Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer también una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)


martes, 16 de diciembre de 2014

En Torno a Ulia, Julio César, La Batalla de Munda y la Bética Romana. 1



Presentamos aquí esta primera Ruta que es el fruto de un trabajo de investigación que en realidad se inició cuando en Octubre de 2011 visitamos con Federico González Frías las tierras de la Campiña cordobesa, a la que personalmente estoy ligado por vínculos familiares. La idea fue madurando a medida que ordenaba las notas recogidas durante ese viaje, nutridas también con las conversaciones mantenidas al respecto con Federico.
La presente Ruta girará en torno a dos temas principales, que iremos ofreciendo en sucesivas entregas. Por un lado nos ha interesado la historia del Ducado de Frías (fig. 1), pero centrándonos ahora especialmente en la relación que esta antigua Casa de la nobleza castellana ha tenido con el Castillo Ducal del mismo nombre situado en la villa de Montemayor.[1]

Fig. 1. Escudo de la Casa Ducal de Frías
Por otro lado, ha llamado nuestra atención el Museo Arqueológico de Ulia, situado en la misma Montemayor, el cual nos ha permitido penetrar en la historia de la Bética y sobre todo en ese período de antes de la fundación del Imperio romano donde todavía no habían desaparecido totalmente aquellas culturas y pueblos que forjaron la España Antigua.
Al hilo de esto último nos ha parecido significativo destacar también la labor que Julio César llevó a cabo buscando la integración de esos pueblos en el proyecto civilizador de Roma, y asimismo no podíamos obviar la famosa batalla de Munda, que ha pasado a los anales de Roma como un acontecimiento que cambió de algún modo el rumbo de su historia. En ella se enfrentaron los ejércitos del propio César con los de Pompeyo, y cuyo escenario estuvo muy cerca de Ulia, siendo además ésta una de las ciudades clave en el desarrollo de ese acontecimiento, inclinándose finalmente la victoria hacia el lado de Julio César.
Esta Ruta no trata pues de un tema menor, sino que viajaremos a uno de los “puntos sensibles” de la historia y la geografía de España.
Ulia era el nombre que recibió la ciudad íbero-romana que estuvo asentada en lo que hoy día es el municipio de Montemayor, y con ese nombre figura en las monedas de su ceca, la cual data del siglo II a.C. Estas monedas son ya de por sí todo un documento histórico que nos indica un período donde la cultura íbera (en este caso íbero-turdetana) convivió con la República romana, que desde finales del siglo III a.C. ya había penetrado en Hispania con motivo de la guerra contra Cartago, lo que propiciaría, tras ser derrotada esta última, la paulatina romanización de la península.
De hecho, antes de esa romanización Ulia ya era un importante oppidum, término éste que indicaba, entre los pueblos prerromanos, un lugar urbano elevado y por lo general fortificado. Precisamente el término turdetano Ulia significa “monte”, lo cual no es contradictorio con el hecho de que algunos la hagan derivar de un rey turdetano llamado Ulo, en el sentido de que en la concepción de las sociedades arcaicas y tradicionales los reyes y jefes eran identificados con la idea misma de eje y de estabilidad, conceptos ambos que podemos atribuir también al monte, o la montaña, o incluso a la pirámide y a los túmulos funerarios en general. En el anverso de muchas de esas monedas aparece con frecuencia el busto de una divinidad de la tierra (frente a la cual hay una espiga de trigo y un creciente lunar que parece contener a la figura), análoga a la Ceres romana o a la Deméter griega, y en su reverso la palabra Ulia (fig. 2), enmarcada por ramas de olivo, o de vid, frutos que, junto con el trigo, dan su fisonomía y carácter a estas tierras, famosas desde antiguo por su fecundidad.
Sabemos pues por las monedas de Ulia, que sus campos sobresalían desde lo antiguo en cosechas de aceite, trigo, y acaso palmas, según los símbolos con que se mostraba agradecida a sus Dioses, Sol, y Luna, de quienes juzgaban proceder la salud, y fertilidad del territorio. (Enrique Flórez: Medallas de las colonias, municipios y pueblos antiguos de España. Parte 2. Madrid, 1758).

Fig. 2. As de Ulia.
Estas monedas guardan estrecha relación, en cuanto a su contenido, con las que fueron acuñadas en Obulco (Porcuna, Jaén, fig. 3), en Carmo (Carmona, Sevilla, fig. 4), y en Cárbula (Almodóvar del Río, Córdoba). Es decir en una región de similares características geográficas y con la que estaban en armonías determinadas divinidades telúricas y astrales presentes en ella, conformando su geografía sutil, el paisaje de su alma. El olivo, el trigo y la vid son frutos ligados con la luz y el sol, sobreabundantes en la tierra andaluza, donde el culto a Dionisos, el dios de la embriaguez y de la fecundidad, encontraba su contrapunto en el culto a Apolo,[2] el dios de la luz, el arte y la belleza, y del que han aparecido monedas con su efigie o sus símbolos característicos, tanto en Obulco como en Cárbula (fig. 5) y otros lugares de la misma geografía.


Fig. 3. As de Obulco.



Fig. 4. As de Carmo.



Fig. 5. As de Cárbula. En el anverso Apolo y en el reverso la Lira.
Todas las piezas del Museo de Ulia han sido halladas en la misma villa de Montemayor y zonas de los alrededores. En realidad, toda la campiña cordobesa (y por extensión la propia provincia de Córdoba, incluida naturalmente su capital, que lo fue también de la Bética bajo el nombre de “Corduba Colonia Patricia”) es un “semillero” de restos arqueológicos, y no sólo de la época romana sino también de todas cuanto allí florecieron, como la turdetana, o íbero-turdetana, que coexistió con las colonizaciones fenicias, púnicas y griegas, y que según las fuentes de los historiadores y geógrafos griegos y romanos (Plinio, Estrabón, Aulo Hirceo, Polibio, etc.) era heredera de la mítica civilización de Tartesos.
Tengamos en cuenta que Roma se encontró cuando llegó al sur de la península con un conjunto de ciudades y reinos que tenían un alto grado de civilización al haber pertenecido al antiguo reino de Tartesos. En efecto, la monarquía tartésica, mucho antes de la llegada a la península de fenicios, griegos, cartagineses y romanos había creado una auténtica civilización gobernada por reyes de origen divino.[3]


Fig. 6. El nombre del último rey de Tartesos, Argantonios, en una inscripción griega.
Por eso mismo no es de extrañar que en muchas de las ciudades ibero-turdetanas (como Ulia, Obulco, Carmo, Osuna, Astigui, Cástulo, etc.) la resistencia a la dominación de Roma no fuera tan grande como en otros lugares de la península, y que se aceptara rápidamente la concepción civilizadora del Imperio cuando éste comenzó a ponerse en práctica. Hablando de la monarquía tartésica y su influencia en la Turdetania, el arqueólogo e historiador catalán Juan Maluquer de Motes al final de su libro Tartessos. La Ciudad sin Historia, señala lo siguiente:
Monarquía y Estado se identifican y será necesaria toda una larga etapa de guerras para que los romanos puedan imponer su propio concepto sólo aceptado a medias, hasta que la nueva fórmula romana de Imperio vuelve a revitalizar unas concepciones ancestrales. La rápida aceptación de la fórmula imperial romana en Hispania constituye la mejor prueba del arraigo del concepto de realeza y soberanía que conservaban las poblaciones andaluzas. (…) El concepto estatal de la monarquía parece manifiestamente más fuerte en el área turdetana que en la ibérica. En esta última es muy probable que, gracias a la contaminación celtíbera, el concepto de monarquía fuera más parecido al caudillaje de tribu que a monarquía estatal. Ciertamente en esa área la evolución urbana había sido mucho más lenta y de un tipo distinto de las tierras bajas. La cultura material turdetana será el eco más puro de la civilización tartésica. Estrabón lo atestigua al considerarlos como el pueblo más culto de toda Iberia...    
Esto lo dice Estrabón en su obra Geografía (III, 1-6), el cual concluye así:
…pues no solo tienen escritura sino que, según dicen por antigua memoria, tienen libros y poemas y leyes versificadas de seis mil años.
Esta tradición recogida por el geógrafo griego (él mismo indica que esos textos tratan de “epopeyas históricas en honor de los antepasados”) es muy reveladora, pues confirmaría las conclusiones de ciertos investigadores al asegurar que Tartesos fue en realidad una colonia atlante, como varias de las que habían en distintos lugares del Occidente europeo y norte de África debido a la expansión que la civilización de la Atlántida emprendió en un momento determinado de su ciclo de existencia.[4] 
Hablar de Ulia es hacerlo también de la Bética romana. Ella llegó a ser un importante núcleo íbero-romano desde el siglo III a.C., y su territorio comprendió, entre otras, las actuales villas de Fernán-Núñez y La Rambla, ya que en ellas se han encontrado diversas inscripciones lapidarias y otros objetos arqueológicos que hacen referencia a Ulia, si bien el núcleo urbano de la ciudad ibero-romana se ubicó según todas las fuentes literarias e históricas en la actual Montemayor, que, como su nombre indica, era el monte más alto de la zona (de ahí la expresión actual de “mirador de la Campiña”) con prácticamente 400 metros de altitud sobre el nivel del mar. Que en el siglo I a. C. recibiera de Julio César el título de “municipio romano” indica que ya era un núcleo de población importante, lo que le permitiría, entre otras prerrogativas, mantener un comercio directo con Roma, la capital del Imperio.[5]
Ese privilegio fue dado debido a la fidelidad mantenida hacia Julio César por los habitantes de Ulia en la contienda que en el contexto de la segunda guerra civil éste mantuvo con el linaje de los Pompeyo (Pompeyo el Grande y sus hijos Cneo y Sexto Pompeyo), donde en realidad dos ideas de entender la civilización romana -y en consecuencia su destino- se enfrentaban entre sí.
De esa fidelidad hacia Julio César le viene el título de Ulia Fidentia (“Ulia la Fiel”) conservado siempre por Montemayor, y que se ha ido manifestando en algunos momentos de su historia posterior, como cuando durante la Reconquista fue un tiempo frontera con el reino nazarí de Granada, permaneciendo fiel a los reyes cristianos y resistiendo las embestidas y razzias de las tropas musulmanas.[6] Ulia fue adscrita por el propio César a la tribu Galeria (que era una de las 35 tribus romanas), ligada con la dinastía de los Julio-Claudios, y así aparece en la epigrafía funeraria de algunos de sus ciudadanos (figs. 7 y 8). (Continuará).

Fig. 7. “Lucio Cornelio Níger, hijo de Lucio, de la tribu Galeria, duumvir, pontífice de los cultos sagrados en el municipio, aquí yace”. “Lucio Calpurnio Danquino, hijo de Lucio, de la tribu Galeria, edil, duumvir, prefecto, aquí yace, que la tierra te sea leve”. (100 d.C.). Museo de Ulia.

Fig. 8. “Consagrado a los dioses manes Quinto Hermes, de la tribu Galeria, vivió cuarenta años, piadoso con los suyos, aquí yace, que la tierra te sea leve”. (171 d.C.). Museo de Ulia.



[1] Algunos miembros de la Casa Ducal de Frías han sido Grandes de España y recibido en diversas ocasiones el collar del Toisón de Oro. Tendremos ocasión de hablar en otras Rutas Simbólicas de esta Casa Ducal, cuyo Archivo Nobiliario, uno de los más importantes por su extensión y contenido, estuvo en las dependencias del castillo de Montemayor hasta que en 1987 pasó en su mayor parte al Archivo Histórico de la Nobleza Española en Toledo. El Archivo de Frías nos servirá también como referencia documental en nuestras investigaciones sobre la historia de España, dadas las intensas relaciones que los duques de esta Casa (y anteriormente los condestables de Castilla pertenecientes al linaje de los Fernández de Velasco) tuvieron en el acaecer y desarrollo de esa misma historia.
[2] La síntesis entre las energías representadas por estas dos deidades era uno de los logros más altos a los que aspiraban los iniciados en los Antiguos Misterios.
[3] El último de esos reyes, Argantonios (S. VII-VI a.C.), tuvo además una intensa relación comercial y cultural con los griegos focenses que establecieron distintas colonias en el territorio tartésico, cuyos límites geográficos coincidían bastante con los de la Bética romana. El nombre de Argantonios (fig. 6) hace alusión a la plata, que fue muy abundante en el sur de España.
[4] La expansión de la civilización atlante se llevó a cabo también en dirección a América, y esto es un dato significativo a retener, pues el “descubrimiento” de ésta por Cristóbal Colón supuso el “encuentro” de dos culturas, la precolombina y la hispana, que tenían a esa lejana civilización entre sus orígenes míticos. Precisamente, el nombre de la capital atlante, Tula, la podemos encontrar también en ciertos lugares de Mesoamérica, y en la raíz tl de la ciudad española de Toledo. Ver a este respecto nuestro estudio La Obra de Federico González. Simbolismo, Literatura, Metafísica, cap. II.
[5] El municipio de Ulia también estuvo gobernado por un duunviro, dos magistrados con atributos de alcalde. Asimismo tuvo pontífices y flamines encargados de los cultos sagrados, como lo atestigua el contenido de la lápida que aparece en la fig. 7.
[6] Esa fidelidad expresaba un rasgo de los primitivos pueblos hispanos (la llamada fides ibérica). Esto explicaría el hecho de que muchos generales romanos (como el propio César sin ir más lejos) tuvieran entre su guardia personal y más fiel a muchos soldados de origen íbero, aunque en realidad eran reclutados en cualquier lugar de la península, por lo que tendríamos que hablar más bien de la “fides hispánica”.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Rutas Simbólicas. Presentación

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y que no tiene por qué contraponerse a la que se explica habitualmente desde la mayoría de medios oficiales. Es evidente que los hechos históricos han quedado “fijados” en el tiempo y son irrebatibles: ocurrieron sin más. Ahora bien, otra cosa es la lectura que se haga de ellos, pues no es menos cierto que en el plano histórico (y no sólo en él) todo aquello que se “expresa” y se “exterioriza” responde siempre a una serie de pulsiones internas generadas en última instancia por ideas-fuerza que al interrelacionarse entre sí generan la trama sutil sobre la que se inscriben los hechos históricos; éstos y los procesos a los que pueden dar lugar en el tiempo y el espacio son por tanto símbolos que manifiestan a su modo esas realidades internas, que son en verdad los auténticos motores que los promueven, estimulan e impulsan.
Nosotros, que pertenecemos a la Escuela de Pensamiento creada por Federico González Frías y sustentada en su obra cosmogónica y metafísica, estamos convencidos que el símbolo y su lenguaje es el instrumento más eficaz para penetrar en el sentido último de la realidad de las cosas. Y cuando esas cosas son las de la Historia, en este caso de España, tenemos que recurrir necesariamente a la lectura que el símbolo nos brinda para conocer las causas profundas que promovieron los hechos más significativos que la conformaron,[1] y que no siempre son los más evidentes, a veces hasta totalmente ignorados, o simplemente considerados como de menor importancia, y es aquí, precisamente, que el tener un conocimiento del símbolo (que recordemos es polivalente y nos ofrece diversas lecturas de una misma realidad gracias a las leyes de las analogías) puede hacernos prestar atención a un hecho concreto y determinado que no tiene aparentemente ningún valor desde el punto de vista de cierta historiografía, pero que se muestra como una clave necesaria para desentrañar el contexto no sólo histórico, político o económico en el que ese hecho se inserta, sino también y sobre todo la realidad vital y espiritual sobre la que pivota, la que finalmente se nos revela gracias a la interpretación simbólica, a la exégesis hermenéutica.
Debemos tener presente que los hechos históricos que nos vienen de la Antigüedad no están desligados de la realidad espiritual vivida por sus protagonistas, y por ella entendemos también la que se experimenta a través de los mitos y las leyendas basadas en ellos. Los mitos siempre han existido porque transmiten la posibilidad de vivir una épica claramente definida en su intención más profunda: la de entrar en contacto con un tiempo que no transcurre de la misma manera que el tiempo ordinario, y donde subsiste perennemente la venerable memoria de los antepasados y héroes civilizadores, cuyas aventuras relatadas a través del mito  describen en realidad las andanzas de los dioses creadores. Una memoria, pues, que lleva implícita la enseñanza de una Cosmogonía y que debe ser traída a la cotidianidad del presente de cada época histórica para que la siga nutriendo de sentido, para que no se olviden los actos ejemplares, sagrados, de lo que “fue hecho en el principio”, y que generaron la cultura donde se ha nacido, a falta de la cual el hombre está irremediablemente perdido en un mundo sin significado.
Nos vamos a encontrar con muchos mitos y leyendas en estas Rutas por España que hacen referencia a la realidad que ellos manifiestan: por ejemplo el de Heracles-Hércules (equivalente al Melqart fenicio), el de Tubal y su linaje, el de Noé y Jafet, el de Gerión, Erytheia, Hermes, Norax, Héspero, Hispan, Gárgoris, Habis, Argantonios, el mito de la “Tabla de Salomón”, etc. Todos ellos han sido recogidos por ciertos cronistas clásicos, visigodos y medievales, entre ellos Hesíodo, Estesíchoro, Justino, San Isidoro, Rodrigo Jiménez de Rada (el Toledano) y Alfonso X el Sabio,[2] entre otros, a los que se añadirían posteriormente los compiladores del Renacimiento y del Barroco (Joan Margarit, Diego Rodríguez de Almela, Juan Annio de Viterbo, Lucio Marineo Sículo, Enrique Flórez, etc.).
Lejos de considerar a estos personajes míticos meras “fabulaciones” como algunos aseguran, se trata más bien, en el pensamiento de quienes los recibieron, recrearon y transmitieron, de vincular el origen de un país, en este caso España (o Hispania, o Iberia), con tradiciones y civilizaciones de las que verdaderamente se consideraban sus herederos culturales y espirituales, y que están perfectamente atestiguadas por la Arqueología. Por un lado, las tradiciones y dinastías divinas propiamente “autóctonas” de raigambre milenaria (fundamentalmente Tartesos, a la que se adjuntaron posteriormente elementos célticos y fenicios) y las grandes corrientes civilizadoras mediterráneas: la griega arcaica y la bíblica.
Pero nunca nos haremos eco de las “mistificaciones” y “falsificaciones” históricas, o de las “medias verdades” (una forma del engaño), entreveradas muchas veces de intereses “ideológicos” cuando no de simple ignorancia o “calentura de cabeza”. Y lo mismo decimos acerca de esos vuelos de poco alcance de quienes sencillamente niegan al mito, y por tanto al símbolo, al confundirlo con lo meramente fantasioso, o un cuento en el sentido más peyorativo del término. El desvarío mistificador y la estrechez de lo literal y del racionalismo a ultranza son rémoras que dificultan cualquier investigación seria sobre el conocimiento de lo que fue, o mejor, es la Antigüedad, que para nosotros es un presente que siempre puede ser actualizado pues constituye el territorio vivo de la Memoria, una entidad que para los griegos era una diosa, Mnemosine, madre de las nueve Musas, una de las cuales, Clío, preside precisamente la Historia.
En este sentido las Rutas y Viajes se articularán en torno a las visitas que hagamos a aquellos monumentos, enclaves y conjuntos arqueológicos, núcleos urbanos “históricos”, museos públicos o privados, archivos y bibliotecas, instituciones culturales, etc., que por un motivo u otro han recogido y conservado los testimonios de esa Memoria, ya sea a través del arte, o de cualquier otra expresión que la manifieste, como es el caso de la Numismática, una herramienta muy valiosa para desentrañar o ampliar aspectos de una cultura que no podrían conocerse sin su concurso. De todo ello participa asimismo la Geografía, la “grafía de la tierra”, que como tal también puede ser “leída” e interpretada simbólicamente. Los santuarios y lugares sacralizados de los diferentes pueblos que han habitado la península se sitúan muchas veces en espacios geográficos significativos (cuevas, espesura de los bosques, cimas, montículos, etc.), sin olvidarnos de los caminos de peregrinaje a los centros espirituales.
La Historia, como la Geografía, como la vida humana, es un organismo vivo comprendido dentro de otro más grande que es el propio Cosmos, y las leyes y principios ontológicos y metafísicos que rigen en éste también presiden el destino de las culturas y las civilizaciones, las cuales conforman la substancia de la Historia, y pese a que cada una tiene su singularidad, también han compartido en ocasiones un mismo destino histórico y, en esencia, una concepción del mundo con aquellas existentes en su medio geográfico, aunque esto último no siempre ha sido así, como es el caso de las culturas occidentales, las cuales, al día de hoy, comprenden un extenso y variado territorio que abarca no sólo a Europa (y dentro de ella Rusia) sino también América a partir de su “descubrimiento”, y que durante el período clásico grecorromano integró asimismo el norte de África y el Cercano Oriente, enmarcados dentro de ese "Mare Nostrum", o Mediterráneo, que fue también el espacio sacralizado de la ecúmene griega.
Occidente, más que un territorio geográfico es un ámbito cultural forjado por tres civilizaciones estrechamente interrelacionadas entre sí: la griega, la romana y la cristiana (o judeocristiana). Ellas constituyen, en efecto, esa "unidad" conceptual que generó una "imagen" del Mundo que tomó "cuerpo sensible" en la Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, y de la que se ha nutrido desde entonces toda la cultura occidental. Y es dentro de ese ámbito más amplio donde la Historia de España y su cultura encuentran su auténtico sentido y significado. Desligadas de ese ámbito común ambas devienen mutiladas y parciales, que es lo que ha ocurrido en sus épocas más “oscuras”, de las que por cierto ningún pueblo está exento pues a un ciclo de esplendor le sigue otro de decadencia (que coincide casi siempre con el olvido generalizado de sus orígenes), estando esto en concordancia con las leyes cíclicas que rigen la Historia del Mundo.
La Historia de España deviene así un microcosmos de la Historia Universal, un "mosaico" donde ésta se nos revela en sus lineamientos fundamentales, en sus ideas-fuerza. Pero ella ha de verse en conjunto con su Geografía, pues de lo contrario no se entendería. La heterogeneidad de la geografía peninsular (que incluye a Portugal) en gran medida ha “hecho” a su historia, y todo ese conjunto de pueblos que han desembocado en ella desde tiempo inmemorial, lo hicieron por su situación geográfica, y en gran medida también por su clima templado y la riqueza ubérrima de sus tierras: una península que está situada en el extremo occidental de Eurasia y muy cercana a las costas de África necesariamente ha tenido que recibir en su seno una ingente multitud de culturas procedentes de los más variados lugares. De algunas ha quedado la memoria en forma de vestigios arqueológicos, pero de otras no hay rastro alguno, salvo que de pronto un descubrimiento “fortuito” las haga emerger a la luz del día. Por otro lado, no debemos olvidar que esa posición geográfica ha permitido que los pueblos peninsulares tuvieran un contacto directo tanto con el Mediterráneo como con el Atlántico, ese “Mar Océano”[3] que en un momento dado transportó a sus gentes hacia el descubrimiento de un Nuevo Mundo, el cual cambiaría para siempre la Historia no sólo de España sino de la humanidad entera, dando nacimiento además a una entidad cultural nueva: Hispanoamérica.[4]
Si bien algunas Rutas nos llevarán a las civilizaciones de la prehistoria peninsular, sin embargo nuestro interés principal se centrará en aquellas que surgieron con los “tiempos históricos”, esa frontera imprecisa que en el caso peninsular tiene en Tartesos su límite, pues esta civilización participó tanto de un período como del otro, siendo por tanto el nexo de unión entre ambos. Nos encontraremos con ese legado al mismo tiempo que el fenicio-púnico y el griego, el celta y el íbero (y la mezcla de ambos, el celtíbero), el romano y el cristiano, el visigodo y el bizantino, e incluso el árabe, que algunos consideran un “cuerpo extraño” en el organismo de la Historia peninsular, pero que lógicamente no podemos obviar aunque sí aclarar y matizar su verdadera influencia en la cultura española. Tampoco debemos olvidarnos de la presencia judía que no ha dejado grandes monumentos,[5] pero sí una herencia muy sutil que llega hasta nuestros días, y se ha manifestado sobre todo en el ámbito de la literatura, la mística y la filosofía.
Visto con la perspectiva del tiempo, todo ese legado depositado a lo largo de miles de años fue conformando la idiosincrasia propia de los pueblos peninsulares (y que ha determinado también, en diferentes grados, las particularidades propias de cada uno de ellos), los cuales se manifestaron por primera vez como una unidad cultural -Hispania- durante el Imperio romano (“hacedor de pueblos”), unidad que cobraría un impulso renovado en el Renacimiento, haciendo que España se presentara definitivamente ante la Historia Universal como una de sus protagonistas principales.
Y ya que mencionamos el Renacimiento, nos interesa recalcar en estas Rutas que España no estuvo fuera de las grandes corrientes de pensamiento que éste trajo consigo, donde la Tradición clásica revivió de nuevo. Diversos filósofos y pensadores (incluidos los llamados “heterodoxos españoles”) de esa época estuvieron relacionados efectivamente con esa Tradición y con las ideas herméticas y neoplatónicas vigentes en Europa, y esto lo hacemos extensivo también a personajes vinculados de una u otra manera con las distintas cortes españolas: cronistas, embajadores, arquitectos, cancilleres, etc. Por ejemplo, la idea de la Monarquía Hispánica tal cual surge en el siglo XVI, se inspiró en gran medida en la obra política de Dante (y a través de él en la República de Platón), al igual que hizo la Monarquía Isabelina. Recordemos en este sentido que un autor hermético de talla de Tommaso Campanella -autor de esa utopía llamada La Ciudad del Sol-, escribió precisamente su Monarquía Hispánica inspirada en estos dos autores.
Señalar, en fin, que estas Rutas Simbólicas no pretenden ser una “guía cultural” y mucho menos una “guía turística”, aunque naturalmente también pueden ser utilizadas con esos fines. Tampoco hemos seguido un criterio cronológico, sino que más bien ha sido el azar, una cierta intuición y el amor por la aventura y el viaje (es decir bajo los auspicios de Hermes, patrón de los viajeros) los que nos han empujado a emprender estas Rutas por un país, España, que es el nuestro y por tanto el que mejor conocemos; una región del mundo en definitiva, cuya Historia y Geografía, desde la perspectiva del conocimiento simbólico, manifiestan una Cosmogonía Perenne, arquetípica (expresión a su vez de un Ser Universal) y por tanto una manera de acceder a ella, a su comprensión. Consideradas así, esa Historia y esa Geografía se nos presentan entonces como una oportunidad para llevar a cabo, o continuar, con un trabajo de realización interior.
Este es el sentido último que tienen estas Rutas Simbólicas, y la motivación real que nos ha llevado a emprenderlas y comunicar en la medida de lo posible las experiencias en ellas vividas. Como dice Federico González Frías no hay mayor aventura que la del Conocimiento, “es decir, la aventura del viaje interior inmensamente más rica que cualquier Eldorado”.[6]

Hispania. Reverso de una moneda del emperador Adriano



[1] En los que evidentemente también ha intervenido el azar, lo fortuito, lo imprevisto, que son un componente “activo” de la Historia, y donde la de España, tan dilatada y extensa, tiene varios ejemplos entre los que elegir.
[2] El propio Alfonso X afirmaba que era descendiente de Júpiter (el Zeus griego), es decir que su genealogía tenía un origen divino. Por otro lado la elección de esta deidad dice mucho acerca del vínculo que el rey castellano mantenía con la cultura greco-latina, de la que se consideraba heredero. La "idea de España" del rey sabio será un tema que sin duda trataremos en estas páginas.
[3] Del Atlántico recibe el nombre la antediluviana Atlántida, que pese a su lejanía en el tiempo siempre ha estado presente de una u otra manera en el imaginario colectivo de Occidente (al que han contribuido los relatos que sobre ella ha escrito Platón en algunos de sus libros), y dentro de él la propia España, pues no hay que olvidar que una de las colonias atlantes fue muy probablemente la civilización de Tartesos en su período prehistórico, anterior a las invasiones de los pueblos indoeuropeos y mediterráneos.
[4] Por tanto, en algunas de nuestras Rutas tendremos en cuenta inevitablemente la realidad de esa entidad cultural. Desde hace más de 500 años España tampoco puede entenderse sin Hispanoamérica, y viceversa. Recordemos también que cuando se llevó a cabo la aventura atlántica, impulsada sobre todo por la Corona de Castilla, la Corona de Aragón (que incluía el Condado de Cataluña, el Reino de Valencia y el de Mallorca) ya había emprendido con anterioridad su particular aventura mediterránea. De ella nacerían fuertes vínculos con países que durarían siglos, sobre todo con determinados reinos italianos como el de Nápoles, Sicilia, Córcega y Cerdeña, así como otros territorios de Grecia. Todos ellos estuvieron integrados en la Corona de Aragón.
[5] Excepción hecha de las sinagogas que existieron en las juderías repartidas por toda la geografía peninsular, algunas convertidas en iglesias, pero otras todavía conservando su estructura como la del Tránsito en Toledo y la de Córdoba.
[6] Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, cap. X.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Acerca del Autor del Blog

Francisco Ariza es miembro de La Colegiata, compañía del Teatro de la Memoria, y colaborador de la revista Symbolos: Arte, Cultura, Gnosis, entidades ambas fundadas por Federico González Frías. En esta última ha escrito numerosos trabajos sobre Simbolismo, Historia y Hermetismo. Ha publicado también Las Corrientes Hispánicas de la Cábala (Ed. Symbolos, 1993); Masonería. Símbolos y Ritos (Ed. Symbolos, 2002, y en Libros del Innombrable 2007); La Tradición Masónica. Simbolismo, Historia, Documentos Fundadores (Obelisco, 2008), y La Obra de Federico González. Simbolismo, Literatura, Metafísica (Libros del Innombrable, 2014). Dirige la página El Taller. Revista de Estudios Masónicos, dentro del anillo telemático de Symbolos.

martes, 9 de diciembre de 2014

Nuestra Imagen de Portada



El Triunfo del Emperador Carlos V, de Hans Guldenmund.
Nuremberg 1537. Museo de Viena. 
(clic para aumentar)