Casas (empezando con esa rama de los
Fernández de Córdoba que se instaló en Montemayor y seguidamente con los
Duques de Frías), por estar muy estrechamente vinculadas a los distintos reyes
castellanos, y de España cuando ésta se constituye definitivamente como
entidad política. He podido comprobar la existencia de un “compromiso” de
fidelidad entre los miembros y titulares de estas Casas hacia los valores
intangibles que han presidido la construcción de esa entidad, que no olvidemos
se produce durante el primer Renacimiento, es decir en pleno auge de las
utopías políticas y espirituales, coincidiendo con la era de los descubrimientos
geográficos, que fueron también descubrimientos que afectarían a la
percepción y concepción que de la Historia tenía hasta ese momento el hombre
europeo.

Somos conscientes de que la naturaleza humana está hecha de claroscuros, y en
consecuencia también la Historia, pero sabemos igualmente que existe una
jerarquía entre la luz y la oscuridad, y los periodos álgidos de una cultura
aparecen cuando esa diferencia cualitativa está perfectamente definida en las
acciones y reacciones de quienes son sus protagonistas. La extensa historia
peninsular, que por momentos se hizo universal, ha conocido épocas muy
densas y oscuras, pero también de un fulgor extraordinario y mucho más
poderoso, y ello, estamos convencidos, ha sido posible por haberse engendrado
una nobleza (no toda evidentemente) que ha encontrado en su raíz genealógica
unos principios muy superiores a sus puros intereses particulares, principios
ligados con una tradición secular transmitida y recibida de forma
ininterrumpida a lo largo de los siglos, y que en muchos casos han sido los
modelos que han presidido y aplicado en sus pensamientos y acciones.
Por otro lado, siempre es complejo adentrarse en el ámbito de la nobleza y la
aristocracia, y se necesita de un hilo conductor para no perderse en su
anecdotario y sus excesos, e ir a lo esencial, a lo que ellas realmente pueden
aportarnos para conocer la Historia desde el núcleo mismo donde ha sido
forjada. Por eso mismo, y para un mejor conocimiento del “ser” de esta
nobleza castellana y andaluza, hemos acudido a otra disciplina auxiliar de la
Historia como es la ciencia y el arte de la Heráldica, muy presente tanto en los
Fernández de Córdoba como en los Duques de Frías. La heráldica ha sido
llamada la “ciencia heroica”, cuyo lenguaje hermético está articulado
igualmente por códigos simbólicos muy esclarecedores.

Escudo Nobiliario de la Casa de Frías

Asimismo, al final del libro, he añadido dos Apéndices que tampoco surgieron
de manera premeditada, pero que he considerado que tenían cabida, y sentido,
incorporarlos, teniendo en cuenta que están estrechamente relacionados con la
Historia de España, que es al fin y al cabo de lo que tratamos, aunque no de
una manera convencional, o al uso.

Hemos tenido la sensación de estar viajando por el interior de esa Historia, que
por momentos ha sido “intrahistoria”; y además con la certeza de que ella está
comprendida dentro de un ciclo mayor, que es el de Occidente, considerado
como una “unidad en la diversidad”. Unidad que se expresa a través de toda
una constelación de símbolos, ritos y mitos que se reconocen entre sí
conformando la imagen de un Todo. Es esto, pese a las diferencias que
pudieran haber existido entre unas y otras, lo que ha permitido que haya habido
esa continuidad y recíproca influencia entre las diferentes culturas y
civilizaciones surgidas en la cuenca mediterránea: desde Egipto y Grecia
(incluida Creta), pasando por Fenicia, Etruria y finalmente Roma como gran
receptora de todo esa herencia y que a través del Imperio establece también su
unidad política, de la que Europa surge al mismo tiempo que recibe la impronta
de la tradición judeo-cristiana. (2)

En este sentido, y aludiendo de nuevo a la “intrahistoria”, podemos ampliar
aún más la imagen de ese todo cultural de Occidente si incluimos en él a
Tartesos, contemporánea de algunas de esas grandes civilizaciones antes nombradas,
y esto situaría a la antigua Iberia en un contexto que ya no es sólo
mediterráneo, sino también atlántico, conectándose a través de él, vía Tartesos
precisamente, con la mítica civilización atlante, de la que Egipto y otras se
consideran también herederas. En realidad este es uno de los motivos
principales por los que hemos tratado de Tartesos, como un eslabón perdido
que, una vez encontrado, nos acercan un poco más a nuestro origen.
Apenas hablamos de la civilización islámica, a pesar de su larga presencia en
suelo peninsular. Consideramos que aunque en algunos aspectos de su cultura
ella es también receptora de toda esa herencia, sin embargo su devenir
histórico le ha impedido sentirse plenamente integrada en la cultura occidental,
oponiéndose a ella en determinados momentos. (3)

En una concepción de la Historia que no es simplemente lineal, sino cíclica,
estamos convencidos de que existe un hilo de continuidad que enlaza los
distintos ciclos históricos acaecidos en un mismo espacio geográfico, sobre
todo cuando esos periodos corresponden a civilizaciones que en lo fundamental
participan de una misma identidad cultural, como es el caso que nos ocupa. Y
como la parte refleja el todo, también los distintos ciclos históricos acaecidos
en la Bética se corresponden con los de la ecúmene mediterránea, incluida la
egipcia y la cretense. (4)

Destacar esa permanencia cultural en el tiempo es una de
las cuestiones que más nos ha interesado poner de relieve en este pequeño
ensayo. Y existe esa permanencia entre la Ulia ibero-romana y la Montemayor
de los Fernández de Córdoba y la Casa Ducal Frías, gracias precisamente a la
herencia romana, inseparable de la griega y del helenismo alejandrino, y que
desde luego se proyectan en la civilización cristiana, o judeo-cristiana, pasando
a formar parte constitutiva de ella para siempre.


Máscara de Baco. Museo de Ulia. Montemayor

No exageramos si decimos que la Historia de España, y en este caso concreto
la de Andalucía, sintetiza perfectamente todo ese cosmos cultural, y esto es lo
que hemos intentado reflejar también a través de estos viajes, y las reflexiones
que han surgido de ellos, que es posible podamos desarrollar algún día con
mayor amplitud.

Como podemos ver es mucho lo que podría decirse de todo esto, por eso
hablamos de que este estudio es en realidad un “germen” de la Historia de
España, que ha comenzado, y sin saber muy bien por qué, con los linajes de los
Fernández de Córdoba y la Casa Ducal de Frías, titulares en distintos
momentos del Castillo de Montemayor, donde antaño estuvo ubicada la ciudad
de Ulia.

Todos los viajes lo son por la memoria, ligada con el tiempo y también con el
espacio, pues la historia va íntimamente unida a la geografía y con el medio
vital donde las culturas pretéritas han vivido y coexistido entre sí. Por eso
mismo, nuestro interés por la Antigüedad, en este caso de Occidente, y lo que
ella significa, supera con mucho el mero horizonte “histórico”. Para nosotros
esa Antigüedad está viva. No es sinónimo de vetustez sino todo lo contrario: es
un estado de la conciencia donde habitamos conjuntamente con los ancestros y
con los orígenes de nuestra cultura, en la que con seguridad encontraremos un
vehículo simbólico para lograr la identidad con nuestro ser verdadero, y que en
algún momento quedó atrapada, o perdida, entre los meandros del río del
olvido.

En la memoria de quien esto escribe, ese viaje por el Sur aparece ahora como
un hito en su transcurrir por la rueda de la vida, como una coyuntura favorable
que quieran los “hados del destino” pueda conducirle a ese lugar o espacio del
alma a partir del cual, como diría Federico González, todo está por descubrir.
Un lugar que es una tierra, o isla, ignota, transfigurada en su virginidad
primigenia, y de alguna manera presentida desde siempre. Saber que todo lo
anteriormente experimentado y conocido ha sido en realidad una preparación
para emprender otro tipo de viaje que internamente se vive como de
permanente apertura hacia lo vertical, pues no hay otra manera de salir del
laberinto. De lo particular a lo universal, vivenciando en el alma los distintos
estados del “Ser del tiempo”.


Notas

(1) Para nuestras investigaciones es de destacar también el Archivo de esta Casal Ducal de Frías, ubicado actualmente en el Archivo Histórico de la Nobleza Española en Toledo. Concretamente, el Archivo de Frías es uno de los más voluminosos que existen, y desde luego es una fuente de información no sólo sobre esta Casa nobiliaria sino sobre la misma historia de España. Nos hemos dado cuenta de la importancia de los Archivos Históricos, que en sí mismos constituyen un conjunto unitario. Ellos nos brindan la posibilidad de una investigación documental, pero también “guardan” o “conservan” otro tipo de memoria que nos hace comprender mejor cómo se fue gestando la Historia en relación con las ideas-fuerza que la han generado en todo momento. Se da la circunstancia de que el Archivo de Frías estuvo en las dependencias del castillo de Montemayor hasta que en 1987 pasó en su mayor parte al Archivo Histórico de la Nobleza. Por lo visto esta fue una decisión que no gustó para nada a los habitantes de Montemayor, que ofrecieron resistencia a su traslado, lo que da la medida de hasta qué punto lo consideraban parte muy querida de su patrimonio cultural.
 (2) Ver nuestro artículo aparecido en la revista Symbolos Nº 31-32 (también en versión telemática): “La influencia de Hermes en Barcelona y el Mediterráneo”.
(3) Esto no quiere decir que un estudio que trate de la Historia de España en su conjunto no contemple a esta civilización, lo cual sería un absurdo completo. Nosotros nos estamos refiriendo en este momento a las civilizaciones que comprenden el Occidente cultural, y en éste desde luego la presencia y la influencia de la civilización judeo-cristiana ha sido mucho más amplia y profunda que la de la civilización islámica. Ésta, ciertamente, y en un momento dado de la Edad Media que podemos situar en los siglos XII y XIII, fue un puente por donde pasaron a Europa los conocimientos de los griegos referentes a las ciencias y la filosofía de Aristóteles, no así la de Platón y los neoplatónicos, que sí estuvo presente en la metafísica y la cosmogonía del sufismo, es decir en la vertiente esotérica o iniciática de esa tradición. Asimismo entre el islam persa o iranio. Precisamente uno de los más grandes representantes de la metafísica sufí no fue otro que un gran platónico, Ibn Arabí, nacido en Murcia aunque vivió durante los años de su juventud y de instrucción en Andalucía. Tuvo que abandonar la península tras la invasión almohade, que traían consigo la versión rigorista del Islam.
(4) Esto lo confirma la arqueología, además de los relatos mitológicos e históricos. En el caso concreto de la cultura cretense el “culto al toro” que la distingue, quedó impreso en Tartesos (los toros de Gerión) y posteriormente en la Bética, llegando hasta nuestros días.